Humor, Personal, Sin categoría

Que quede bonito

Ayer leí este artículo de Yorokubu sobre los bookstagramers, oséase, gente que comparte lo que está leyendo en Instagram creando un decorado perfecto en torno al libro de turno, de tal modo que su lectura se convierte en un elemento estético que ha de ir a juego con los demás elementos que la rodean: si fotografío cualquiera de los volúmenes de la colección de Harry Potter, por ejemplo, lo acompañaré de palos que simulen ser varitas, de estrellitas plateadas y de un humo que sugiera magia; si me decanto por “Alicia en el País de las Maravillas”, pondré una tetera y apoyaré la novela sobre un campo de flores cantarinas. Y así sucesivamente.

A mí todo este fenómeno no me parece mal. Fomenta la creatividad, aunque a veces ponga en riesgo la integridad de los libros (hay brutos que han fotografiado sus novelas en la nieve, o suspendidos sobre la rama de un árbol), y puede, poniéndonos muy optimistas, que incluso promocione la lectura de buenas obras. Pero hay una frase del artículo de Yorokobu que no me puedo quitar de la cabeza: 

Son los llamados bookstagrammers los responsables de haber puesto al libro en el centro de sus perfiles de Instagram, y parece haberles salido bien la jugada porque acumulan cientos de miles de seguidores. […] Una alegría para la industria editorial; una derrota más para el mundo real y antiestético, para el libro acompañado de una manta cutre y del moño de estar por casa.

La leo y asiento enfundada en mi manta cutre y con el moño bien apoyado en la cocorota cual nido de cigüeña. Cuando yo nací, mucho antes del advenimiento de las redes sociales, de Mr. Wonderful y de IKEA, mi mundo era rico en cariño, comodidades y experiencias, pero no quedaba bonito. A menudo se me desconjuntaba el pijama, los cedés aparecían en una carátula que no les correspondía, los bares estaban llenos de serrín y palillos en el suelo y las fotos salían desenfocadas o con un dedazo en medio. En casa sonreíamos pero no posábamos, y no nos importaba tanto salir guapos o feos, ni si la decoración era idónea, ni hacer saber al mundo que estábamos viviendo un momento especial, digno de ser compartido de forma artística.  

Ahora todo se recrea, como si fuéramos los directores, guionistas, realizadores, maquilladores  y actores de nuestro propio show de Truman, y ni siquiera nuestras lecturas se libran de semejante postureo. Yo también soy presa de esa fiebre, en mayor o menor medida, pero a veces añoro esa época en la que, como decía la señora Potts en “La Bella y la Bestia”, la belleza estaba en el interior y se quedaba en la intimidad.

Gastronomía, Humor, Sin categoría

Asturias, fabe querida

“Vale: de primero os pongo sopa, y de segundo… Tú comerás repollo”. 
“No me gusta”, respondí al camarero, con mi sonrisa llena de dientes. 

Nos habían sentado al mozo y a mí en la “mesiña” del fondo, justo debajo de la tele, donde por tercera comensal teníamos a Susana Díaz, que nos arengaba con su cara de Gargantúa.

Habíamos llegado a ese mesón de Ribadesella porque así lo había querido Trip Advisor, donde se ponía por las nubes su relación calidad-precio. A mí lo de “mesón” me daba un poco de mal rollo porque pensaba en el que regenta Thenardier en Los Miserables, pero la gula se impuso a cualquier consideración estética. 

De primero, pues, se decretó que tomaríamos sopa. Y luego fabes él y paella yo, que no quería repollo. Y luego carrillera uno y escalopines con patatas la otra. Y luego el postre, que para algo somos de Bilbao. 

La sopa era como las de los cuentos de hadas. Una especie de maldición hacía que por mucho que te echaras en el plato, el caldero no menguara. Repetí dos veces, solo por ver si asomaban los fideos del fondo, y nada. Cuando hice amago de beber de aquella poción por tercera vez mi novio me miró con gesto de alarma: “recuerdas que aún te quedan la paella y la carne y el postre, ¿verdad?”

Como para olvidarlo. Llegó mi paella, en bandejón de latón. Llegamos sus fabes, en la olla de Panorámix. El camarero, al que ya se le había pasado el enfado por haber rechazado su repollo (qué mal suena eso), se mostró beatífico conmigo: “Te pongo un plato hondo, por si aparte de arroz quieres probar las fabes”. “Claro”, dije yo. Y, como suele pasarme, me gustó más el plato de mi partenaire que el mío.

Me metí dos raciones de fabes entre pecho y espalda y un poco de paella por no quedar mal, mientras sentía cómo mi estómago se iba poniendo duro cual balón medicinal. La cara de Susana Díaz había desaparecido de la tele y ahora estaba la de Robert de Niro interpretando “La Gran Boda”. No sabía qué me resultaba más hostil: si ellos, o tener que comer otro plato más antes del postre.

Y entonces llegaron, con fanfarrias, la carrillera y los escalopines, que estuve a punto de colocarme de cataplasma para aliviar mi sofoco. Apenas los toqué. Cuando el camarero vino a llevárselos, le miré con gesto culpable y le confesé que éramos vascos, pero de pacotilla. Él me miró con la sabiduría que le otorgan años de servicio: contra los asturianos no hay nada que hacer.

Luego llegó el postre, y ese sí que nos lo acabamos. Devoré feliz mi helado de vainilla y chocolate, ligerísimo después de toda la masa de hidratos de carbono y caldo que le habíamos echado a nuestro organismo.

La ruta desde Ribadesella a Avilés, que era nuestro destino final, la podíamos haber hecho propulsados por nuestros propios gases, pero decidimos hacerla en coche porque era menos contaminante. Después de esa experiencia, me dieron ganas de hacerme crudívora, pero sé que en cuanto vuelva por esas bellas tierras los cantos de sirena del mesón me llamarán, y yo entonces cantaré: “Asturiaaaaas, fabe queriiiiidaaaaa…”. 

Humor, Sin categoría

La paloma

 Hoy voy a presentaros a la paloma, ese animal sobrevalorado: ¿que el amor vuelve a quien lo toma gavilán o paloma? Si son las únicas opciones, prefiero no tomarlo, porque las palomas están plagadas de enfermedades, así que al final te mueres de forma asquerosa y prematura.

Y la cosa no acaba ahí, porque luego te reencarnas en Espíritu Santo y tienes que llevar en el pico ese pedazo de hierba y encima evitar mancharte, ya que tienes que ir de blanco impecable del que no peca.

Esto me ha recordado que también quería escribir sobre las palomas mensajeras. Muchas de ellas se deprimieron cuando la gente dejó de usarlas para enviar cartas de amor y órdenes de decapitación, y ahora vagan por las ciudades en busca de migas de pan que echarse al coleto y lunas de automóvil en las que estrellarse.

Otras, en cambio, dominan las nuevas tecnologías como nadie a base de espiar lo que hace la gente mientras les llenan los alféizares de mierda (con perdón). Ahora se comunican por Whatsapp, así que mucho cuidado si te agrega una tal Paloma (que me han dicho que es de goma)…

Este es un texto que escribí en el curso de verano “Del relato al microrrelato”, impartido por Mariasun Landa y Virginia Imaz dentro del programa de los cursos de verano de la Universidad del País Vasco. Está basado en este ejercicio de redacción, escrito por un joven alumno francés. La creatividad que derrochó fue tal que se conserva en el Museo Pedagógico de París. 🙂

Gastronomía, Humor, Vida cotidiana

Toma mucha fruta, mucha fruta fresca

Siento haber aludido a Bom Bom Chip. Es que los Reyes Magos me han traído una zumera. 

Sí, zumera, máquina de hacer zumos. No confundir con “zumbera” (bailarina de Zumba) o con “rumbera” (Melody).

La zumera ha sido regalo de padres, que me quieren bien. Cuando vi el paquete rectangular pensé que era una muñeca tamaño real, de tan grande como era. Y es que es un aparato que parece venido del futuro, en serio, como un robot.

Hasta se desmonta en multitud de piezas, todas ellas lavables, para que luego tú las recoloques a tu gusto y lo transformes en un bólido o en un cohete espacial (bueno, esto me lo estoy inventando). 

Su regalo ha sido una forma “sutil” de decirme que debo incorporar la fruta (y no vale el guacamole de los nachos) a mi dieta. Ellos se han convertido a la religión de los jugos de apio, zanahoria y manzana, y me han invitado a adherirme con un trasto tan vanguardista que hasta te evita la engorrosa pulpa de las naranjas.

Minion fruits

Les estoy muy agradecida, aunque ahora vivo bajo vigilancia vitamínica: “¿Ya te haces los zumos?” “¡Hay que tomarlos todos los días!” “¡No digas que desmontar y fregar te da pereza!” “Mira, hoy hemos probado una mezcla de mandarina, nectarina y uva que está buenísima!” 

O la última, cuando les pido que dejen de interrogarme: “¡La fruta es fuente de salud!” 

“¡Y vosotros de cansinismo!”, contesto yo. “¿Me veis cara de Fruiti?”

Pero, aún así, les estoy muy agradecida por tener en casa esa zumera que me permite cuidar de mi salud, fabricar cócteles y fardar de haberme comido tres naranjas, dos kiwis y una pera sin tener que ir corriendo al baño después. 🙂

Humor, Vida cotidiana

Enredo sobre ruedas

Me hundo en el asiento del autobús después de media hora de espera. Apoyo los pies en el reposapiés.  Cierro los ojos mientras se pone en marcha. 

A mi lado, reposa mi mochila, embarazada de un portátil y de cinco libros de la biblioteca. Debajo de ella, otros tres libros, entre ellos la edición completa de las crónicas de Narnia, que debe de pesar 20 kilos (gramo arriba, gramo abajo). Encima, el bolso y el abrigo. 

Cruzo los dedos para que nadie se quiera sentar a mi lado, porque en ese caso los bultos pasarán de estar a mi vera a estar sobre mí y a enterrarme bajo su implacable peso literario. 

Me libro en la primera parada, apenas se ha subido gente y aún quedan un montón de sitios. Pero aún queda la estación principal, ahí la logística se va a complicar.

Ensayo mentalmente lo que le diré a quien quiera apoyar sus posaderas donde ahora anida mi equipaje: “perdona, pero es que llevo muchos trastos y pesan un quintal… ¿No podrías acogerte a las otras 10 opciones restantes?” O: “¡estoy incubando una gripe y acabo de estornudar donde tú piensas sentarte!” 

Llegamos a la estación de autobuses. Sube gente, manque poca. Pero luego empieza a subir más. De pronto, un chico se detiene en mi fila… ¿Es que ya no quedan huecos libres?

– Perdona, pero… -le digo, mirando mi arsenal.

– Lo siento, ¡te ha tocado! -dice, implacable.

“Vaya, me ha tocado con el borde de turno”, pienso. 

– Además -continúa él- podías haber colocado los libros en la balda superior. 

– Sí, es cierto. ¿Podrías subírmelos? -le contesto yo, con cara de inocente.

Él realiza ese ejercicio de halterofilia con las dichosas crónicas de Narnia y los otros dos tochos mientras yo me pregunto cómo he podido responderle con ese descaro.

Me ha salido solo, producto de la desesperación, porque ya me estaba imaginando con el autobús dando marcha atrás, nosotros aún de pie y yo intentando encajar los libros en un estante abarrotado, con el consiguiente riesgo de que se resbalaran e hirieran a alguien en la cabeza. 

Durante el viaje, mi compañero de asiento duerme con la conciencia tranquila. Yo miro el paisaje y dejo que mi fantasiosa mente divague. Me ha dado por imaginar que, si nuestra escena hubiera tenido lugar en la ficción, habría sido el principio de una comedia romántica de esas en las que los protagonistas se llevan a matar al principio pero luego se enamoran. Un “los que se pelean se desean” versión Hollywood, vaya. Se habría llamado “Enredo sobre ruedas”, o algo así de cutre. 

Claro está, que habría que haber cambiado el boscoso paisaje vasco por el Golden Gate, y ya puestos haber puesto a Bradley Cooper en el papel del chico. 

Cuando llegamos a nuestro destino, la ensoñación desaparece. Sin levantarme todavía, me pongo el abrigo, me cruzo el bolso y vigilo a mi “antagonista” por el rabillo del ojo. Se incorpora, coge sus cosas, se coloca la chaqueta, la bufanda… 

¡Un momento! ¿Por qué vuelve al estante? ¿Qué más le falta? 

– Toma, tus libros -dice, colocándolos con delicadeza en el asiento que ha quedado vacío. 

– ¡Muchísimas gracias! -respondo con timidez. 

“Si es que al final el tío borde era amable”, pienso, mientras salgo del vehículo abrazada a mis tomos y con las asas de la mochila destrozándome las cervicales. “Aunque más majo es el mozo que me ha llamado para venirme a buscar en coche. ¡Ese se habría ofrecido a subirme los libros sin yo pedírselo!” 😀

 

Gastronomía, Humor, Vida cotidiana

La prueba del algodón

Hasta hace poco, los platos estrella de todo hogar eran las croquetas, las albóndigas, la paella, la tortilla, las empanadillas (de Móstoles) y, por supuesto, las ensaladas.

Socorridas, frescas, coloridas y con lechuga de verdad, servían lo mismo para un picnic que para una cena tardía, para una persona que para un regimiento. Si no querías complicarte mucho, bastaba colocar lechuga y tomate en un cuenco, bonito y aceitunas a lo sumo, aliñar y revolver. Si deseabas un aporte proteico adicional, no tenías más que cocer un huevo.

Qué fácil era todo entonces.

Luego vino la nueva cocina (o comida viejuna del futuro, como diría El Comidista), que llevó a las jóvenes generaciones a desdeñar la sabiduría heredada de madres y abuelas y a abrazar los ingredientes gourmet, esos que tan bien maridan con los filtros de Instagram.

Primero hizo entrada en nuestras vidas el queso de cabra (a veces gratinado), acompañado de canónigos, tomatitos cherry y mozzarella. Hasta ese momento estaba todo controlado

Luego ya comenzó el desmadre. Las ensaladas empezaron a aceptar la entrada del foie y el jamón de pato, de las nueces y de los dátiles. Cual “seguratas” sin criterio, hasta invitamos al pulpo a la fiesta para que hiciera las veces de animal de compañía.  

El mango y el aguacate, acostumbrados a la promiscuidad de las macedonias, no tardaron en unirse a la orgía. La cosa había llegado a un nivel de experimentación tal que cualquier alimento se consideraba “ensaladable” (término que me acabo de sacar de la manga).

¡Nada más sano que una ensalada de bistec, de panceta o de ruedas de bicicleta!

Y aún así, cuando te topas con la ensalada primigenia, de lechuga de la huerta, tomates de verdad, sabroso atún y huevos de yema sonrosada bañados en refrescante aliño, te dan ganas de agarrar la hogaza de pan y rebañar como si no hubiera un mañana.

Esa es la prueba del algodón. 

Humor, Productividad, Reflexiones, Vida cotidiana

Al carajo con la productividad

Hoy me he levantado con el día Mary Poppinsil. En lugar de intentar hacer las tareas a toda prisa, María Luisa, he preferido dedicarme a divertirme con ellas, porque creo con eso de la productividad nos estamos pasando de castaño oscuro.

Tengo la sensación certera de que en lugar de buscar formas más prácticas de hacer las cosas, lo que se conoce como eficiencia, nos estamos centrando en hacer todo corriendo, sin paladearlo, para poderlo tachar de nuestra lista de tareas inventada.

Pero ese no es el único problema: si hiciéramos lo que no nos gusta a buena velocidad para disponer de tiempo para relajarnos, seguiríamos cuerdos, pero es que cuando acabamos con nuestros quehaceres buscamos nuevos compromisos que llenen el tiempo vacío. No es más que furor acumulativo, y supone una ruina para la creatividad y el camino más rápido para convertirnos en los hombres grises de Momo.

Para combatir este mal, he optado por la vertiente lúdica, esa que de niños no nos costaba nada invocar, y he comprobado que -¡oh, sorpresa!- cualquier labor se vuelve más grata si la miramos con ojos tranquilos y curiosos, si empleamos la imaginación y el buen humor como aliados. En nuestra ansia de que nos llegue de una vez el turno de divertirnos, estamos desperdiciando un manantial de momentos gratos.

A modo de prueba (del algodón), hoy he frito un huevo al son de “Sevilla tiene un color especial…”, y me ha salido saleroso y con volantes, como la flamenca del Whatsapp. También he descolgado la ropa cantando vete tú a saber qué y he terminado inventándome la letra de la canción y pegando palmas por el pasillo. Puede parecer que estoy un poco majareta, pero me lo he pasado como una enana.

En fin, que tenemos recursos. Que no nos divertimos más porque no queremos. Que a vivir, que son dos días, y que yo me marcho a planchar a ritmo de rumba. ¡Olé!

Humor, Música

Ahora que…

Ahora que la flamenca es de colores
ahora que hay iconos para tó
ahora que el Whatsapp es un palacio,
donde nunca falta espacio
pa’ mandarte un corazón…

Ahora que un silbidito me saluda,
ahora que me doctoro en emojis,
ahora que una pantalla, aunque muda,
me sirve de más ayuda
que usar papel y boli.

Ahora que el móvil me acompaña
lunes, martes y fiestas de guardar
ahora que sin los datos no te apañas,
y a mí me entra la migraña
si el wi-fi se me va.

Ahora que tengo un 3G
que no tenía,
ahora que un tick azul es
pura alegría,
ahora que está descargada,
y requeteinstalada
la última versión;
ahora que mandas virales
para incordiar,
o fotos de vacaciones
para chinchar,
ahora es cuando yo pienso:
¿no sería más bello,
darnos cita en un bar?
 

Humor, Reflexiones, Vida cotidiana

El tema del apotema

Hoy es uno de esos días en los que el tema para un artículo no ha anidado en mi cabeza de pájaros. Así ocurre, sí, las ideas son embrionarias, y en mi caso germinan rápido, sin necesidad de forzar el proceso. Si tengo que hacerlas brotar, suelen salir demasiado encorsetadas, no fluyen igual.

Así que si me disculpan, queridos lectores, aguardaré a que vuelva la inercia que tenía cogida, producto de escribir cada día poco después de levantarme, porque era la que hacía que las palabras afloraran como ramilletes en primavera.

Ya que me ha dado, ilusa de mí, por detener esa rutina pensando que no afectaría a mi caudal, lo que ha dado lugar al estreñimiento creativo y el vacío subsiguiente, os ofrezco esta reflexión sobre lo elusiva y pilluela que es la mente, que viene a ser una forma de revolcarme en el propio fango de la sequía.

Y de paso, como podéis comprobar, me he sacado un artículo de la manga, porque en este mundo de locos hasta la ausencia de tema es tema, ¡ea!