Afirmativo

Cuando me explican algo, tiendo a asentir con la cabeza. Repetidas veces, a intervalos de una vez cada cinco segundos, más o menos. Es mi forma de procesar los datos que llegan a mis neuronas, de remover las sinapsis como si estuviera preparando un rico cóctel. Desde fuera, parezco el brazo de ese gato que colocan en todos los restaurantes chinos.

El problema es que esta costumbre mía suele provocar confusión, ya sea en petit comité, en visitas guiadas o en clases magistrales. Cuando escucho con plena atención al tiempo que inclino la barbilla ora arriba ora abajo, quien habla piensa que sé mucho de lo que está diciendo, sea el cultivo de setas transgénicas, la reproducción de las estrellas de mar o el último libro de Paulo Coelho. Entonces, corta de golpe su discurso y me lanza la tan temida pregunta:

– Tú sabes mucho de esto, ¿verdad? Se ve que controlas del tema.

En esos momentos, me entran ganas de volatilizarme y fusionarme con el entorno colindante:

– No -contesto-, solo estaba escuchándote atenta.

– Como estás venga a mover la cabeza…

“¿Entonces, nadie más lo hace?”, me pregunto yo. Parece que no, que pueden mantener quieta la testa e interiorizar la información a la vez. Seguro que padecen menos dolor cervical.

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