Una ventana para fabular

Es de noche, muy de noche, ya es madrugada y las ventanas están cerradas, las persianas bajadas, las cortinas echadas, la luz apagada, los ojos cerrados y la mente lejos, en el país de los sueños. La ciudad se para, exceptuando el camión de la basura, que siempre está ahí.

Y, de pronto, del edificio de enfrente emerge un cuadrado luminoso, como si se tratara del decorado de un teatro. El reloj marca las dos, pero ahí, enmarcado por ese halo, hay un hombre inclinado sobre la pantalla de su ordenador. Desde mi luz me dan ganas de hacerle señales: ¿a qué dedicas las horas que no se cuentan? ¿Qué es lo que te está quitando el sueño?

Sin poderlo evitar, me pregunto qué estará haciendo: tal vez escriba una novela, no creo que esté adelantando trabajo en esta calurosa noche de agosto. Tal vez esté escribiendo un largo correo a una persona que ama, o buscando el lugar ideal donde perderse, o encontrando un libro que llevaba años buscando y que ahora solo se vende en internet. Tal vez esté revisando fotos antiguas, en las que no se reconoce ni a sí mismo, o devorando artículos sobre cómo más ser productivo en los que la regla número uno es acostarse temprano para madrugar al día siguiente. Tal vez sea un loco que teclea frente a una pantalla apagada.

Hace poco leí que en Suecia la gente no se preocupa por el qué dirán tanto como en España. Que cada cual hace su vida, y no necesita aislar sus ventanas de la mirada ajena. Son como diría la escritora Mariasun Landa, ventanas que nos permiten atisbar otras vidas, luces en la oscuridad que guían a nuestra imaginación para que no deje de fabular.

Las ideas son estalagtitas

Estoy haciendo un curso de escritura creativa y una de las actividades propuestas es inventar un argumento en el que debo incluir cuatro palabras que, a primera vista, no tienen nada que ver las unas con las otras. 

Una de ellas es caimán, y para inspirarme me he puesto a buscar información sobre los caimanes en Internet. He descubierto que cuando tienen el “pico” cerrado solo asoman sus dientes de arriba, mientras que en los cocodrilos asoman tanto los dientes de arriba como los de abajo (estos les darían más problemas a los ortodoncistas).

Los dientes de ambos bichos, en cualquier caso, me han recordado a las estalactitas y las estalagmitas de las cuevas, por asociación picuda de ideas, y me he dado cuenta de que las propias ideas podrían considerarse también estalactitas de caimán o estalagmitas de cocodrilo. 

¿Por qué? Porque tardan en macerar, las muy puñeteras. Llevo varias intentonas argumentales y todavía no he conseguido crear el esqueleto de una historia coherente con caimanes de por medio, aunque poco a poco se va abocetando, así, de forma sutil, con el “tic-tac” del cocodrilo de Peter Pan.

¿Qué se me ocurrirá, qué misterio habrá? Solo el tiempo lo dirá.

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Mi cuaderno de todo

Redes sociales. Facebook. Instagram. Twitter. Me pierdo entre tantos estímulos, la verdad. Me cuesta saber qué comparto, qué dejo de compartir, qué foto escojo, cómo lo retwitteo… Así que he optado por el blog, que es como una especie de “habitación propia”, que diría Virginia Woolf, pero que al mismo tiempo está llena de ventanas-artículos a los que, como lectores, os podéis asomar. 

Pretendo que sea este mi “cuaderno de todo”, que diría Carmen Martín Gaite”, el lugar donde soltar mis ideas en ebullición, sin orden ni concierto. Si aparecen reflexiones mezcladas con microrrelatos o con recomendaciones literarias, ¡pues qué le vamos a hacer! La vida es un batiburrillo, y mi cabeza también: con deciros que mi primer blog se llamaba “El Bazar de las Artes”…

Así que poneos cómodos y abrid este blog por la página que queráis. 🙂 Sois más que bienvenidos. 

Que me quiten lo trasquilao

Despacito y con buena letra, dice el refrán. Mi letra, llena de bucles y rododendros, no hay quien la entienda. En mí prima, en ocasiones, el hacer las cosas “a lo me cago en diez”, como decimos en mi familia. No en lo académico o laboral, ahí me convierto en una persona sistemática y cuidadosa, aunque había que ver la guarrería de tachones con la que poblaba mis exámenes de matemáticas y mis redacciones de cualquier cosa hasta que a un alma caritativa se le ocurrió otorgarme el papel borrador. ¡Qué placer el de enmarranar y luego poder pasar a limpio!

Así actúo en otros aspectos de mi vida, por aburrimiento puro y duro. ¿Cortarme el pelo en la peluquería? Para qué. Mejor coger las tijeras de cocina y hacerlo a machetazos, sobre el lavabo, y luego, si acaso, decirle al estilista de turno que es que he perdido una apuesta y que suerte de que no me han rapado. Mis Barbies de la infancia están llenas de calvas y con el pelo todo crespo de los tratamientos capilares que les daba, no digo más. Y siempre les perdía un zapato, o alguna pieza de su equipamiento original.

Yo habría sufrido mucho antaño, cuando la gente no podía salirse de la raya y tenía esa caligrafía pulquérrima, todo primor. Mi abuelo materno, por ejemplo, profesaba esa religión caligráfica, hasta el punto de que se exasperaba si la gente envolvía mal los regalos, o si al hacer una multiplicación los números no estaban bien posicionados en el lugar exacto de los millares, las centenas, las decenas y las unidades. Ahora que lo pienso, podría haber sido un niño de San Ildefonso.

Pero ese “mecagoendiecismo” del que hablo, ese afán de emprender las acciones pero sufrir una pereza increíble a la hora de implementarlas (aunque los años me han aplacado un poco) también tiene su parte positiva: he encontrado maneras prácticas de saltarme pasos, atajos para evitar aburrirme tanto o hacer más rápido las actividades cansinas. ¿Y sabéis qué? Eso es creatividad, y que me quiten lo trasquilao.  

Nos hemos vuelto tontos

Esta semana me he dado cuenta de que lo nuestro como sociedad ya no tiene vuelta atrás. Nos hemos vuelto tontos, y es definitivo. Lo he constatado tras ver el anuncio del Bollycao® Zero. “Zero”, tócate el peluquín. Sin azúcares añadidos. Sanísimo, vaya. Perfecto para darle la merienda al nene o al prepúber y que esté a tope de energía futbolera (en estos anuncios, los niños casi siempre salen jugando al fútbol). Qué horror. 

Entro en la página web del producto para informarme, y me encuentro cómicos apartados en los que se subraya su alto contenido en hierro, así como el hecho de que es el único bollo que ostenta el dudoso honor de estar relleno de cacao. Aunque lo que en realidad me indigna es que en este tipo de anuncios siempre sea una madre, una madre joven y guapa, para más señas, la que provea a sus vástagos de alimento nutricional, manque procesado y envasado. 

¿Por qué nunca aparece un padre? ¿Por qué se da a entender que las “mamás”, como se autodenominan algunas mujeres memas ahora, han de estar en casa a la hora de la merienda, elegantemente vestidas y con la cocina impoluta ? ¿Qué seres retrógrados y misóginos realizan ese tipo de anuncios? Sigue habiendo un machismo apabullante en el mundo de la publicidad que promueve un modelo de familia en el que la mujer no tiene otra ambición que entregarse al cuidado de los hijos y del hogar al tiempo que quiere ser una mujer de hoy, arreglada pero informal, elegante pero discreta. 

Y lo que me preocupan no son los anuncios, que están hechos por personas que no tienen dos dedos de frente, sino el hecho de que haya féminas que quieran emular unos trasnochados modelos de perfección que, en lugar de disminuir, aumentan por culpa de redes como Youtube o Instagram, plagadas de pánfilas obsesionadas con mostrar cómo decoran su casa, qué outfit (válgame Dios) han elegido para ir al súper o qué consejillos dan a sus seguidoras para que la crianza de sus retoños sea un mar de sonrisas sin lágrimas.

¿Zero, decía el anuncio? Cero neuronas, diría yo. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza… 

Toma mucha fruta, mucha fruta fresca

Siento haber aludido a Bom Bom Chip. Es que los Reyes Magos me han traído una zumera. 

Sí, zumera, máquina de hacer zumos. No confundir con “zumbera” (bailarina de Zumba) o con “rumbera” (Melody).

La zumera ha sido regalo de padres, que me quieren bien. Cuando vi el paquete rectangular pensé que era una muñeca tamaño real, de tan grande como era. Y es que es un aparato que parece venido del futuro, en serio, como un robot.

Hasta se desmonta en multitud de piezas, todas ellas lavables, para que luego tú las recoloques a tu gusto y lo transformes en un bólido o en un cohete espacial (bueno, esto me lo estoy inventando). 

Su regalo ha sido una forma “sutil” de decirme que debo incorporar la fruta (y no vale el guacamole de los nachos) a mi dieta. Ellos se han convertido a la religión de los jugos de apio, zanahoria y manzana, y me han invitado a adherirme con un trasto tan vanguardista que hasta te evita la engorrosa pulpa de las naranjas.

Minion fruits

Les estoy muy agradecida, aunque ahora vivo bajo vigilancia vitamínica: “¿Ya te haces los zumos?” “¡Hay que tomarlos todos los días!” “¡No digas que desmontar y fregar te da pereza!” “Mira, hoy hemos probado una mezcla de mandarina, nectarina y uva que está buenísima!” 

O la última, cuando les pido que dejen de interrogarme: “¡La fruta es fuente de salud!” 

“¡Y vosotros de cansinismo!”, contesto yo. “¿Me veis cara de Fruiti?”

Pero, aún así, les estoy muy agradecida por tener en casa esa zumera que me permite cuidar de mi salud, fabricar cócteles y fardar de haberme comido tres naranjas, dos kiwis y una pera sin tener que ir corriendo al baño después. 🙂

Enredo sobre ruedas

Me hundo en el asiento del autobús después de media hora de espera. Apoyo los pies en el reposapiés.  Cierro los ojos mientras se pone en marcha. 

A mi lado, reposa mi mochila, embarazada de un portátil y de cinco libros de la biblioteca. Debajo de ella, otros tres libros, entre ellos la edición completa de las crónicas de Narnia, que debe de pesar 20 kilos (gramo arriba, gramo abajo). Encima, el bolso y el abrigo. 

Cruzo los dedos para que nadie se quiera sentar a mi lado, porque en ese caso los bultos pasarán de estar a mi vera a estar sobre mí y a enterrarme bajo su implacable peso literario. 

Me libro en la primera parada, apenas se ha subido gente y aún quedan un montón de sitios. Pero aún queda la estación principal, ahí la logística se va a complicar.

Ensayo mentalmente lo que le diré a quien quiera apoyar sus posaderas donde ahora anida mi equipaje: “perdona, pero es que llevo muchos trastos y pesan un quintal… ¿No podrías acogerte a las otras 10 opciones restantes?” O: “¡estoy incubando una gripe y acabo de estornudar donde tú piensas sentarte!” 

Llegamos a la estación de autobuses. Sube gente, manque poca. Pero luego empieza a subir más. De pronto, un chico se detiene en mi fila… ¿Es que ya no quedan huecos libres?

– Perdona, pero… -le digo, mirando mi arsenal.

– Lo siento, ¡te ha tocado! -dice, implacable.

“Vaya, me ha tocado con el borde de turno”, pienso. 

– Además -continúa él- podías haber colocado los libros en la balda superior. 

– Sí, es cierto. ¿Podrías subírmelos? -le contesto yo, con cara de inocente.

Él realiza ese ejercicio de halterofilia con las dichosas crónicas de Narnia y los otros dos tochos mientras yo me pregunto cómo he podido responderle con ese descaro.

Me ha salido solo, producto de la desesperación, porque ya me estaba imaginando con el autobús dando marcha atrás, nosotros aún de pie y yo intentando encajar los libros en un estante abarrotado, con el consiguiente riesgo de que se resbalaran e hirieran a alguien en la cabeza. 

Durante el viaje, mi compañero de asiento duerme con la conciencia tranquila. Yo miro el paisaje y dejo que mi fantasiosa mente divague. Me ha dado por imaginar que, si nuestra escena hubiera tenido lugar en la ficción, habría sido el principio de una comedia romántica de esas en las que los protagonistas se llevan a matar al principio pero luego se enamoran. Un “los que se pelean se desean” versión Hollywood, vaya. Se habría llamado “Enredo sobre ruedas”, o algo así de cutre. 

Claro está, que habría que haber cambiado el boscoso paisaje vasco por el Golden Gate, y ya puestos haber puesto a Bradley Cooper en el papel del chico. 

Cuando llegamos a nuestro destino, la ensoñación desaparece. Sin levantarme todavía, me pongo el abrigo, me cruzo el bolso y vigilo a mi “antagonista” por el rabillo del ojo. Se incorpora, coge sus cosas, se coloca la chaqueta, la bufanda… 

¡Un momento! ¿Por qué vuelve al estante? ¿Qué más le falta? 

– Toma, tus libros -dice, colocándolos con delicadeza en el asiento que ha quedado vacío. 

– ¡Muchísimas gracias! -respondo con timidez. 

“Si es que al final el tío borde era amable”, pienso, mientras salgo del vehículo abrazada a mis tomos y con las asas de la mochila destrozándome las cervicales. “Aunque más majo es el mozo que me ha llamado para venirme a buscar en coche. ¡Ese se habría ofrecido a subirme los libros sin yo pedírselo!” 😀

 

Acelera un poco más

Propósito del nuevo año: hacer ejercicio, desanquilosar ese cuerpo serrano, ¡ea!

Vuelvo a las taquillas. Me cambio de zapatillas y guardo el abrigo, la sudadera, el bolso yel frío de la calle.

– ¿Qué tal es la clase? Es el primer día que vengo.

– Bueno… Nosotras somos novatas, así que no nos enteramos de mucho. Nos solemos poner detrás.

– Vale, yo haré lo mismo.

Paso la canceladora del gimnasio, las hordas de gente que se desgañita en la máquina de correr, de hacer bici o de remar. Sudor en el ambiente.

Se abre la puerta automática de la sala de aeróbic. Un mejunje de mujeres en leggings y camiseta… ¿Por qué casi todas van de color fucsia? ¿Es esto un anuncio de cereales bajos en grasa y altos en fibra? 

Mierda, ¡si yo también voy del mismo color! Me lo acaba de chivar el espejo.

Cojo el step. Espero no escogorciarme, no sería la primera vez. La monitora anuncia que la clase comienza con una melodía retumbona. Chunta. ¿Va a ser así todo el rato? Miro hacia la salida con carita anhelante.

Bum, bum, bum, bum… ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba! Cuerpos rosas se mueven al unísono… Menos el mío y el de alguna más. Lo mío de hoy no es arritmia, es sacar un cero en la quiniela, que ya es difícil.

– No te agobies, esta coreografía se la saben del lunes.

No me agobio, solo flipo. De hecho, dejo de intentar seguir los pasos para adoptar la pose del pensador y tratar de descifrar por qué coj***s giran, hacen mambo, chachachá y triple salto con tirabuzón cuando hace dos minutos estábamos calentando. ¿Es que no han oído hablar de la zona de desarrollo próximo en el aprendizaje? A mí hoy me pillaba en Kuala Lumpur.

Al final decido mirar a la que tengo delante e inventarme el baile sobre la marcha… Una mezcla de aurresku y jotica. Mientras tanto, la monitora pide cuatro bises más con un chillido más propio de un Pikachu electrificado que de un ser humano.

Por increíble que parezca, la música inasequible al desaliento, la repetición de los movimientos y mi confusión generalizada han hecho que la hora vuele. Yo creo que con el ambiente que se respiraba el reloj de la sala se ha drogado y ha dicho eso de “acelera un poco más porque me quedo tonto y vamos muy lentos”…

¿Si volveré a ese infierno auditivo? No lo sé, pero de la experiencia, además de una sordera considerable, he sacado algo que contar, ¡y eso es lo importante!

 

Por un diente empezar debes

Desde hace bastante tiempo soy seguidora de Zen Habits, un blog sobre minimalismo, productividad y buenos hábitos creado por Leo Babauta, joven originario de Guam que pasó de ser una persona obesa, estresada, sedentaria y consumista a abandonar el lado oscuro de la fuerza y transformarse en una especie de Yoda vegano adicto a la meditación, el running, el contacto con la naturaleza y la seda dental.

Sí, como lo leéis: el autor destaca que entre sus costumbres pretéritas y nefastas estaba el prescindir de ese hilillo que, colocado entre diente y diente, desvela sin pudor toda la porquería bacteriológica que acumulamos tras cada comida.

Pero, ¿por qué coloca ese “pecado” sin importancia al mismo nivel que el de la pereza y la gula? Supongo que será porque por la boca muere el pez, ¡así que será mejor mimarla!

Si os están entrando ganas de incorporar el cuidado bucodental a vuestra vida, no os preocupéis, porque Zen Habits os trae la solución gracias al método kaizen, de origen japonés y de eficacia testada para adquirir o eliminar cualquier hábito (¡arigatou gozaimasu, pueblo nipón!).    

En palabras de Yoda, tendríais que seguir este mandamiento: “por un diente empezar debes, pues cada paso diminuto ha de ser”.

Nada de venirse arriba y aplicar el hilo sin contención a colmillos, premolares y paletas, ¡que al día siguiente vuestro cerebro se rebela! Sé que suena un poco ridículo, pero no lo es tanto si pensamos en la de veces que uno empieza a tope comiendo cinco piezas de fruta al día y madrugando para correr cinco kilómetros para luego jurar que no vuelve a pasar por una experiencia así.

Así que, lo dicho: ¡un pequeño paso pa’ tu diente, y un gran paso pa’ tu bienestar! 😉

Molicie

Como dirían los hipsters, la molicie “es bien”. Es un estado de blandura y abotargamiento que te pilla arrebujada en unas sábanas sobadas que llevan tanto tiempo tapándote que hasta te ha dejado marcas en la cara.

Cuando entreabres los ojillos, el reloj despertador te mira con números ingenuos desde la mesilla. “Son las once y cuarenta”, dice. “Tú sabrás cómo has llegado a asobinarte tanto”.

Supones que se deberá al trasnoche, o a tu naturaleza marmotil, pero todo eso te da un poco igual. Solo quieres seguir durmiendo. Tu cuerpo está anestesiado, sientes las piernas esponjosas como nubes de gominola y tu cerebro todavía está suspendido entre el sueño y la vigilia. 

Al final, si te arrastras fuera del cuadrilátero de Morfeo es porque la vejiga apremia, pero luego vuelves a él con un libro en la mano. ¡Qué mejor lugar para leer!

Así transcurren los minutos, hasta que pasado el mediodía te desplazas a una nueva superficie mullida: el sofá, de la que nadie te arrancará porque sobre tus piernas reposa una bandeja a modo de cinturón de seguridad. 

Para cuando llega la hora de comer, tú sigues con el té del desayuno (ya frío) en la mano, dos capítulos de “Monk” a las espaldas y sin hambre, pero con una sonrisa beatífica.

Hay sábados mañaneros que no hay mejor cosa que entregarse a la molicie moliciosa. 🙂