Reflexiones, Vida cotidiana

Nos hemos vuelto tontos

Esta semana me he dado cuenta de que lo nuestro como sociedad ya no tiene vuelta atrás. Nos hemos vuelto tontos, y es definitivo. Lo he constatado tras ver el anuncio del Bollycao® Zero. “Zero”, tócate el peluquín. Sin azúcares añadidos. Sanísimo, vaya. Perfecto para darle la merienda al nene o al prepúber y que esté a tope de energía futbolera (en estos anuncios, los niños casi siempre salen jugando al fútbol). Qué horror. 

Entro en la página web del producto para informarme, y me encuentro cómicos apartados en los que se subraya su alto contenido en hierro, así como el hecho de que es el único bollo que ostenta el dudoso honor de estar relleno de cacao. Aunque lo que en realidad me indigna es que en este tipo de anuncios siempre sea una madre, una madre joven y guapa, para más señas, la que provea a sus vástagos de alimento nutricional, manque procesado y envasado. 

¿Por qué nunca aparece un padre? ¿Por qué se da a entender que las “mamás”, como se autodenominan algunas mujeres memas ahora, han de estar en casa a la hora de la merienda, elegantemente vestidas y con la cocina impoluta ? ¿Qué seres retrógrados y misóginos realizan ese tipo de anuncios? Sigue habiendo un machismo apabullante en el mundo de la publicidad que promueve un modelo de familia en el que la mujer no tiene otra ambición que entregarse al cuidado de los hijos y del hogar al tiempo que quiere ser una mujer de hoy, arreglada pero informal, elegante pero discreta. 

Y lo que me preocupan no son los anuncios, que están hechos por personas que no tienen dos dedos de frente, sino el hecho de que haya féminas que quieran emular unos trasnochados modelos de perfección que, en lugar de disminuir, aumentan por culpa de redes como Youtube o Instagram, plagadas de pánfilas obsesionadas con mostrar cómo decoran su casa, qué outfit (válgame Dios) han elegido para ir al súper o qué consejillos dan a sus seguidoras para que la crianza de sus retoños sea un mar de sonrisas sin lágrimas.

¿Zero, decía el anuncio? Cero neuronas, diría yo. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza… 

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El derecho a sentir

El otro día se lió parda porque Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, confesaba a la escritora Maruja Torres que, si pudiera volver atrás en el tiempo, no se presentaría a la alcaldía y mantendría su “no” inicial.

Hubo quien la tildó de egoísta, y ella tuvo que insistir en que quería seguir al servicio de los ciudadanos madrileños y en que no ha perdido un ápice de su entusiasmo, todo por calmar a la ciudadanía.

Me da pena que tuviera que retractarse. Al fin y al cabo, ella no puede evitar sus sentimientos, y uno no sabe lo que se va a encontrar cuando acepta un puesto de trabajo, sea el que sea.

Al igual un panadero puede arrepentirse de haber aceptado el empleo en un obrador porque madruga demasiado y no puede llevar a sus hijos al colegio, y aún así disfrutar de la tarea de hornear el pan, o un maestro puede soñar con unas vacaciones en las Bermudas pero a la vez confía en su capacidad para encauzar a los rebeldes adolescentes, una alcaldesa puede encontrarse con muchas dificultades para gobernar, con un estrés que no esperaba y con menos energía de la que quisiera, y sin embargo seguir creyendo que su proyecto es lícito.

Feelings

¡Anda que no hay gente que ha dicho que, si pudiera volver al pasado, haría las cosas de otra manera! Y, sin embargo, una vez tomada la decisión, continúa porque es su voluntad o porque cree que es su deber. Lo que no entiendo es que un personaje público no pueda expresar cómo se siente, como si la única opción posible fuera “estoy feliz de alegrar la vida a los madrileños, aunque la oposición me haga la vida imposible de vez en cuando y en los medios me vituperen”.

Algo parecido le sucedió a Clara Lago en “El Hormiguero” cuando protestó por la manía que tienen sus fans de acercarse a ella para pedirle una foto. Dijo que lo que la molestaba era la falta de empatía y el hecho de que algunas personas pasaran a solicitarle el selfie de turno sin mediar ni un “hola”.

Creo que su protesta es harto comprensible, pero la afición se indignó y caldeó Twitter tachándola de desagradecida y de egocéntrica. Me gustaría a mí verlos a ellos tomando algo en una terraza mientras les interrumpen una y otra vez. 

En fin, que no creo que deba ser necesario andarse con pies de plomo para expresar lo que uno siente. Uno está en su derecho, lo otro es caer en lo políticamente correcto e intentar agradar a todo el mundo, y eso siempre va en detrimento de la persona que lo intenta, porque caer bien a todos es una empresa imposible. 

El último ejemplo que quiero citar es el de Elvira Lindo en su último libro, “Noches sin dormir”. Se trata de un diario en el que la autora deja constancia de su último invierno en Nueva York junto a su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina. 

Pues bien, lo que más me ha gustado de esta obra, aparte de que es un caleidoscopio lleno de fragmentos relacionados con la Gran Manzana, es que Elvira expone sus debilidades, sus neuroticismos y sus inseguridades. Confiesa sentir culpa, envidia o deseo de reconocimiento en determinados momentos y eso me agrada, porque a ciertas personas les cuesta asumir que albergan sentimientos “negativos” dentro de sí. 

Pero, ¿quién no ha experimentado ese tipo de emociones alguna vez? Reconocer que no somos perfectos, que nuestra compleja personalidad alberga zonas más oscuras que otras, es el primer paso hacia el hallazgo de las creencias que provocan los sentimientos que nos hacen daño y que, a veces, nos llevan a provocar daño en los demás.

Negarlos sería exigirnos una perfección que mejor les dejamos a los alados ángeles y a Chuck Norris. 😉

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Puntos suspensivos

Ayer andaba yo practicando la escritura libre y pensando en la historia de un signo de puntuación. No me preguntéis por qué, pero hago este tipo de cosas para despertar mi creatividad y echarme unas risas. 😀

El caso es que escribí la historia de los puntos suspensivos, a ver qué se me ocurría. Pensé, entre otras cosas, que los puntos suspensivos eran en realidad un punto seguido, un punto y aparte y un punto final de un texto que el escritor había borrado y que les había asignado esta nueva función. Los puntos, claro, se veían obligados a convivir, a llevarse bien y a generar suspense. 

Y entonces, avatares de la vida, me entró la curiosidad por ver si en Youtube había algún vídeo relativo a los puntos suspensivos y a su uso. No esperaba, ni mucho menos, dar con un poema tan bonito como este de Sabina, que narra una ruptura y habla de lo triste que es cuando a un punto no le siguen dos puntos suspensivos, pues eso supone que la historia amorosa ha llegado a su fin.

Él lo cuenta mucho mejor que yo, así que escuchad, ¡y disfrutadlo!

Humor, Productividad, Reflexiones, Vida cotidiana

Al carajo con la productividad

Hoy me he levantado con el día Mary Poppinsil. En lugar de intentar hacer las tareas a toda prisa, María Luisa, he preferido dedicarme a divertirme con ellas, porque creo con eso de la productividad nos estamos pasando de castaño oscuro.

Tengo la sensación certera de que en lugar de buscar formas más prácticas de hacer las cosas, lo que se conoce como eficiencia, nos estamos centrando en hacer todo corriendo, sin paladearlo, para poderlo tachar de nuestra lista de tareas inventada.

Pero ese no es el único problema: si hiciéramos lo que no nos gusta a buena velocidad para disponer de tiempo para relajarnos, seguiríamos cuerdos, pero es que cuando acabamos con nuestros quehaceres buscamos nuevos compromisos que llenen el tiempo vacío. No es más que furor acumulativo, y supone una ruina para la creatividad y el camino más rápido para convertirnos en los hombres grises de Momo.

Para combatir este mal, he optado por la vertiente lúdica, esa que de niños no nos costaba nada invocar, y he comprobado que -¡oh, sorpresa!- cualquier labor se vuelve más grata si la miramos con ojos tranquilos y curiosos, si empleamos la imaginación y el buen humor como aliados. En nuestra ansia de que nos llegue de una vez el turno de divertirnos, estamos desperdiciando un manantial de momentos gratos.

A modo de prueba (del algodón), hoy he frito un huevo al son de “Sevilla tiene un color especial…”, y me ha salido saleroso y con volantes, como la flamenca del Whatsapp. También he descolgado la ropa cantando vete tú a saber qué y he terminado inventándome la letra de la canción y pegando palmas por el pasillo. Puede parecer que estoy un poco majareta, pero me lo he pasado como una enana.

En fin, que tenemos recursos. Que no nos divertimos más porque no queremos. Que a vivir, que son dos días, y que yo me marcho a planchar a ritmo de rumba. ¡Olé!

Poemas, Reflexiones

Sin medida

Medimos.

Medimos el número de palabras que escribimos.

Los pasos que damos.

Los minutos que dedicamos a trabajar,

y los minutos que dedicamos al descanso.

Medimos las páginas de un libro.

Los días de la semana.

Los días que faltan para las vacaciones.

Medimos lo que dura un trayecto.

Las tareas que hemos tachado.

Lo que hemos tardado en terminar los deberes.

Las horas que faltan para que suene la alarma.

El tiempo que nos queda,

ese no lo queremos medir,

pero nos lo pasamos

midiendo sin medida.

Humor, Reflexiones, Vida cotidiana

El tema del apotema

Hoy es uno de esos días en los que el tema para un artículo no ha anidado en mi cabeza de pájaros. Así ocurre, sí, las ideas son embrionarias, y en mi caso germinan rápido, sin necesidad de forzar el proceso. Si tengo que hacerlas brotar, suelen salir demasiado encorsetadas, no fluyen igual.

Así que si me disculpan, queridos lectores, aguardaré a que vuelva la inercia que tenía cogida, producto de escribir cada día poco después de levantarme, porque era la que hacía que las palabras afloraran como ramilletes en primavera.

Ya que me ha dado, ilusa de mí, por detener esa rutina pensando que no afectaría a mi caudal, lo que ha dado lugar al estreñimiento creativo y el vacío subsiguiente, os ofrezco esta reflexión sobre lo elusiva y pilluela que es la mente, que viene a ser una forma de revolcarme en el propio fango de la sequía.

Y de paso, como podéis comprobar, me he sacado un artículo de la manga, porque en este mundo de locos hasta la ausencia de tema es tema, ¡ea!

Reflexiones, Vida cotidiana

Cartas

Hoy he pensado en la correspondencia. En lo que se escribía antes, y en la riqueza de sentimientos e impresiones que se transmitían. En la forma en que la gente trataba de plasmar sus sentimientos sobre el papel, en lo jugoso del contenido que sus familiares y amigos saboreaban después con delectación.

Y he sentido un poco de pena, porque la comunicación escrita actual no permite esa cercanía, esa tranquilidad a la hora de manifestar nuestro afecto por los demás, de conversar amarrados a nuestro bolígrafo.

Ahora, mediante los wasaps, el Facebook y el Twitter nos quedamos en lo superficial. Si acaso el correo electrónico podría llegar a suplir el desahogo verbal de la carta, pero en la práctica escribimos deprisa, llenamos la pantalla de exclamaciones y pasamos de un tema a otro de manera fragmentaria porque sentimos que el texto nos está quedando demasiado largo, que después va a ser «un plomo» para nuestro interlocutor.

De esta forma, solo nos queda juntarnos y charlar, pero no todo el mundo es igual de hábil en las distancias cortas, no es tan sencillo conversar sobre lo que pasa por nuestra cabeza sin sonrojarnos, sin ser interrumpidos por otra persona o sin ser arrastrados por la velocidad del intercambio de palabras.

Se está perdiendo la carta, y dan ganas de recuperarla, incluso con los más cercanos. De encontrarla agazapada en el buzón, a la espera de que extendamos la mano y la rescatemos del olvido.

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El kilómetro

En el colegio, desde los doce años, nos mandaban hacer «el kilómetro» en la asignatura de educación física. Equivalía a cinco vueltas a buen ritmo alrededor de los jardines llenos de césped, de los árboles bien cuidados, de los bancos y de la estatua del fundador, que tenía cara beatífica y estaba rodeado de niños que lo adoraban.

Teníamos que tardar menos de cinco minutos. La primera vez sufrí la falta de fondo y a duras penas superé el reto. Era cansado, dolía. A veces, si no contaba para examen, algunos compañeros y yo cuando el profesor no estaba mirando y los de las otras clases, que estaban arriba dando mates, lengua o lo que fuera al abrigo de la calefacción, nos señalaban con el dedo y se partían de risa.

Ocho de la mañana, cinco grados mal desayunados. «Chicos, ¡a correr!» Y lo que parecía un abuso que me dejaba la garganta dolorida de no controlar la respiración y el flato pellizcándome la tripa se convirtió en rutina, y después en reto.

Nunca llegó a gustarme la tarea, pero después de varios entrenamientos empecé a notar que a partir de la cuarta vuelta las cosas mejoraban, que justo cuando creía que no podía más, que me iba a caer redonda, el cuerpo entraba en calor y se llenaba de una energía que le permitía flotar los metros que le faltaban. También percibí que mis piernas larguiruchas daban las zancadas más decididas, que iba más rápido con el mismo esfuerzo. Ya no me costaba aprobar, podía hacerlo con holgura.

Hace muchos de aquello. Ahora todo el mundo sale a hacer running, y yo ando. Deprisa, «un, dos; un dos», a ritmo de marcha. Pero ayer me entró el impulso, el hormigueo en los pies, y antes de darme cuenta me vi corriendo. No llegó al minuto, no sé si alcancé los 100 metros antes de volver al modo andarín. Y pensé que era curioso: la niña filiforme que corría quería ponerse a andar, y la joven andariega ahora va y se echa a correr. Tal vez un día me anime a hacer un kilómetro, y luego otro, y luego otro (y ahí paro de contar porque para maratones no estoy).

 

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El gen airado

– Ama, el otro día le pegué tal grito al que quería colársenos en el tren turístico que me asusté hasta yo…

– ¿Hacía mucho calor?

– Sí, ¿y eso a qué viene?

– Mucho. El calor afecta al cerebro, te impide pensar. Por eso se cometen más asesinatos en lugares bochornosos.

– Bueno creo que esto no es comparable, igual es el gen airado que me viene la rama del abuelo…

– Puedes ser, hija, a mí también me sale a veces.

Desde que vi “Del Revés (Inside Out)”, no puedo dejar de representar a la ira en mi cabeza como ese señor tapujo y rojo que interpreta el papel de dicha emoción en la película.

Mi ira, normalmente, pasa un montón de horas aletargada. No es propensa a la acción, ya que tiendo a ser más bien zen y enfadarme requiere de un coste de activación que no estoy dispuesta a pagar.

Sin embargo, a veces a mi furia le da por indignarse, valga la redundancia, y brota como perro ladrador (aunque nunca mordedor) si un autobusero le cierra la puerta en las narices, si alguien se cuela en un trenecito o equivalente, si le interrumpen mucho mientras habla o si ve a un político mintiendo por la tele.

En todos esos ejemplos (menos en el último, ya que una pantalla de plasma es incapaz de oír a nadie) suelo arrepentirme del exabrupto y pedir perdón, si es que el acto de conciliación no me da demasiado apuro.

Luego está la ira mezclada con alegría, esas ganas de pasármelo pipa siendo un trasto que me hicieron merecedora del sobrenombre de “Ira, la enana malvada”.

Supongo que todo empezó en aquellos tiempos en que disfrutaba tirándole del pelo a mi hermana y diciendo a quien anduviera cerca que ella no podía comer golosinas porque llevaba aparato, pero hoy por hoy todavía me entran deseos de ejercer mi malevolencia poniendo en evidencia a la gente grosera que trata a los demás como si fueran sus esclavos o a esas señoras tan pijas que llaman a sus hijos Beltrán o Agapito.

Por supuesto, ejerzo el autocontrol: esas tentaciones me las guardo para cuando llego a casa, enciendo el ordenador y puedo escribir artículos como este que llega a su fin.

Reflexiones

Palabras de todos los sabores

Julio es un mes que me cae bien. Es simpático, de color pantalón vaquero desgastado y nubes de tormenta. Agosto es mucho más terroso y de soles gordos y naranjas, pero julio es más tranquilo y a la vez menos soporífero, amigo de las actividades urbanas porque todavía no todo está “cerrado por vacaciones”.

Durante este mes aún hay vida en la ciudad. Conciertos, eventos, ajetreo en las aceras, jornadas intensivas, turistas y adolescentes sentados en los bancos pasando las horas muertas. A la vez, empieza a haber vida en el campo, y en los pueblos costeros. Atardeceres que quedan bien sobre el horizonte marino, terrazas donde disfrutar del olor a salitre, cervecerías a las que solo les faltan unas coloridas guirnaldas.

Es un mes que, entre trabajo y ocio, ocio y trabajo, me permite bajar un poco el pistón y entregarme a mis libros, a mis series con la excusa de practicar idiomas, a mis revistas de viajes y a las compras de ropa en segundas rebajas. También me suele dar por un hobby inesperado: un año fue el punto de cruz, otro hacer collares y otro pintar camisetas con témperas especiales. Este año todo apunta a que mi vicio va a ser el japonés. 😀

Mis deseos de aprender el idioma nipón en condiciones se remontan al año 2007, cuando conocí a mi amiga Aya, y este año he decidido retomar la empresa por enésima vez gracias a una aplicación para móviles llamada Fun Easy Learn. Lo mejor de esta app es que está disponible gratis y en muchichichíiiiisimos idiomas, tanto para Android como para iOS.

Su funcionamiento es bien sencillo, porque con ella solo aprendes vocabulario. Eso sí, puedes llegar a memorizar hasta 6000 palabras relativas a 10 temas distintos (alimentación, ocio, educación, profesiones, hogar, transporte, cuerpo humano y todo lo que se te ocurra) divididos en subtemas.

Si esto te abruma, don’t worry, que está presentado de una manera muy cómoda. En el primer nivel solo podrás estudiarte 1000 palabras, que son unas cuantas. Para ello, el programa te propone siete actividades a través de las cuales la adquisición de vocabulario se convierte en algo sencillo. Podrás oír cómo las pronuncia un nativo, ver su imagen correspondiente para favorecer el aprendizaje visual y quedarte con la ortografía. Muy completo, como puedes ver.

Yo soy tan brutica que, aparte de la aplicación en japonés, también me la he bajado en sueco y en griego. Para no liarme y que las palabras no se me olviden, utlilizo el método mnemotécnico, que tan bien explica Ramón Campayo en Aprende un idioma en 7 días.

Parece que a Ringo el tema de la manzana no le hace mucha gracia...
Parece que a Ringo el tema de la manzana no le hace mucha gracia…

Esta técnica consiste en realizar una asociación inverosímil entre la palabra a memorizar y su traducción al castellano. Por ejemplo, en japonés “manzana” se pronuncia “ringo”. Para que no se borre de mi disco duro mental, podría imaginarme a Ringo Starr con una camiseta de Apple o a una manzana con la cara del miembro de The Beatles. ¡Esto fomenta mucho la imaginación!

Y así ando, toqueteando el móvil cada vez que espero al ascensor, hago cola en algún sitio o viajo en autobús para hacer acopio de palabras (algunos ya conocéis la Palabritis Aguda que me caracteriza). Luego tendré que poner en práctica todo ese vocabulario con mi amiga japonesa, y será muy gracioso. 😀

¿Y tú? ¿Andas estudiando algún idioma? ¿Cuál? ¿Qué método usas?