Las Iraides

El día de mi cumpleaños, mi hermana me regaló una placa decorativa que rezaba así: “Algunos errores son demasiado divertidos como para cometerlos solo una vez”.

Me dijo que era un homenaje a “mis Iraides”, y yo pensé: “Ten hermanas pa’ esto”, al tiempo que me veía obligada a darle la razón.

Las “Iraides” ya se han convertido en marca registrada en el ámbito amistoso y familiar, y se definen por ser torpezas involuntarias que perpetra la aquí escribiente y que suelen suscitar incredulidad y carcajadas, por este orden.

Los años han hecho que la lista de “Iraides” se extienda como las alergias en primavera, hasta el punto de que ya se pueden clasificar en varias categorías. Con todo, la mayor parte tienen que ver con la localización de mi cuerpo con respecto a los elementos que me rodean.

Así, no es difícil verme con la manga de la bata enganchada a la manilla de la puerta, clavándome el pico de la mesilla en la espinilla o cambiando los canales con el culo al haber aplastado sin querer el mando de la tele.

Cuando consigo sujetar los objetos con las manos tampoco mejora la cosa. No sé por qué, cuando los agarro les entra un ansia irrefrenable de libertad y se lanzan al suelo, ya sean tenedores, llaves o monedas de algún bolso que se había dejado la cremallera abierta (y que he cogido del revés, todo sea dicho). Soy como ese vecino que echa a rodar una canica, pero con un repetorio sonoro más variado.

Steve Urkel

Mi última “Iraide” memorable tuvo lugar hace un par de semanas, cuando fui a una galería en la que una buena amiga exponía uno de sus cuadros. Cuando terminamos la visita, mis colegas y yo estuvimos charlando con un grupo de conocidos en la entrada, donde nos obsequiaron con un refresco y con canapés que pasaban sigilosos por nuestro lado subidos a sus bandejas.

Yo sostenía mi Coca-Cola con la mano izquierda a la par que con la derecha asía mi abrigo, un bolso lleno de libros, el móvil y un pinchito de jamón al que le iba dando mordiscos. Tal era la cantidad de estímulos y el peso desproporcionado de una parte de mi cuerpo, que no me percaté de que mi vaso empezaba a estar paralelo al suelo y vertía su contenido marrón en mitad de nuestro corrillo. 

Mi amigo D., uno de los que más celebra mis hazañas, no tardó en encontrar el comentario adecuado para la situación (“hija, si no te sabe bien la bebida tampoco hace falta que la tires”), al tiempo que mi colega P. se dirigía al camarero para que solventara el desaguisado. Yo me quedé inmóvil, por si acaso se me caía algo más.

De todos modos, esta “Iraide” se queda corta si la comparo con otras pretéritas que suelen ser motivo de holganza en cumpleaños y demás eventos sociales. ¿Cómo olvidar aquella vez que, al ir a sacarme una foto, eché hacia atrás la silla sin percatarme del escalón que tenía detrás, y rodé asida a mi asiento sobre el parqué del bar? ¿O aquel viaje de fin de curso en el que pretendí verter agua de un bidón de cinco litros sin haberle quitado el tapón, y solo me di cuenta de lo que pasaba cuando ya tenía media botella dentro del pobre vaso?

¡Que tiemble Mr. Bean! 😀

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3 comentarios en “Las Iraides

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