Enredo sobre ruedas

Me hundo en el asiento del autobús después de media hora de espera. Apoyo los pies en el reposapiés.  Cierro los ojos mientras se pone en marcha. 

A mi lado, reposa mi mochila, embarazada de un portátil y de cinco libros de la biblioteca. Debajo de ella, otros tres libros, entre ellos la edición completa de las crónicas de Narnia, que debe de pesar 20 kilos (gramo arriba, gramo abajo). Encima, el bolso y el abrigo. 

Cruzo los dedos para que nadie se quiera sentar a mi lado, porque en ese caso los bultos pasarán de estar a mi vera a estar sobre mí y a enterrarme bajo su implacable peso literario. 

Me libro en la primera parada, apenas se ha subido gente y aún quedan un montón de sitios. Pero aún queda la estación principal, ahí la logística se va a complicar.

Ensayo mentalmente lo que le diré a quien quiera apoyar sus posaderas donde ahora anida mi equipaje: “perdona, pero es que llevo muchos trastos y pesan un quintal… ¿No podrías acogerte a las otras 10 opciones restantes?” O: “¡estoy incubando una gripe y acabo de estornudar donde tú piensas sentarte!” 

Llegamos a la estación de autobuses. Sube gente, manque poca. Pero luego empieza a subir más. De pronto, un chico se detiene en mi fila… ¿Es que ya no quedan huecos libres?

– Perdona, pero… -le digo, mirando mi arsenal.

– Lo siento, ¡te ha tocado! -dice, implacable.

“Vaya, me ha tocado con el borde de turno”, pienso. 

– Además -continúa él- podías haber colocado los libros en la balda superior. 

– Sí, es cierto. ¿Podrías subírmelos? -le contesto yo, con cara de inocente.

Él realiza ese ejercicio de halterofilia con las dichosas crónicas de Narnia y los otros dos tochos mientras yo me pregunto cómo he podido responderle con ese descaro.

Me ha salido solo, producto de la desesperación, porque ya me estaba imaginando con el autobús dando marcha atrás, nosotros aún de pie y yo intentando encajar los libros en un estante abarrotado, con el consiguiente riesgo de que se resbalaran e hirieran a alguien en la cabeza. 

Durante el viaje, mi compañero de asiento duerme con la conciencia tranquila. Yo miro el paisaje y dejo que mi fantasiosa mente divague. Me ha dado por imaginar que, si nuestra escena hubiera tenido lugar en la ficción, habría sido el principio de una comedia romántica de esas en las que los protagonistas se llevan a matar al principio pero luego se enamoran. Un “los que se pelean se desean” versión Hollywood, vaya. Se habría llamado “Enredo sobre ruedas”, o algo así de cutre. 

Claro está, que habría que haber cambiado el boscoso paisaje vasco por el Golden Gate, y ya puestos haber puesto a Bradley Cooper en el papel del chico. 

Cuando llegamos a nuestro destino, la ensoñación desaparece. Sin levantarme todavía, me pongo el abrigo, me cruzo el bolso y vigilo a mi “antagonista” por el rabillo del ojo. Se incorpora, coge sus cosas, se coloca la chaqueta, la bufanda… 

¡Un momento! ¿Por qué vuelve al estante? ¿Qué más le falta? 

– Toma, tus libros -dice, colocándolos con delicadeza en el asiento que ha quedado vacío. 

– ¡Muchísimas gracias! -respondo con timidez. 

“Si es que al final el tío borde era amable”, pienso, mientras salgo del vehículo abrazada a mis tomos y con las asas de la mochila destrozándome las cervicales. “Aunque más majo es el mozo que me ha llamado para venirme a buscar en coche. ¡Ese se habría ofrecido a subirme los libros sin yo pedírselo!” 😀

 

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