El caso es andar

De un tiempo a esta parte salgo a la calle con el propósito de “ir a andar”. Es que quiero ser una persona de bien, de esas que no se anquilosan. Es que si no noto las articulaciones contraídas y contrariadas, y me siento viejuna y culpable por moverme poco. 

Pero luego, cuando piso la calle con mis leggings negros, el moño y la sudadera que lleva estampado el nombre de la uni donde cursé el Erasmus, lo de “ir a andar” se convierte en “Paseando a Miss Daisy”.  

Ampelmann verde

De 120 decididos pasos por minuto, de esos de llevar el ceño fruncido a lo Pablo Iglesias y cara de comerme el mundo y las calorías de la merienda, paso a una media de 40, que suelen tender a cero en cuanto piso una librería, esa luz de palabras por la que me siento atraída cual polilla. No tengo remedio.

Las veces que consigo pasear lo suficiente, me dedico a observar y a reflexionar. Dicen los que saben de estas cosas que las ideas afloran en esos momentos en los que dejas que tu mente vague libre mientras tus pies vagabundean por las calles de tu ciudad, pero a mí no me sale muy allá. Cuando mi mente vaga, pasa de un tema a otro más rápido que en una partida de Trivial Pursuit. 

Si quiero pensar en algo, entonces tengo que mirar al suelo y sus baldosas, volver a fruncir el ceño a lo Pablo Iglesias, meter las manos en los bolsillos y rezar por que no haya restos de colillas y escupitajos que me distraigan.

¡El caso es andar! 🙂

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