Microcuento, Relato breve

Cuando Lunes se fue

Me encontré a Lunes en el recibidor de casa, cruzado de brazos en un rincón.

– ¿Se puede saber qué te pasa? -le pregunté.

– ¡Estoy cansado!

– Anda, ¡y yo! Cansada que te pases el día quejándote de tus obligaciones.

– ¡Pues búscate a otro! -respondió con acritud, mientras salía del piso dando un portazo.

Al cabo de una semana, el mensajero me hizo llegar el nuevo lunes que había encargado. Lustroso y lleno de energía, Lunes II salió de su envoltorio y me empujó a la calle con la ropa de correr: unas ridículas mallas negras y una camiseta térmica color canario.

– ¿A qué esperas? -me azuzó-. Hoy te toca batir tu anterior meta de tres kilómetros y medio. 

Cuando regresé a casa, oxidada y sin resuello, me obligó a tomar una ducha de agua fría y a beberme cinco manzanas licuadas, que a punto estuvieron de provocarme un cólico.

Camino del trabajo, trató de entretenerme con un discurso sobre la importancia del optimismo, pero mi mente hurgaba en el recuerdo de aquel perezoso lunes, que tal vez nunca volvería a tocarme la puerta.

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