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Color en días de labor

Querido blogario:

El otro día las escenas me salían al paso y yo las registraba sin que sus protagonistas repararan en mí para mantener la ilusión de la cuarta pared. 

Una de esas escenas fue protagonizada por una niña de unos nueves años y sus dos padres. Ella, recién salida del colegio, con el lacito azul oscuro algo torcido a juego con el uniforme, y ellos azules y grises, ropa color de lluvia y de oficina. Los tres esperando a cruzar la calle, pero no quietos.

Al borde del paso de cebra, ejecutaban un alegre baile dirigido por la niña: “A ti -le decía a su madre-, te saludo chocando la izquierda, luego la derecha y luego… ¡Veeeen!”, decía, al tiempo que se sumía en un abrazo de oso con ella. “¿Y a mí?”, preguntaba el padre, deseoso de incorporarse al juego y recibir su ración de mimos; “a ti, “choca, choca, puño, puño y… ¡Abrazoooo!”, decía la criatura, prorrumpiendo en carcajadas que sus progenitores secundaban al instante. 

Después cruzaron, cual unidad indisoluble, y se perdieron de vista, pero sobre el negro asfalto dejaron un reguero de color. 

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