Asturias, fabe querida

“Vale: de primero os pongo sopa, y de segundo… Tú comerás repollo”. 
“No me gusta”, respondí al camarero, con mi sonrisa llena de dientes. 

Nos habían sentado al mozo y a mí en la “mesiña” del fondo, justo debajo de la tele, donde por tercera comensal teníamos a Susana Díaz, que nos arengaba con su cara de Gargantúa.

Habíamos llegado a ese mesón de Ribadesella porque así lo había querido Trip Advisor, donde se ponía por las nubes su relación calidad-precio. A mí lo de “mesón” me daba un poco de mal rollo porque pensaba en el que regenta Thenardier en Los Miserables, pero la gula se impuso a cualquier consideración estética. 

De primero, pues, se decretó que tomaríamos sopa. Y luego fabes él y paella yo, que no quería repollo. Y luego carrillera uno y escalopines con patatas la otra. Y luego el postre, que para algo somos de Bilbao. 

La sopa era como las de los cuentos de hadas. Una especie de maldición hacía que por mucho que te echaras en el plato, el caldero no menguara. Repetí dos veces, solo por ver si asomaban los fideos del fondo, y nada. Cuando hice amago de beber de aquella poción por tercera vez mi novio me miró con gesto de alarma: “recuerdas que aún te quedan la paella y la carne y el postre, ¿verdad?”

Como para olvidarlo. Llegó mi paella, en bandejón de latón. Llegamos sus fabes, en la olla de Panorámix. El camarero, al que ya se le había pasado el enfado por haber rechazado su repollo (qué mal suena eso), se mostró beatífico conmigo: “Te pongo un plato hondo, por si aparte de arroz quieres probar las fabes”. “Claro”, dije yo. Y, como suele pasarme, me gustó más el plato de mi partenaire que el mío.

Me metí dos raciones de fabes entre pecho y espalda y un poco de paella por no quedar mal, mientras sentía cómo mi estómago se iba poniendo duro cual balón medicinal. La cara de Susana Díaz había desaparecido de la tele y ahora estaba la de Robert de Niro interpretando “La Gran Boda”. No sabía qué me resultaba más hostil: si ellos, o tener que comer otro plato más antes del postre.

Y entonces llegaron, con fanfarrias, la carrillera y los escalopines, que estuve a punto de colocarme de cataplasma para aliviar mi sofoco. Apenas los toqué. Cuando el camarero vino a llevárselos, le miré con gesto culpable y le confesé que éramos vascos, pero de pacotilla. Él me miró con la sabiduría que le otorgan años de servicio: contra los asturianos no hay nada que hacer.

Luego llegó el postre, y ese sí que nos lo acabamos. Devoré feliz mi helado de vainilla y chocolate, ligerísimo después de toda la masa de hidratos de carbono y caldo que le habíamos echado a nuestro organismo.

La ruta desde Ribadesella a Avilés, que era nuestro destino final, la podíamos haber hecho propulsados por nuestros propios gases, pero decidimos hacerla en coche porque era menos contaminante. Después de esa experiencia, me dieron ganas de hacerme crudívora, pero sé que en cuanto vuelva por esas bellas tierras los cantos de sirena del mesón me llamarán, y yo entonces cantaré: “Asturiaaaaas, fabe queriiiiidaaaaa…”. 

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