Gominolas

La oficina del DNI era diminuta y de techos bajos, y tenían la ventana abierta para evitar sentirse atrapados en un búnker. Los empleados, cuatro en total, parecían sacados de un documental sobre los años sesenta, y uno de ellos iba llamándonos a voces sin necesidad, porque en la pantalla ya iban pasando los números.

Me senté frente a su compañera, y me sometí a la presión alterna de los dedos índice, que siempre me ha dado un poco de grimilla. A mi izquierda había un niño de unos siete años sacándose el carné por vez primera y anotando, bajo la mirada impaciente de su padre, su nombre y los dígitos del número que definirá su existencia como ciudadano. 

En la mano que no empuñaba el bolígrafo llevaba un paquete de chucherías en las que se fijó la empleada que comprobaba mis datos: “Mírale, qué a gusto se va ahora, a comerse sus gusanitos. Pues no están ricos ni ná. Y a su edad puede ir comiéndoselos tan a gusto por la calle, porque lo que es a la mía…”. Rondaría los cincuenta años, viejunamente llevados. Entonces yo, que soy una rebelde tragaldabas que se resiste a abandonar los placeres de la niñez, le contesté: “¡Oye, pues yo los sigo comprando, y lo seguiré haciendo!” 

Era para animarla, para que viera que no hay fecha de caducidad para comer en público gusanitos, Aspitos, ositos de gominola, Chupa Chups, Fresquitos, Colajets y lo que se tercie, mientras que al paladar y a las muelas les apetezca. Como no la hay tampoco para montar en unos columpios -por favor, ayuntamientos, hacedlos un poco más anchos que se atasca el culo- corretear por el campo, ver películas de Disney o hacer peleas de almohadas. La infancia la llevamos dentro, solo hace falta vernos, a la mayoría, perder el sentido del ridículo cuando estamos delante de un bebé. Lo único que tenemos que hacer es abrirla, como los gusanitos, cada vez que se nos presente la ocasión, para que no caduque sin darnos cuenta. 

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Veroño

A mí me gusta el “primaverano”, esto es, la primavera que insinúa la llegada de la playa, las cerveceras y los calores… Pero este fin del estío que acontece en septiembre, que además en Euskadi es todo un “veroño” que te obliga a sacar la chamarra, lo estoy llevando fatal. Ya se empiezan a escuchar las primeras toses y reverberan las narices propulsadas por los kleenex; ya huele a cuaderno de inglés, a billete de transporte y a uniforme escolar; ya anochece antes de las nueve, y las batas de estar por casa saludan insinuantes desde el colgador de la puerta.

Oh, maldito y puñetero “veroño”, que regalas lluvias que provocan tiritona, para después atontarnos con el sol de media tarde. Maldito y puñetero “veroño”, cargado de propósitos, de coleccionables rebajados y de listas de tareas. ¿Sabes lo que te digo? Que por mi parte puedes pasar directamente al invierno, y oler a incienso y a turrón. Y llenarnos las bocas de vaho, los cuellos de bufandas y las piernas de leotardos. Y anochecer pero de verdad de la buena, con lucecitas que anuncian la Navidad.

Y no sembrar las duda sobre si puede uno quedarse todo el domingo en casa viendo Netflix o aún merece la pena salir a alternar. A mí, las medias tintas, no. 

 

Una ventana para fabular

Es de noche, muy de noche, ya es madrugada y las ventanas están cerradas, las persianas bajadas, las cortinas echadas, la luz apagada, los ojos cerrados y la mente lejos, en el país de los sueños. La ciudad se para, exceptuando el camión de la basura, que siempre está ahí.

Y, de pronto, del edificio de enfrente emerge un cuadrado luminoso, como si se tratara del decorado de un teatro. El reloj marca las dos, pero ahí, enmarcado por ese halo, hay un hombre inclinado sobre la pantalla de su ordenador. Desde mi luz me dan ganas de hacerle señales: ¿a qué dedicas las horas que no se cuentan? ¿Qué es lo que te está quitando el sueño?

Sin poderlo evitar, me pregunto qué estará haciendo: tal vez escriba una novela, no creo que esté adelantando trabajo en esta calurosa noche de agosto. Tal vez esté escribiendo un largo correo a una persona que ama, o buscando el lugar ideal donde perderse, o encontrando un libro que llevaba años buscando y que ahora solo se vende en internet. Tal vez esté revisando fotos antiguas, en las que no se reconoce ni a sí mismo, o devorando artículos sobre cómo más ser productivo en los que la regla número uno es acostarse temprano para madrugar al día siguiente. Tal vez sea un loco que teclea frente a una pantalla apagada.

Hace poco leí que en Suecia la gente no se preocupa por el qué dirán tanto como en España. Que cada cual hace su vida, y no necesita aislar sus ventanas de la mirada ajena. Son como diría la escritora Mariasun Landa, ventanas que nos permiten atisbar otras vidas, luces en la oscuridad que guían a nuestra imaginación para que no deje de fabular.

Campo quemado

A veces nos dejaban elegir a qué jugar en la hora de Educación Física. Era una forma que tenía el profesor de no dar pie con bolo, supongo, o de no morirse de aburrimiento después de ordenar a seis clases que corrieran el kilómetro. 

Tampoco es que hubiera muchas opciones: fútbol, baloncesto o balonmano, esos eran los tres postres del menú de aquellas horas “libres”. Hasta que sugerimos jugar a campo quemado (ya sabéis, ese juego que consiste en apuntar a los miembros del grupo contrincante con una pelota). Al principio, las neuronas de nuestro profesor cortocircuitaron, hasta se oyó su chisporroteo: ¿podía considerarse que aquello era un deporte, o se trataba de un mero juego? Había una pelota implicada, era obligatorio seguir una serie de normas y uno se podía lesionar de la manera más tonta. Definitivamente, aquello podía considerarse deporte.

Fuimos un puñado (sobre todo chicas, pero también algún chico valiente que pasaba en motonave del fútbol) quienes nos adherimos a aquella actividad en la que predominaban las risas más que la competitividad, la relajación más que la tensión de ser criticado por realizar mal un pase, por no parar un gol o por fallar un triple. La adolescente que era yo se sentía al fin aliviada, y estoy casi segura de que no fui la única. Además descubrí que mi cuerpo de fideo (las curvas vinieron después) me permitía esquivar la pelota con bastante facilidad (exceptuando la vez que me encajaron sin querer un balonazo en todo el estómago) y que la puntería no me fallaba demasiado a la hora de encajarle los golpes al contrario. 

Campo quemado… Podía considerarse deporte, sí, pero todos los implicados lo vivimos como un juego. 🙂

En agosto

Agosto, frío en rostro. Eso me solían decir. Las noches de acortan en agosto, y aquí en el norte empieza a correr una brisa fresca que trae aromas de la ría y graznidos de gaviota. Pero el sol no quiere ponerse, no todavía, y se dedica a resbalar en formar geométricas por la fachada, por los toldos, y por la acera, dejando fragmentos de luz y fragmentos de sombra. Gracias a él, el cielo sigue insistentemente azul aunque dentro de las casas haya que iluminarse con una lámpara y con la pantalla del ordenador. Bendito agosto.

 

Las ideas son estalagtitas

Estoy haciendo un curso de escritura creativa y una de las actividades propuestas es inventar un argumento en el que debo incluir cuatro palabras que, a primera vista, no tienen nada que ver las unas con las otras. 

Una de ellas es caimán, y para inspirarme me he puesto a buscar información sobre los caimanes en Internet. He descubierto que cuando tienen el “pico” cerrado solo asoman sus dientes de arriba, mientras que en los cocodrilos asoman tanto los dientes de arriba como los de abajo (estos les darían más problemas a los ortodoncistas).

Los dientes de ambos bichos, en cualquier caso, me han recordado a las estalactitas y las estalagmitas de las cuevas, por asociación picuda de ideas, y me he dado cuenta de que las propias ideas podrían considerarse también estalactitas de caimán o estalagmitas de cocodrilo. 

¿Por qué? Porque tardan en macerar, las muy puñeteras. Llevo varias intentonas argumentales y todavía no he conseguido crear el esqueleto de una historia coherente con caimanes de por medio, aunque poco a poco se va abocetando, así, de forma sutil, con el “tic-tac” del cocodrilo de Peter Pan.

¿Qué se me ocurrirá, qué misterio habrá? Solo el tiempo lo dirá.

Resultado de imagen de cocodrilo peter pan

Mi cuaderno de todo

Redes sociales. Facebook. Instagram. Twitter. Me pierdo entre tantos estímulos, la verdad. Me cuesta saber qué comparto, qué dejo de compartir, qué foto escojo, cómo lo retwitteo… Así que he optado por el blog, que es como una especie de “habitación propia”, que diría Virginia Woolf, pero que al mismo tiempo está llena de ventanas-artículos a los que, como lectores, os podéis asomar. 

Pretendo que sea este mi “cuaderno de todo”, que diría Carmen Martín Gaite”, el lugar donde soltar mis ideas en ebullición, sin orden ni concierto. Si aparecen reflexiones mezcladas con microrrelatos o con recomendaciones literarias, ¡pues qué le vamos a hacer! La vida es un batiburrillo, y mi cabeza también: con deciros que mi primer blog se llamaba “El Bazar de las Artes”…

Así que poneos cómodos y abrid este blog por la página que queráis. 🙂 Sois más que bienvenidos. 

Que quede bonito

Ayer leí este artículo de Yorokubu sobre los bookstagramers, oséase, gente que comparte lo que está leyendo en Instagram creando un decorado perfecto en torno al libro de turno, de tal modo que su lectura se convierte en un elemento estético que ha de ir a juego con los demás elementos que la rodean: si fotografío cualquiera de los volúmenes de la colección de Harry Potter, por ejemplo, lo acompañaré de palos que simulen ser varitas, de estrellitas plateadas y de un humo que sugiera magia; si me decanto por “Alicia en el País de las Maravillas”, pondré una tetera y apoyaré la novela sobre un campo de flores cantarinas. Y así sucesivamente.

A mí todo este fenómeno no me parece mal. Fomenta la creatividad, aunque a veces ponga en riesgo la integridad de los libros (hay brutos que han fotografiado sus novelas en la nieve, o suspendidos sobre la rama de un árbol), y puede, poniéndonos muy optimistas, que incluso promocione la lectura de buenas obras. Pero hay una frase del artículo de Yorokobu que no me puedo quitar de la cabeza: 

Son los llamados bookstagrammers los responsables de haber puesto al libro en el centro de sus perfiles de Instagram, y parece haberles salido bien la jugada porque acumulan cientos de miles de seguidores. […] Una alegría para la industria editorial; una derrota más para el mundo real y antiestético, para el libro acompañado de una manta cutre y del moño de estar por casa.

La leo y asiento enfundada en mi manta cutre y con el moño bien apoyado en la cocorota cual nido de cigüeña. Cuando yo nací, mucho antes del advenimiento de las redes sociales, de Mr. Wonderful y de IKEA, mi mundo era rico en cariño, comodidades y experiencias, pero no quedaba bonito. A menudo se me desconjuntaba el pijama, los cedés aparecían en una carátula que no les correspondía, los bares estaban llenos de serrín y palillos en el suelo y las fotos salían desenfocadas o con un dedazo en medio. En casa sonreíamos pero no posábamos, y no nos importaba tanto salir guapos o feos, ni si la decoración era idónea, ni hacer saber al mundo que estábamos viviendo un momento especial, digno de ser compartido de forma artística.  

Ahora todo se recrea, como si fuéramos los directores, guionistas, realizadores, maquilladores  y actores de nuestro propio show de Truman, y ni siquiera nuestras lecturas se libran de semejante postureo. Yo también soy presa de esa fiebre, en mayor o menor medida, pero a veces añoro esa época en la que, como decía la señora Potts en “La Bella y la Bestia”, la belleza estaba en el interior y se quedaba en la intimidad.

Asturias, fabe querida

“Vale: de primero os pongo sopa, y de segundo… Tú comerás repollo”. 
“No me gusta”, respondí al camarero, con mi sonrisa llena de dientes. 

Nos habían sentado al mozo y a mí en la “mesiña” del fondo, justo debajo de la tele, donde por tercera comensal teníamos a Susana Díaz, que nos arengaba con su cara de Gargantúa.

Habíamos llegado a ese mesón de Ribadesella porque así lo había querido Trip Advisor, donde se ponía por las nubes su relación calidad-precio. A mí lo de “mesón” me daba un poco de mal rollo porque pensaba en el que regenta Thenardier en Los Miserables, pero la gula se impuso a cualquier consideración estética. 

De primero, pues, se decretó que tomaríamos sopa. Y luego fabes él y paella yo, que no quería repollo. Y luego carrillera uno y escalopines con patatas la otra. Y luego el postre, que para algo somos de Bilbao. 

La sopa era como las de los cuentos de hadas. Una especie de maldición hacía que por mucho que te echaras en el plato, el caldero no menguara. Repetí dos veces, solo por ver si asomaban los fideos del fondo, y nada. Cuando hice amago de beber de aquella poción por tercera vez mi novio me miró con gesto de alarma: “recuerdas que aún te quedan la paella y la carne y el postre, ¿verdad?”

Como para olvidarlo. Llegó mi paella, en bandejón de latón. Llegamos sus fabes, en la olla de Panorámix. El camarero, al que ya se le había pasado el enfado por haber rechazado su repollo (qué mal suena eso), se mostró beatífico conmigo: “Te pongo un plato hondo, por si aparte de arroz quieres probar las fabes”. “Claro”, dije yo. Y, como suele pasarme, me gustó más el plato de mi partenaire que el mío.

Me metí dos raciones de fabes entre pecho y espalda y un poco de paella por no quedar mal, mientras sentía cómo mi estómago se iba poniendo duro cual balón medicinal. La cara de Susana Díaz había desaparecido de la tele y ahora estaba la de Robert de Niro interpretando “La Gran Boda”. No sabía qué me resultaba más hostil: si ellos, o tener que comer otro plato más antes del postre.

Y entonces llegaron, con fanfarrias, la carrillera y los escalopines, que estuve a punto de colocarme de cataplasma para aliviar mi sofoco. Apenas los toqué. Cuando el camarero vino a llevárselos, le miré con gesto culpable y le confesé que éramos vascos, pero de pacotilla. Él me miró con la sabiduría que le otorgan años de servicio: contra los asturianos no hay nada que hacer.

Luego llegó el postre, y ese sí que nos lo acabamos. Devoré feliz mi helado de vainilla y chocolate, ligerísimo después de toda la masa de hidratos de carbono y caldo que le habíamos echado a nuestro organismo.

La ruta desde Ribadesella a Avilés, que era nuestro destino final, la podíamos haber hecho propulsados por nuestros propios gases, pero decidimos hacerla en coche porque era menos contaminante. Después de esa experiencia, me dieron ganas de hacerme crudívora, pero sé que en cuanto vuelva por esas bellas tierras los cantos de sirena del mesón me llamarán, y yo entonces cantaré: “Asturiaaaaas, fabe queriiiiidaaaaa…”.