Gominolas

La oficina del DNI era diminuta y de techos bajos, y tenían la ventana abierta para evitar sentirse atrapados en un búnker. Los empleados, cuatro en total, parecían sacados de un documental sobre los años sesenta, y uno de ellos iba llamándonos a voces sin necesidad, porque en la pantalla ya iban pasando los números.

Me senté frente a su compañera, y me sometí a la presión alterna de los dedos índice, que siempre me ha dado un poco de grimilla. A mi izquierda había un niño de unos siete años sacándose el carné por vez primera y anotando, bajo la mirada impaciente de su padre, su nombre y los dígitos del número que definirá su existencia como ciudadano. 

En la mano que no empuñaba el bolígrafo llevaba un paquete de chucherías en las que se fijó la empleada que comprobaba mis datos: “Mírale, qué a gusto se va ahora, a comerse sus gusanitos. Pues no están ricos ni ná. Y a su edad puede ir comiéndoselos tan a gusto por la calle, porque lo que es a la mía…”. Rondaría los cincuenta años, viejunamente llevados. Entonces yo, que soy una rebelde tragaldabas que se resiste a abandonar los placeres de la niñez, le contesté: “¡Oye, pues yo los sigo comprando, y lo seguiré haciendo!” 

Era para animarla, para que viera que no hay fecha de caducidad para comer en público gusanitos, Aspitos, ositos de gominola, Chupa Chups, Fresquitos, Colajets y lo que se tercie, mientras que al paladar y a las muelas les apetezca. Como no la hay tampoco para montar en unos columpios -por favor, ayuntamientos, hacedlos un poco más anchos que se atasca el culo- corretear por el campo, ver películas de Disney o hacer peleas de almohadas. La infancia la llevamos dentro, solo hace falta vernos, a la mayoría, perder el sentido del ridículo cuando estamos delante de un bebé. Lo único que tenemos que hacer es abrirla, como los gusanitos, cada vez que se nos presente la ocasión, para que no caduque sin darnos cuenta. 

Anuncios

Una ventana para fabular

Es de noche, muy de noche, ya es madrugada y las ventanas están cerradas, las persianas bajadas, las cortinas echadas, la luz apagada, los ojos cerrados y la mente lejos, en el país de los sueños. La ciudad se para, exceptuando el camión de la basura, que siempre está ahí.

Y, de pronto, del edificio de enfrente emerge un cuadrado luminoso, como si se tratara del decorado de un teatro. El reloj marca las dos, pero ahí, enmarcado por ese halo, hay un hombre inclinado sobre la pantalla de su ordenador. Desde mi luz me dan ganas de hacerle señales: ¿a qué dedicas las horas que no se cuentan? ¿Qué es lo que te está quitando el sueño?

Sin poderlo evitar, me pregunto qué estará haciendo: tal vez escriba una novela, no creo que esté adelantando trabajo en esta calurosa noche de agosto. Tal vez esté escribiendo un largo correo a una persona que ama, o buscando el lugar ideal donde perderse, o encontrando un libro que llevaba años buscando y que ahora solo se vende en internet. Tal vez esté revisando fotos antiguas, en las que no se reconoce ni a sí mismo, o devorando artículos sobre cómo más ser productivo en los que la regla número uno es acostarse temprano para madrugar al día siguiente. Tal vez sea un loco que teclea frente a una pantalla apagada.

Hace poco leí que en Suecia la gente no se preocupa por el qué dirán tanto como en España. Que cada cual hace su vida, y no necesita aislar sus ventanas de la mirada ajena. Son como diría la escritora Mariasun Landa, ventanas que nos permiten atisbar otras vidas, luces en la oscuridad que guían a nuestra imaginación para que no deje de fabular.

Campo quemado

A veces nos dejaban elegir a qué jugar en la hora de Educación Física. Era una forma que tenía el profesor de no dar pie con bolo, supongo, o de no morirse de aburrimiento después de ordenar a seis clases que corrieran el kilómetro. 

Tampoco es que hubiera muchas opciones: fútbol, baloncesto o balonmano, esos eran los tres postres del menú de aquellas horas “libres”. Hasta que sugerimos jugar a campo quemado (ya sabéis, ese juego que consiste en apuntar a los miembros del grupo contrincante con una pelota). Al principio, las neuronas de nuestro profesor cortocircuitaron, hasta se oyó su chisporroteo: ¿podía considerarse que aquello era un deporte, o se trataba de un mero juego? Había una pelota implicada, era obligatorio seguir una serie de normas y uno se podía lesionar de la manera más tonta. Definitivamente, aquello podía considerarse deporte.

Fuimos un puñado (sobre todo chicas, pero también algún chico valiente que pasaba en motonave del fútbol) quienes nos adherimos a aquella actividad en la que predominaban las risas más que la competitividad, la relajación más que la tensión de ser criticado por realizar mal un pase, por no parar un gol o por fallar un triple. La adolescente que era yo se sentía al fin aliviada, y estoy casi segura de que no fui la única. Además descubrí que mi cuerpo de fideo (las curvas vinieron después) me permitía esquivar la pelota con bastante facilidad (exceptuando la vez que me encajaron sin querer un balonazo en todo el estómago) y que la puntería no me fallaba demasiado a la hora de encajarle los golpes al contrario. 

Campo quemado… Podía considerarse deporte, sí, pero todos los implicados lo vivimos como un juego. 🙂

Las ideas son estalagtitas

Estoy haciendo un curso de escritura creativa y una de las actividades propuestas es inventar un argumento en el que debo incluir cuatro palabras que, a primera vista, no tienen nada que ver las unas con las otras. 

Una de ellas es caimán, y para inspirarme me he puesto a buscar información sobre los caimanes en Internet. He descubierto que cuando tienen el “pico” cerrado solo asoman sus dientes de arriba, mientras que en los cocodrilos asoman tanto los dientes de arriba como los de abajo (estos les darían más problemas a los ortodoncistas).

Los dientes de ambos bichos, en cualquier caso, me han recordado a las estalactitas y las estalagmitas de las cuevas, por asociación picuda de ideas, y me he dado cuenta de que las propias ideas podrían considerarse también estalactitas de caimán o estalagmitas de cocodrilo. 

¿Por qué? Porque tardan en macerar, las muy puñeteras. Llevo varias intentonas argumentales y todavía no he conseguido crear el esqueleto de una historia coherente con caimanes de por medio, aunque poco a poco se va abocetando, así, de forma sutil, con el “tic-tac” del cocodrilo de Peter Pan.

¿Qué se me ocurrirá, qué misterio habrá? Solo el tiempo lo dirá.

Resultado de imagen de cocodrilo peter pan

Nos hemos vuelto tontos

Esta semana me he dado cuenta de que lo nuestro como sociedad ya no tiene vuelta atrás. Nos hemos vuelto tontos, y es definitivo. Lo he constatado tras ver el anuncio del Bollycao® Zero. “Zero”, tócate el peluquín. Sin azúcares añadidos. Sanísimo, vaya. Perfecto para darle la merienda al nene o al prepúber y que esté a tope de energía futbolera (en estos anuncios, los niños casi siempre salen jugando al fútbol). Qué horror. 

Entro en la página web del producto para informarme, y me encuentro cómicos apartados en los que se subraya su alto contenido en hierro, así como el hecho de que es el único bollo que ostenta el dudoso honor de estar relleno de cacao. Aunque lo que en realidad me indigna es que en este tipo de anuncios siempre sea una madre, una madre joven y guapa, para más señas, la que provea a sus vástagos de alimento nutricional, manque procesado y envasado. 

¿Por qué nunca aparece un padre? ¿Por qué se da a entender que las “mamás”, como se autodenominan algunas mujeres memas ahora, han de estar en casa a la hora de la merienda, elegantemente vestidas y con la cocina impoluta ? ¿Qué seres retrógrados y misóginos realizan ese tipo de anuncios? Sigue habiendo un machismo apabullante en el mundo de la publicidad que promueve un modelo de familia en el que la mujer no tiene otra ambición que entregarse al cuidado de los hijos y del hogar al tiempo que quiere ser una mujer de hoy, arreglada pero informal, elegante pero discreta. 

Y lo que me preocupan no son los anuncios, que están hechos por personas que no tienen dos dedos de frente, sino el hecho de que haya féminas que quieran emular unos trasnochados modelos de perfección que, en lugar de disminuir, aumentan por culpa de redes como Youtube o Instagram, plagadas de pánfilas obsesionadas con mostrar cómo decoran su casa, qué outfit (válgame Dios) han elegido para ir al súper o qué consejillos dan a sus seguidoras para que la crianza de sus retoños sea un mar de sonrisas sin lágrimas.

¿Zero, decía el anuncio? Cero neuronas, diría yo. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza… 

El derecho a sentir

El otro día se lió parda porque Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, confesaba a la escritora Maruja Torres que, si pudiera volver atrás en el tiempo, no se presentaría a la alcaldía y mantendría su “no” inicial.

Hubo quien la tildó de egoísta, y ella tuvo que insistir en que quería seguir al servicio de los ciudadanos madrileños y en que no ha perdido un ápice de su entusiasmo, todo por calmar a la ciudadanía.

Me da pena que tuviera que retractarse. Al fin y al cabo, ella no puede evitar sus sentimientos, y uno no sabe lo que se va a encontrar cuando acepta un puesto de trabajo, sea el que sea.

Al igual un panadero puede arrepentirse de haber aceptado el empleo en un obrador porque madruga demasiado y no puede llevar a sus hijos al colegio, y aún así disfrutar de la tarea de hornear el pan, o un maestro puede soñar con unas vacaciones en las Bermudas pero a la vez confía en su capacidad para encauzar a los rebeldes adolescentes, una alcaldesa puede encontrarse con muchas dificultades para gobernar, con un estrés que no esperaba y con menos energía de la que quisiera, y sin embargo seguir creyendo que su proyecto es lícito.

Feelings

¡Anda que no hay gente que ha dicho que, si pudiera volver al pasado, haría las cosas de otra manera! Y, sin embargo, una vez tomada la decisión, continúa porque es su voluntad o porque cree que es su deber. Lo que no entiendo es que un personaje público no pueda expresar cómo se siente, como si la única opción posible fuera “estoy feliz de alegrar la vida a los madrileños, aunque la oposición me haga la vida imposible de vez en cuando y en los medios me vituperen”.

Algo parecido le sucedió a Clara Lago en “El Hormiguero” cuando protestó por la manía que tienen sus fans de acercarse a ella para pedirle una foto. Dijo que lo que la molestaba era la falta de empatía y el hecho de que algunas personas pasaran a solicitarle el selfie de turno sin mediar ni un “hola”.

Creo que su protesta es harto comprensible, pero la afición se indignó y caldeó Twitter tachándola de desagradecida y de egocéntrica. Me gustaría a mí verlos a ellos tomando algo en una terraza mientras les interrumpen una y otra vez. 

En fin, que no creo que deba ser necesario andarse con pies de plomo para expresar lo que uno siente. Uno está en su derecho, lo otro es caer en lo políticamente correcto e intentar agradar a todo el mundo, y eso siempre va en detrimento de la persona que lo intenta, porque caer bien a todos es una empresa imposible. 

El último ejemplo que quiero citar es el de Elvira Lindo en su último libro, “Noches sin dormir”. Se trata de un diario en el que la autora deja constancia de su último invierno en Nueva York junto a su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina. 

Pues bien, lo que más me ha gustado de esta obra, aparte de que es un caleidoscopio lleno de fragmentos relacionados con la Gran Manzana, es que Elvira expone sus debilidades, sus neuroticismos y sus inseguridades. Confiesa sentir culpa, envidia o deseo de reconocimiento en determinados momentos y eso me agrada, porque a ciertas personas les cuesta asumir que albergan sentimientos “negativos” dentro de sí. 

Pero, ¿quién no ha experimentado ese tipo de emociones alguna vez? Reconocer que no somos perfectos, que nuestra compleja personalidad alberga zonas más oscuras que otras, es el primer paso hacia el hallazgo de las creencias que provocan los sentimientos que nos hacen daño y que, a veces, nos llevan a provocar daño en los demás.

Negarlos sería exigirnos una perfección que mejor les dejamos a los alados ángeles y a Chuck Norris. 😉

Puntos suspensivos

Ayer andaba yo practicando la escritura libre y pensando en la historia de un signo de puntuación. No me preguntéis por qué, pero hago este tipo de cosas para despertar mi creatividad y echarme unas risas. 😀

El caso es que escribí la historia de los puntos suspensivos, a ver qué se me ocurría. Pensé, entre otras cosas, que los puntos suspensivos eran en realidad un punto seguido, un punto y aparte y un punto final de un texto que el escritor había borrado y que les había asignado esta nueva función. Los puntos, claro, se veían obligados a convivir, a llevarse bien y a generar suspense. 

Y entonces, avatares de la vida, me entró la curiosidad por ver si en Youtube había algún vídeo relativo a los puntos suspensivos y a su uso. No esperaba, ni mucho menos, dar con un poema tan bonito como este de Sabina, que narra una ruptura y habla de lo triste que es cuando a un punto no le siguen dos puntos suspensivos, pues eso supone que la historia amorosa ha llegado a su fin.

Él lo cuenta mucho mejor que yo, así que escuchad, ¡y disfrutadlo!

Al carajo con la productividad

Hoy me he levantado con el día Mary Poppinsil. En lugar de intentar hacer las tareas a toda prisa, María Luisa, he preferido dedicarme a divertirme con ellas, porque creo con eso de la productividad nos estamos pasando de castaño oscuro.

Tengo la sensación certera de que en lugar de buscar formas más prácticas de hacer las cosas, lo que se conoce como eficiencia, nos estamos centrando en hacer todo corriendo, sin paladearlo, para poderlo tachar de nuestra lista de tareas inventada.

Pero ese no es el único problema: si hiciéramos lo que no nos gusta a buena velocidad para disponer de tiempo para relajarnos, seguiríamos cuerdos, pero es que cuando acabamos con nuestros quehaceres buscamos nuevos compromisos que llenen el tiempo vacío. No es más que furor acumulativo, y supone una ruina para la creatividad y el camino más rápido para convertirnos en los hombres grises de Momo.

Para combatir este mal, he optado por la vertiente lúdica, esa que de niños no nos costaba nada invocar, y he comprobado que -¡oh, sorpresa!- cualquier labor se vuelve más grata si la miramos con ojos tranquilos y curiosos, si empleamos la imaginación y el buen humor como aliados. En nuestra ansia de que nos llegue de una vez el turno de divertirnos, estamos desperdiciando un manantial de momentos gratos.

A modo de prueba (del algodón), hoy he frito un huevo al son de “Sevilla tiene un color especial…”, y me ha salido saleroso y con volantes, como la flamenca del Whatsapp. También he descolgado la ropa cantando vete tú a saber qué y he terminado inventándome la letra de la canción y pegando palmas por el pasillo. Puede parecer que estoy un poco majareta, pero me lo he pasado como una enana.

En fin, que tenemos recursos. Que no nos divertimos más porque no queremos. Que a vivir, que son dos días, y que yo me marcho a planchar a ritmo de rumba. ¡Olé!

Sin medida

Medimos.

Medimos el número de palabras que escribimos.

Los pasos que damos.

Los minutos que dedicamos a trabajar,

y los minutos que dedicamos al descanso.

Medimos las páginas de un libro.

Los días de la semana.

Los días que faltan para las vacaciones.

Medimos lo que dura un trayecto.

Las tareas que hemos tachado.

Lo que hemos tardado en terminar los deberes.

Las horas que faltan para que suene la alarma.

El tiempo que nos queda,

ese no lo queremos medir,

pero nos lo pasamos

midiendo sin medida.