Una ventana para fabular

Es de noche, muy de noche, ya es madrugada y las ventanas están cerradas, las persianas bajadas, las cortinas echadas, la luz apagada, los ojos cerrados y la mente lejos, en el país de los sueños. La ciudad se para, exceptuando el camión de la basura, que siempre está ahí.

Y, de pronto, del edificio de enfrente emerge un cuadrado luminoso, como si se tratara del decorado de un teatro. El reloj marca las dos, pero ahí, enmarcado por ese halo, hay un hombre inclinado sobre la pantalla de su ordenador. Desde mi luz me dan ganas de hacerle señales: ¿a qué dedicas las horas que no se cuentan? ¿Qué es lo que te está quitando el sueño?

Sin poderlo evitar, me pregunto qué estará haciendo: tal vez escriba una novela, no creo que esté adelantando trabajo en esta calurosa noche de agosto. Tal vez esté escribiendo un largo correo a una persona que ama, o buscando el lugar ideal donde perderse, o encontrando un libro que llevaba años buscando y que ahora solo se vende en internet. Tal vez esté revisando fotos antiguas, en las que no se reconoce ni a sí mismo, o devorando artículos sobre cómo más ser productivo en los que la regla número uno es acostarse temprano para madrugar al día siguiente. Tal vez sea un loco que teclea frente a una pantalla apagada.

Hace poco leí que en Suecia la gente no se preocupa por el qué dirán tanto como en España. Que cada cual hace su vida, y no necesita aislar sus ventanas de la mirada ajena. Son como diría la escritora Mariasun Landa, ventanas que nos permiten atisbar otras vidas, luces en la oscuridad que guían a nuestra imaginación para que no deje de fabular.

Campo quemado

A veces nos dejaban elegir a qué jugar en la hora de Educación Física. Era una forma que tenía el profesor de no dar pie con bolo, supongo, o de no morirse de aburrimiento después de ordenar a seis clases que corrieran el kilómetro. 

Tampoco es que hubiera muchas opciones: fútbol, baloncesto o balonmano, esos eran los tres postres del menú de aquellas horas “libres”. Hasta que sugerimos jugar a campo quemado (ya sabéis, ese juego que consiste en apuntar a los miembros del grupo contrincante con una pelota). Al principio, las neuronas de nuestro profesor cortocircuitaron, hasta se oyó su chisporroteo: ¿podía considerarse que aquello era un deporte, o se trataba de un mero juego? Había una pelota implicada, era obligatorio seguir una serie de normas y uno se podía lesionar de la manera más tonta. Definitivamente, aquello podía considerarse deporte.

Fuimos un puñado (sobre todo chicas, pero también algún chico valiente que pasaba en motonave del fútbol) quienes nos adherimos a aquella actividad en la que predominaban las risas más que la competitividad, la relajación más que la tensión de ser criticado por realizar mal un pase, por no parar un gol o por fallar un triple. La adolescente que era yo se sentía al fin aliviada, y estoy casi segura de que no fui la única. Además descubrí que mi cuerpo de fideo (las curvas vinieron después) me permitía esquivar la pelota con bastante facilidad (exceptuando la vez que me encajaron sin querer un balonazo en todo el estómago) y que la puntería no me fallaba demasiado a la hora de encajarle los golpes al contrario. 

Campo quemado… Podía considerarse deporte, sí, pero todos los implicados lo vivimos como un juego. 🙂

En agosto

Agosto, frío en rostro. Eso me solían decir. Las noches de acortan en agosto, y aquí en el norte empieza a correr una brisa fresca que trae aromas de la ría y graznidos de gaviota. Pero el sol no quiere ponerse, no todavía, y se dedica a resbalar en formar geométricas por la fachada, por los toldos, y por la acera, dejando fragmentos de luz y fragmentos de sombra. Gracias a él, el cielo sigue insistentemente azul aunque dentro de las casas haya que iluminarse con una lámpara y con la pantalla del ordenador. Bendito agosto.

 

Las ideas son estalagtitas

Estoy haciendo un curso de escritura creativa y una de las actividades propuestas es inventar un argumento en el que debo incluir cuatro palabras que, a primera vista, no tienen nada que ver las unas con las otras. 

Una de ellas es caimán, y para inspirarme me he puesto a buscar información sobre los caimanes en Internet. He descubierto que cuando tienen el “pico” cerrado solo asoman sus dientes de arriba, mientras que en los cocodrilos asoman tanto los dientes de arriba como los de abajo (estos les darían más problemas a los ortodoncistas).

Los dientes de ambos bichos, en cualquier caso, me han recordado a las estalactitas y las estalagmitas de las cuevas, por asociación picuda de ideas, y me he dado cuenta de que las propias ideas podrían considerarse también estalactitas de caimán o estalagmitas de cocodrilo. 

¿Por qué? Porque tardan en macerar, las muy puñeteras. Llevo varias intentonas argumentales y todavía no he conseguido crear el esqueleto de una historia coherente con caimanes de por medio, aunque poco a poco se va abocetando, así, de forma sutil, con el “tic-tac” del cocodrilo de Peter Pan.

¿Qué se me ocurrirá, qué misterio habrá? Solo el tiempo lo dirá.

Resultado de imagen de cocodrilo peter pan

Mi cuaderno de todo

Redes sociales. Facebook. Instagram. Twitter. Me pierdo entre tantos estímulos, la verdad. Me cuesta saber qué comparto, qué dejo de compartir, qué foto escojo, cómo lo retwitteo… Así que he optado por el blog, que es como una especie de “habitación propia”, que diría Virginia Woolf, pero que al mismo tiempo está llena de ventanas-artículos a los que, como lectores, os podéis asomar. 

Pretendo que sea este mi “cuaderno de todo”, que diría Carmen Martín Gaite”, el lugar donde soltar mis ideas en ebullición, sin orden ni concierto. Si aparecen reflexiones mezcladas con microrrelatos o con recomendaciones literarias, ¡pues qué le vamos a hacer! La vida es un batiburrillo, y mi cabeza también: con deciros que mi primer blog se llamaba “El Bazar de las Artes”…

Así que poneos cómodos y abrid este blog por la página que queráis. 🙂 Sois más que bienvenidos. 

Que quede bonito

Ayer leí este artículo de Yorokubu sobre los bookstagramers, oséase, gente que comparte lo que está leyendo en Instagram creando un decorado perfecto en torno al libro de turno, de tal modo que su lectura se convierte en un elemento estético que ha de ir a juego con los demás elementos que la rodean: si fotografío cualquiera de los volúmenes de la colección de Harry Potter, por ejemplo, lo acompañaré de palos que simulen ser varitas, de estrellitas plateadas y de un humo que sugiera magia; si me decanto por “Alicia en el País de las Maravillas”, pondré una tetera y apoyaré la novela sobre un campo de flores cantarinas. Y así sucesivamente.

A mí todo este fenómeno no me parece mal. Fomenta la creatividad, aunque a veces ponga en riesgo la integridad de los libros (hay brutos que han fotografiado sus novelas en la nieve, o suspendidos sobre la rama de un árbol), y puede, poniéndonos muy optimistas, que incluso promocione la lectura de buenas obras. Pero hay una frase del artículo de Yorokobu que no me puedo quitar de la cabeza: 

Son los llamados bookstagrammers los responsables de haber puesto al libro en el centro de sus perfiles de Instagram, y parece haberles salido bien la jugada porque acumulan cientos de miles de seguidores. […] Una alegría para la industria editorial; una derrota más para el mundo real y antiestético, para el libro acompañado de una manta cutre y del moño de estar por casa.

La leo y asiento enfundada en mi manta cutre y con el moño bien apoyado en la cocorota cual nido de cigüeña. Cuando yo nací, mucho antes del advenimiento de las redes sociales, de Mr. Wonderful y de IKEA, mi mundo era rico en cariño, comodidades y experiencias, pero no quedaba bonito. A menudo se me desconjuntaba el pijama, los cedés aparecían en una carátula que no les correspondía, los bares estaban llenos de serrín y palillos en el suelo y las fotos salían desenfocadas o con un dedazo en medio. En casa sonreíamos pero no posábamos, y no nos importaba tanto salir guapos o feos, ni si la decoración era idónea, ni hacer saber al mundo que estábamos viviendo un momento especial, digno de ser compartido de forma artística.  

Ahora todo se recrea, como si fuéramos los directores, guionistas, realizadores, maquilladores  y actores de nuestro propio show de Truman, y ni siquiera nuestras lecturas se libran de semejante postureo. Yo también soy presa de esa fiebre, en mayor o menor medida, pero a veces añoro esa época en la que, como decía la señora Potts en “La Bella y la Bestia”, la belleza estaba en el interior y se quedaba en la intimidad.

Asturias, fabe querida

“Vale: de primero os pongo sopa, y de segundo… Tú comerás repollo”. 
“No me gusta”, respondí al camarero, con mi sonrisa llena de dientes. 

Nos habían sentado al mozo y a mí en la “mesiña” del fondo, justo debajo de la tele, donde por tercera comensal teníamos a Susana Díaz, que nos arengaba con su cara de Gargantúa.

Habíamos llegado a ese mesón de Ribadesella porque así lo había querido Trip Advisor, donde se ponía por las nubes su relación calidad-precio. A mí lo de “mesón” me daba un poco de mal rollo porque pensaba en el que regenta Thenardier en Los Miserables, pero la gula se impuso a cualquier consideración estética. 

De primero, pues, se decretó que tomaríamos sopa. Y luego fabes él y paella yo, que no quería repollo. Y luego carrillera uno y escalopines con patatas la otra. Y luego el postre, que para algo somos de Bilbao. 

La sopa era como las de los cuentos de hadas. Una especie de maldición hacía que por mucho que te echaras en el plato, el caldero no menguara. Repetí dos veces, solo por ver si asomaban los fideos del fondo, y nada. Cuando hice amago de beber de aquella poción por tercera vez mi novio me miró con gesto de alarma: “recuerdas que aún te quedan la paella y la carne y el postre, ¿verdad?”

Como para olvidarlo. Llegó mi paella, en bandejón de latón. Llegamos sus fabes, en la olla de Panorámix. El camarero, al que ya se le había pasado el enfado por haber rechazado su repollo (qué mal suena eso), se mostró beatífico conmigo: “Te pongo un plato hondo, por si aparte de arroz quieres probar las fabes”. “Claro”, dije yo. Y, como suele pasarme, me gustó más el plato de mi partenaire que el mío.

Me metí dos raciones de fabes entre pecho y espalda y un poco de paella por no quedar mal, mientras sentía cómo mi estómago se iba poniendo duro cual balón medicinal. La cara de Susana Díaz había desaparecido de la tele y ahora estaba la de Robert de Niro interpretando “La Gran Boda”. No sabía qué me resultaba más hostil: si ellos, o tener que comer otro plato más antes del postre.

Y entonces llegaron, con fanfarrias, la carrillera y los escalopines, que estuve a punto de colocarme de cataplasma para aliviar mi sofoco. Apenas los toqué. Cuando el camarero vino a llevárselos, le miré con gesto culpable y le confesé que éramos vascos, pero de pacotilla. Él me miró con la sabiduría que le otorgan años de servicio: contra los asturianos no hay nada que hacer.

Luego llegó el postre, y ese sí que nos lo acabamos. Devoré feliz mi helado de vainilla y chocolate, ligerísimo después de toda la masa de hidratos de carbono y caldo que le habíamos echado a nuestro organismo.

La ruta desde Ribadesella a Avilés, que era nuestro destino final, la podíamos haber hecho propulsados por nuestros propios gases, pero decidimos hacerla en coche porque era menos contaminante. Después de esa experiencia, me dieron ganas de hacerme crudívora, pero sé que en cuanto vuelva por esas bellas tierras los cantos de sirena del mesón me llamarán, y yo entonces cantaré: “Asturiaaaaas, fabe queriiiiidaaaaa…”. 

Summer has come

He salido a andar. Y, a la vuelta, me han entrado ganas de escribir. De bloguear. Es muy distinto, para mí, bloguear cuando surge este impulso que cuando forma parte de una rutina. Ambas cosas son válidas, pero esta forma tiene algo de impulsivo, de placer prohibido, como cuando te colocas el cojín sobre la almohada para leer un capítulo de un libro que te ha absorbido por completo, o como cuando te espanzurras en el sofá para devorar episodios de Netflix (¡ay, Netflix!). 

Pues esto es así. Surgen ganas de escribir explosivas, y voy sumando palabras como quien devora palomitas. Y todo tiene que ver con el haber salido a andar. De un mundo de oscuridad vespertina, que es lo que se siente dentro de casa cuando atardece, he salido a una ciudad… ¡En la que era verano! En mitad del invierno, el bocho nos ha regalado un remanso de 20 grados que no cuadraban nada, pero que ofrecían un contraste divertido, con el puesto de castañas y con la churrería, con la luz de las farolas, con los abrigos de la gente.

De pronto, un dos en el dígito de la decena, ¡y cómo cambia el chip! Mis pasos tenían más energía, más impulso, mientras paseaban al ritmo de lo que sonaba en la radio. Era como si la sangre volviera a circular por las venas, como si fuera una planta de interior que por fin está respirando aire puro. Todo mi cuerpo pedía verano, paseos, helados, tardes de bancos, de charlas, de horas despreocupadas, de excursiones, de baños, de viajes… 

Porque creo que, en esta época de ordenadores, libros, cafeterías, bibliotecas e invierno en la que vivo sumergida, se me había olvidado que la calle está para habitarla, que donde mejor se respiran los minutos es en el lugar donde uno pierde el sentido del tiempo.

Las tribulaciones de Juanito

A Juanito siempre lo agobiaban cuestiones irrelevantes y en verdad eso era un rollo para su entorno porque les paralizaba el día. Por eso le decían que era un tiquismiquis, y cosas así. Por ejemplo, si Juanito veía una mancha en la camisa de alguien, ya de bebé, la señalaba y prorrumpía en lágrimas y tenían que llevárselo lejos de aquel incauto que había permitido mancillar la limpieza de su atuendo, eso o pedirle a esa persona que por favor se quitase la ropa, lo cual siempre suscitaba réplicas airadas.
Cuando a Juanito, algo más mayor, le compraban una palmera de chocolate y veía que no era totalmente simétrica, la tiraba al suelo, partiéndole el corazón asimétrico, y pedía otra hasta agotar las existencias de la tienda o la paciencia de la tendera, lo que ocurriera antes. Una vez casi lo atropellaron un motorista, una furgoneta, un camión y un carrito de bebé, cada uno de ellos proveniente de una dirección distinta, por pararse a comprobar indignado que las rayas del paso de cebra no eran del todo paralelas. “Sí, cielo, están torcidas”, le dijo su madre, pasado el susto; y “sí, iremos a donde los municipales a denunciarlo, tesoro”, añadió, “pero hijo, por tu vida, no vuelvas a detenerte en mitad de la carretera, que entonces el que va a terminar torcido eres tú. A Juanito le asustó tanto aquel augurio que de ahí en adelante siempre cruzó mirando a izquierda y derecha, pero nunca al suelo.
En su primer día de colegio, los curas alabaron la pulcritud del niño y lo emplearon como ejemplo para enmendar las almas de sus atravesados y traviesos compañeros. Pero estos, que además de traviesos eran aviesos, aprovecharon el recreo, esa fuente de descontrol y malicia infantil, para rociarle la cabeza de tinta y adornar su uniforme con proyectiles de cerbatana. Juanito regresó aquella tarde a casa y con gesto contrito dijo que no volvería a pisar un lugar donde reinaran el desorden, la entropía y la anarquía, y decidió no salir nunca más de casa.
A sus sacrificados padres no les quedó otro remedio que contratar a un profesor particular y despedirlo porque no era del gusto de su vástago. Al decimonoveno intento, por fin hallaron a un señor impoluto hecho a imagen y semejanza de Juanito. Eran el mismo ser, sólo que el más mayor lucía un tieso bigote y se hacía llamar Don Juan. Eran ambos dos señores que avanzaban despacito por los libros de aritmética, geometría y ortografía, porque las sumas debían tener una alineación militar, los círculos habían de estar trazados con absoluta maestría mediante el compás y la caligrafía ser perfectamente recta, mejor que en el ejemplo. ¡Y cómo lo disfrutaban! Aunque lo que más gustaba a ambos (y fue la actividad precursora de su académica amistad) fue corregir las erratas y faltas ortográficas de los textos con los que se topaban. Fue la primera vez que su madre vio feliz a su hijo Juanito, y no porque riera, ni sonriera, eso habría distorsionado la rectitud de su rictus, sin por sus “¡caramba!”, “¡albricias!” y “¡habráse visto!”, que denotaban su indignación ante el error ajeno. 

La paloma

 Hoy voy a presentaros a la paloma, ese animal sobrevalorado: ¿que el amor vuelve a quien lo toma gavilán o paloma? Si son las únicas opciones, prefiero no tomarlo, porque las palomas están plagadas de enfermedades, así que al final te mueres de forma asquerosa y prematura.

Y la cosa no acaba ahí, porque luego te reencarnas en Espíritu Santo y tienes que llevar en el pico ese pedazo de hierba y encima evitar mancharte, ya que tienes que ir de blanco impecable del que no peca.

Esto me ha recordado que también quería escribir sobre las palomas mensajeras. Muchas de ellas se deprimieron cuando la gente dejó de usarlas para enviar cartas de amor y órdenes de decapitación, y ahora vagan por las ciudades en busca de migas de pan que echarse al coleto y lunas de automóvil en las que estrellarse.

Otras, en cambio, dominan las nuevas tecnologías como nadie a base de espiar lo que hace la gente mientras les llenan los alféizares de mierda (con perdón). Ahora se comunican por Whatsapp, así que mucho cuidado si te agrega una tal Paloma (que me han dicho que es de goma)…

Este es un texto que escribí en el curso de verano “Del relato al microrrelato”, impartido por Mariasun Landa y Virginia Imaz dentro del programa de los cursos de verano de la Universidad del País Vasco. Está basado en este ejercicio de redacción, escrito por un joven alumno francés. La creatividad que derrochó fue tal que se conserva en el Museo Pedagógico de París. 🙂