De aventuras

“Me voy de aventuras”. Esta es la frase con la que, de bebé, me lanzaba a explorar mi mundo, limitado a las cuatro manzanas que rodeaban la plaza de mi barrio. Mi padre me seguía a una distancia prudencial pero yo creía, ingenua, que estaba sola y que era una descubridora.

Ese espíritu todavía no me ha abandonado. El otro día, sin ir más lejos, sentí la llamada de la aventura cuando, después de dormir diez horas del tirón en esa cama que te succiona, me desperté en mi pueblo con un móvil que no tenía batería ni un cargador que lo reviviera. 

Como todavía faltaban varias horas para que Novio volviera y fuera el cielo estaba tan raso que daban ganas de escribir sobre él con tinta de nube, me lancé a la calle desconectada y con ese cosquilleo que te da el echarte a andar sin rumbo. 

Mi primera parada fue la librería, donde me hice con el cuaderno y un boli por si me entraban ganas de emborronar el papel en algún banco del paseo de la playa. Mis esperanzas se vieron truncadas por el sol que, a cada paso, iba posando sus rayos láser sobre mi cabeza y sobre la telaraña de sombrillas que tapaba la arena. 

Además, tuve que enfrentarme con un botellín de agua y un paquete de palomitas a las serpientes de la inanición y la sed supina, que se iban abriendo paso por mi estómago y mi boca. Al ritmo de los tragos y de las migas que iba esparciendo sobre mi camiseta, llegué al paseo de la ría, donde al fin encontré un banco y una arbolada sombra que me cobijase.

Allí pasé una hora dibujando vocales, consonantes, comas y puntos, solo interrumpidos para contemplar las barquichuelas que, con la marea baja, se fusionaban con el musgo y las rocas del fondo.

Luego, volvió a entrarme el hambre. No sabía qué hora era -mi único reloj es el del móvil-, pero tenía claro que era un momento propicio para rellenar el buche de algo apetitoso y, a ser posible, gargantuesco. El bocadillo de lomo con pimientos verdes cumplió su función de manera notable, y el helado del camino de vuelta fue el dorado broche de una jornada exploradora.

Así iba yo, tan campante, volviendo a gozar de las vistas a la playa, donde la marea empezaba a subir, cuando vi a Novio esperándome en el paseo con cara de intenso alivio.

-¡Por fin te encuentro!

Yo recibí feliz ese estallido de alegría al verme, hasta que descubrí el lío que se había organizado a cuenta de mi afán andarín. Novio no tenía llaves, ni forma de contactarme, y se preocupó cuando llamó a casa y yo no contesté. Para colmo, todavía no había comido, e iban a dar las cinco de la tarde.

En mi defensa que luego le invité a un ingente plato combinado de huevos con patatas y jamón que intercaló con una revitalizante dosis de azúcar cocacolero. Eso, y que la aventura me puede.

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