Los vecinos del 10

Los vecinos de la casa 10 se sentían muy ufanos con su lugar en el pueblo. No era para menos. Estaban en pleno centro, cerquita de donde vivía el alcalde, y tenían el honor de ostentar el número de portal más elevado y más redondo, la decena. Por debajo de ellos solo quedaban las puertas numeradas con unidades o con cifras aún más pueriles, como fracciones o decimales. 

Es verdad que el portal 9 y 3/4 competía con ellos en fama y que muchos turistas se sacaban una foto junto a él pensando que era el pasadizo secreto que los llevaría al conocido andén de las novelas de Harry Potter. No menos cierto es que las viviendas del barrio bohemio se estaban cotizando al alza gracias a cifras tan pintorescas como “raíz cúbica de 27”, “2 elevado a la 3”, “45 por ciento” o “coseno de 30º”.

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Sin embargo, para ellos su decena representaba la perfección, la matrícula de honor que solo se regala a unos privilegiados. Por eso, se quedaron estupefactos cuando una orden del Ayuntamiento de Cifrados, su pueblo, les comunicó que su casa iba a ser derribada porque en su estructura habían encontrado transportadores de ángulos y compases, materiales más insalubres aún que el amianto. 

Para compensarles, les iban a proporcionar pisos a precio de ganga en la Avenida Casinula, llamada así porque todos sus portales estaban numerados mediante un cero seguido de una coma a la que a su vez sucedía una cohorte indefinida de números. “Esa zona tiene superpoblación, ¡viviremos hacinados como las cifras de las matrices!”, se quejaban los habitantes del 10. 

Como veían que no les quedaba otra opción, opusieron resistencia a la autoridad a través del robo indiscriminado de ceros a la izquierda, con la esperanza de que así los habitáculos de la Avenida Casinula quedaran inservibles, pero cada vez que quitaban uno volvía a nacer otro delante de la coma decimal.

En ese momento, la justicia numérica del país de Numerolandia declaró que el excedente de ceros podía ser considerado blanqueo de capitales, por lo que los vecinos del 10 fueron arrestados y, tras un juicio sumario, derivados a un centro penitenciario con el fin de que, al salir, fueran capaces de integrarse de nuevo en la sociedad.

 Con respecto al derribo, la operación resultó más sencilla de lo que habían esperado, cuando un vándalo arrancó de cuajo el uno de la decena y dejó al pobre cero a la intemperie. En un visto y no visto, la casa que ostentaba el número 10 quedó condenada a la nada.

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