Cuento·Humor·Literatura infantil·Relato breve

Los animales van al cole

Había una vez un grupo de animales de lo más variopinto al que, de la noche a la mañana, se le ocurrió visitar un colegio para ver cómo era aquello de estudiar. Su presencia causó un poco de revuelo en el centro: los alumnos más traviesos querían enseñarle palabrotas al loro y el elefante rompió un par de puertas, pero al final los ánimos se calmaron y las clases se fueron sucediendo como un día cualquiera.

Los animales, al principio, atendían muy motivados, pero a medida que pasaba el tiempo se sentían más y más aburridos. ¡Aquello no era tan emocionante como habían pensado! Al igual que los niños, solo pensaban en que llegase la hora del recreo cuanto antes, y no paraban de lanzarle miradas al reloj del aula.  

Durante la pausa, niños y animales se dedicaron, por fin, a jugar. La jirafa descubrió lo bien que se le daba el baloncesto, la mariposa pudo revolotear a sus anchas y el búho aprovechó para echar una cabezadita. También hubo algún que otro incidente: una niña volcó sin querer la pecera del pez y pudieron salvarlo justo a tiempo, y la araña se concentró tanto tejiendo su tela en un rincón del patio que se le echó el tiempo encima y llegó tarde a clase.

Cuando terminó la jornada escolar, los animales se fueron al parque a comentar qué tal les había ido. La primera en hablar fue la tortuga, porque tenía fama de ser muy sabia y todos la escuchaban con mucho respeto:

—El día se me ha hecho muy laaaaargo. Las horas iban a paso de tortuga, nunca mejor diiiicho —explicó.

— ¡Recórcholis, a mí me ha pasado lo mismo! —exclamó el loro—. Y los profesores me han hecho callar cien veces, ¡qué pesados, repámpanos! ¡Que me calle yo, con mi hermosa voz! ¡Es la repanocha!

— ¡Uh-uuuh, uh-uuuuh! A mí me han echado la bronca por quedarme dormido —protestó el búho—. ¡Pero es que no he pegado ojo en toda la noche!

—Pues a mí, ¡glu-glú!, me han dicho que debo mejorar mi memoria. Es lo único que recuerdo —dijo el pez, sacando la cabeza fuera del agua.

—Grrr, ¡qué manía de exigir que cambiemos! —rugió el león, asustando un poco al resto—. ¿No se dan cuenta de que no podemos evitar ser como somos?

— ¡Si ni siquiera se han dado cuenta de lo aburridos que estábamos! —respondió la mariposa, mientras aleteaba indignada.

—Eso es verdad, ¡y los niños también se aburren, que he visto bostezar a un par de ellos! —añadió la araña—. En vez de hacer la explicación más divertida, la profesora los ha castigado sin recreo.

— ¡Y nosotros que pensábamos que el ser humano era el animal más inteligente de todos! —comentó la jirafa—. ¡Hoy he aprendido que no!

Y todos los demás animales se rieron al unísono, dándole la razón.

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