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Las tribulaciones de Juanito

A Juanito siempre lo agobiaban cuestiones irrelevantes y en verdad eso era un rollo para su entorno porque les paralizaba el día. Por eso le decían que era un tiquismiquis, y cosas así. Por ejemplo, si Juanito veía una mancha en la camisa de alguien, ya de bebé, la señalaba y prorrumpía en lágrimas y tenían que llevárselo lejos de aquel incauto que había permitido mancillar la limpieza de su atuendo, eso o pedirle a esa persona que por favor se quitase la ropa, lo cual siempre suscitaba réplicas airadas.
Cuando a Juanito, algo más mayor, le compraban una palmera de chocolate y veía que no era totalmente simétrica, la tiraba al suelo, partiéndole el corazón asimétrico, y pedía otra hasta agotar las existencias de la tienda o la paciencia de la tendera, lo que ocurriera antes. Una vez casi lo atropellaron un motorista, una furgoneta, un camión y un carrito de bebé, cada uno de ellos proveniente de una dirección distinta, por pararse a comprobar indignado que las rayas del paso de cebra no eran del todo paralelas. “Sí, cielo, están torcidas”, le dijo su madre, pasado el susto; y “sí, iremos a donde los municipales a denunciarlo, tesoro”, añadió, “pero hijo, por tu vida, no vuelvas a detenerte en mitad de la carretera, que entonces el que va a terminar torcido eres tú. A Juanito le asustó tanto aquel augurio que de ahí en adelante siempre cruzó mirando a izquierda y derecha, pero nunca al suelo.
En su primer día de colegio, los curas alabaron la pulcritud del niño y lo emplearon como ejemplo para enmendar las almas de sus atravesados y traviesos compañeros. Pero estos, que además de traviesos eran aviesos, aprovecharon el recreo, esa fuente de descontrol y malicia infantil, para rociarle la cabeza de tinta y adornar su uniforme con proyectiles de cerbatana. Juanito regresó aquella tarde a casa y con gesto contrito dijo que no volvería a pisar un lugar donde reinaran el desorden, la entropía y la anarquía, y decidió no salir nunca más de casa.
A sus sacrificados padres no les quedó otro remedio que contratar a un profesor particular y despedirlo porque no era del gusto de su vástago. Al decimonoveno intento, por fin hallaron a un señor impoluto hecho a imagen y semejanza de Juanito. Eran el mismo ser, sólo que el más mayor lucía un tieso bigote y se hacía llamar Don Juan. Eran ambos dos señores que avanzaban despacito por los libros de aritmética, geometría y ortografía, porque las sumas debían tener una alineación militar, los círculos habían de estar trazados con absoluta maestría mediante el compás y la caligrafía ser perfectamente recta, mejor que en el ejemplo. ¡Y cómo lo disfrutaban! Aunque lo que más gustaba a ambos (y fue la actividad precursora de su académica amistad) fue corregir las erratas y faltas ortográficas de los textos con los que se topaban. Fue la primera vez que su madre vio feliz a su hijo Juanito, y no porque riera, ni sonriera, eso habría distorsionado la rectitud de su rictus, sin por sus “¡caramba!”, “¡albricias!” y “¡habráse visto!”, que denotaban su indignación ante el error ajeno. 
Microcuento, Microrrelato

La S

La “ese” salió sigilosa del alfabeto porque necesitaba un poco de sosiego. Les había solicitado a las letras restantes que guardaran silencio a la hora de la siesta, pero vocales y consonantes la habían desafiado con sus sonoras risotadas. Estaba visto que eran insoportables y que no sabían mantener la compostura.

 Se fue el sábado siete de septiembre a las seis de la tarde. Tardó un segundo en hacer la mochila, que cargó a su espalda sin mirar atrás. Su primer destino fue Estocolmo. Después, cuando se cansó de las islas suecas, se fue seseando a Sevilla, pero la abrasó el abrazo del sol.

 En los Alpes encontró su ansiado destino, y cerca del lago Constanza se casó con una “ese” alemana. Vivieron en simbiosis para siempre, haciendo eslalon sobre unos esquís que dibujaban serpenteantes surcos en la nieve.

Microcuento, Relato breve

El día que Bilbao adoptó al sol

Un día especialmente plomizo, me encontré al sol tomando el aire en una terraza del Casco Viejo. Lo reconocí por lo tornasolado de su piel, tono poco habitual en el bocho. También porque, en lugar de café, se estaba tomando un refresco. Decía que estaba “acalorao”.

Me estuvo contando que no estaba de servicio porque las predicciones meteorológicas habían dejado claro que los cielos iban a estar bien cubiertos durante varios días. Como estaba ocioso, aprovecharía para hacer un poco de turismo y, de paso, trataría de acercarse a la gente. Convencería a la ciudadanía de que la culpa no era suya, sino de las nubes, que le hacían la oposición con sus aguaceros agoreros.

Muy encendido, me comentó que no descartaba ofrecer sus servicios de forma autónoma: por un precio simbólico, calentaría los patios de las escuelas, los parques y las terracitas de Bilbao.

No tardé en descubrir que su campaña había sido un éxito. La gente no dudó en contratar sus servicios, y en pocas semanas la villa se convirtió en el destino vacacional predilecto de turistas de todas las latitudes. Al fin y al cabo, desde que la capital del mundo había adoptado al sol, ninguna otra ciudad podía hacerle sombra.

Microcuento, Relato breve

Cuando Lunes se fue

Me encontré a Lunes en el recibidor de casa, cruzado de brazos en un rincón.

– ¿Se puede saber qué te pasa? -le pregunté.

– ¡Estoy cansado!

– Anda, ¡y yo! Cansada que te pases el día quejándote de tus obligaciones.

– ¡Pues búscate a otro! -respondió con acritud, mientras salía del piso dando un portazo.

Al cabo de una semana, el mensajero me hizo llegar el nuevo lunes que había encargado. Lustroso y lleno de energía, Lunes II salió de su envoltorio y me empujó a la calle con la ropa de correr: unas ridículas mallas negras y una camiseta térmica color canario.

– ¿A qué esperas? -me azuzó-. Hoy te toca batir tu anterior meta de tres kilómetros y medio. 

Cuando regresé a casa, oxidada y sin resuello, me obligó a tomar una ducha de agua fría y a beberme cinco manzanas licuadas, que a punto estuvieron de provocarme un cólico.

Camino del trabajo, trató de entretenerme con un discurso sobre la importancia del optimismo, pero mi mente hurgaba en el recuerdo de aquel perezoso lunes, que tal vez nunca volvería a tocarme la puerta.