Summer has come

He salido a andar. Y, a la vuelta, me han entrado ganas de escribir. De bloguear. Es muy distinto, para mí, bloguear cuando surge este impulso que cuando forma parte de una rutina. Ambas cosas son válidas, pero esta forma tiene algo de impulsivo, de placer prohibido, como cuando te colocas el cojín sobre la almohada para leer un capítulo de un libro que te ha absorbido por completo, o como cuando te espanzurras en el sofá para devorar episodios de Netflix (¡ay, Netflix!). 

Pues esto es así. Surgen ganas de escribir explosivas, y voy sumando palabras como quien devora palomitas. Y todo tiene que ver con el haber salido a andar. De un mundo de oscuridad vespertina, que es lo que se siente dentro de casa cuando atardece, he salido a una ciudad… ¡En la que era verano! En mitad del invierno, el bocho nos ha regalado un remanso de 20 grados que no cuadraban nada, pero que ofrecían un contraste divertido, con el puesto de castañas y con la churrería, con la luz de las farolas, con los abrigos de la gente.

De pronto, un dos en el dígito de la decena, ¡y cómo cambia el chip! Mis pasos tenían más energía, más impulso, mientras paseaban al ritmo de lo que sonaba en la radio. Era como si la sangre volviera a circular por las venas, como si fuera una planta de interior que por fin está respirando aire puro. Todo mi cuerpo pedía verano, paseos, helados, tardes de bancos, de charlas, de horas despreocupadas, de excursiones, de baños, de viajes… 

Porque creo que, en esta época de ordenadores, libros, cafeterías, bibliotecas e invierno en la que vivo sumergida, se me había olvidado que la calle está para habitarla, que donde mejor se respiran los minutos es en el lugar donde uno pierde el sentido del tiempo.

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Las tribulaciones de Juanito

A Juanito siempre lo agobiaban cuestiones irrelevantes y en verdad eso era un rollo para su entorno porque les paralizaba el día. Por eso le decían que era un tiquismiquis, y cosas así. Por ejemplo, si Juanito veía una mancha en la camisa de alguien, ya de bebé, la señalaba y prorrumpía en lágrimas y tenían que llevárselo lejos de aquel incauto que había permitido mancillar la limpieza de su atuendo, eso o pedirle a esa persona que por favor se quitase la ropa, lo cual siempre suscitaba réplicas airadas.
Cuando a Juanito, algo más mayor, le compraban una palmera de chocolate y veía que no era totalmente simétrica, la tiraba al suelo, partiéndole el corazón asimétrico, y pedía otra hasta agotar las existencias de la tienda o la paciencia de la tendera, lo que ocurriera antes. Una vez casi lo atropellaron un motorista, una furgoneta, un camión y un carrito de bebé, cada uno de ellos proveniente de una dirección distinta, por pararse a comprobar indignado que las rayas del paso de cebra no eran del todo paralelas. “Sí, cielo, están torcidas”, le dijo su madre, pasado el susto; y “sí, iremos a donde los municipales a denunciarlo, tesoro”, añadió, “pero hijo, por tu vida, no vuelvas a detenerte en mitad de la carretera, que entonces el que va a terminar torcido eres tú. A Juanito le asustó tanto aquel augurio que de ahí en adelante siempre cruzó mirando a izquierda y derecha, pero nunca al suelo.
En su primer día de colegio, los curas alabaron la pulcritud del niño y lo emplearon como ejemplo para enmendar las almas de sus atravesados y traviesos compañeros. Pero estos, que además de traviesos eran aviesos, aprovecharon el recreo, esa fuente de descontrol y malicia infantil, para rociarle la cabeza de tinta y adornar su uniforme con proyectiles de cerbatana. Juanito regresó aquella tarde a casa y con gesto contrito dijo que no volvería a pisar un lugar donde reinaran el desorden, la entropía y la anarquía, y decidió no salir nunca más de casa.
A sus sacrificados padres no les quedó otro remedio que contratar a un profesor particular y despedirlo porque no era del gusto de su vástago. Al decimonoveno intento, por fin hallaron a un señor impoluto hecho a imagen y semejanza de Juanito. Eran el mismo ser, sólo que el más mayor lucía un tieso bigote y se hacía llamar Don Juan. Eran ambos dos señores que avanzaban despacito por los libros de aritmética, geometría y ortografía, porque las sumas debían tener una alineación militar, los círculos habían de estar trazados con absoluta maestría mediante el compás y la caligrafía ser perfectamente recta, mejor que en el ejemplo. ¡Y cómo lo disfrutaban! Aunque lo que más gustaba a ambos (y fue la actividad precursora de su académica amistad) fue corregir las erratas y faltas ortográficas de los textos con los que se topaban. Fue la primera vez que su madre vio feliz a su hijo Juanito, y no porque riera, ni sonriera, eso habría distorsionado la rectitud de su rictus, sin por sus “¡caramba!”, “¡albricias!” y “¡habráse visto!”, que denotaban su indignación ante el error ajeno. 

La paloma

 Hoy voy a presentaros a la paloma, ese animal sobrevalorado: ¿que el amor vuelve a quien lo toma gavilán o paloma? Si son las únicas opciones, prefiero no tomarlo, porque las palomas están plagadas de enfermedades, así que al final te mueres de forma asquerosa y prematura.

Y la cosa no acaba ahí, porque luego te reencarnas en Espíritu Santo y tienes que llevar en el pico ese pedazo de hierba y encima evitar mancharte, ya que tienes que ir de blanco impecable del que no peca.

Esto me ha recordado que también quería escribir sobre las palomas mensajeras. Muchas de ellas se deprimieron cuando la gente dejó de usarlas para enviar cartas de amor y órdenes de decapitación, y ahora vagan por las ciudades en busca de migas de pan que echarse al coleto y lunas de automóvil en las que estrellarse.

Otras, en cambio, dominan las nuevas tecnologías como nadie a base de espiar lo que hace la gente mientras les llenan los alféizares de mierda (con perdón). Ahora se comunican por Whatsapp, así que mucho cuidado si te agrega una tal Paloma (que me han dicho que es de goma)…

Este es un texto que escribí en el curso de verano “Del relato al microrrelato”, impartido por Mariasun Landa y Virginia Imaz dentro del programa de los cursos de verano de la Universidad del País Vasco. Está basado en este ejercicio de redacción, escrito por un joven alumno francés. La creatividad que derrochó fue tal que se conserva en el Museo Pedagógico de París. 🙂

Aste Nagusia

Hoy comienzan las fiestas de Bilbao. Como cada agosto, frescas y húmedas, sacudiendo los toldos y anunciando el final de las vacaciones, pero por suerte no lluviosas.

Hoy están en el balcón del Arriaga pregonero y chupinera, y un montón de gente debajo, miniaturas saltarinas deseosas de saltar, bailar y emborracharse al ritmo que marca Marijaia.

Hoy se estrena la Semana Grande, tanto que se merece esas dos mayúsculas, una por cada día adicional que nos brinda, porque los de Bilbao creemos que siete días de fiesta no alcanzan.

Hoy olerá a churros, a algodón de azúcar, a circo y a ilusión de niño en el Parque de Begoña, y a orines, kalimotxo y abrazo sudoroso en las txosnas del Arenal.

Hoy los toros sufrirán estocadas y muerte, porque todavía hay quien llama fiesta a ese espectáculo macabro.

Hoy habrá risas, reencuentros y palmadas en la espalda, brindis con pote y bocadillos manchados de purpurina.

Hoy reverberarán las voces al son de mil canciones, y cantarán “¡oooh!” al unísono cuando crepiten los fuegos.

 Hoy, como diría Ismael Serrano, es siempre todavía: todavía las fiestas, todavía el verano.

Que me quiten lo trasquilao

Despacito y con buena letra, dice el refrán. Mi letra, llena de bucles y rododendros, no hay quien la entienda. En mí prima, en ocasiones, el hacer las cosas “a lo me cago en diez”, como decimos en mi familia. No en lo académico o laboral, ahí me convierto en una persona sistemática y cuidadosa, aunque había que ver la guarrería de tachones con la que poblaba mis exámenes de matemáticas y mis redacciones de cualquier cosa hasta que a un alma caritativa se le ocurrió otorgarme el papel borrador. ¡Qué placer el de enmarranar y luego poder pasar a limpio!

Así actúo en otros aspectos de mi vida, por aburrimiento puro y duro. ¿Cortarme el pelo en la peluquería? Para qué. Mejor coger las tijeras de cocina y hacerlo a machetazos, sobre el lavabo, y luego, si acaso, decirle al estilista de turno que es que he perdido una apuesta y que suerte de que no me han rapado. Mis Barbies de la infancia están llenas de calvas y con el pelo todo crespo de los tratamientos capilares que les daba, no digo más. Y siempre les perdía un zapato, o alguna pieza de su equipamiento original.

Yo habría sufrido mucho antaño, cuando la gente no podía salirse de la raya y tenía esa caligrafía pulquérrima, todo primor. Mi abuelo materno, por ejemplo, profesaba esa religión caligráfica, hasta el punto de que se exasperaba si la gente envolvía mal los regalos, o si al hacer una multiplicación los números no estaban bien posicionados en el lugar exacto de los millares, las centenas, las decenas y las unidades. Ahora que lo pienso, podría haber sido un niño de San Ildefonso.

Pero ese “mecagoendiecismo” del que hablo, ese afán de emprender las acciones pero sufrir una pereza increíble a la hora de implementarlas (aunque los años me han aplacado un poco) también tiene su parte positiva: he encontrado maneras prácticas de saltarme pasos, atajos para evitar aburrirme tanto o hacer más rápido las actividades cansinas. ¿Y sabéis qué? Eso es creatividad, y que me quiten lo trasquilao.  

Nos hemos vuelto tontos

Esta semana me he dado cuenta de que lo nuestro como sociedad ya no tiene vuelta atrás. Nos hemos vuelto tontos, y es definitivo. Lo he constatado tras ver el anuncio del Bollycao® Zero. “Zero”, tócate el peluquín. Sin azúcares añadidos. Sanísimo, vaya. Perfecto para darle la merienda al nene o al prepúber y que esté a tope de energía futbolera (en estos anuncios, los niños casi siempre salen jugando al fútbol). Qué horror. 

Entro en la página web del producto para informarme, y me encuentro cómicos apartados en los que se subraya su alto contenido en hierro, así como el hecho de que es el único bollo que ostenta el dudoso honor de estar relleno de cacao. Aunque lo que en realidad me indigna es que en este tipo de anuncios siempre sea una madre, una madre joven y guapa, para más señas, la que provea a sus vástagos de alimento nutricional, manque procesado y envasado. 

¿Por qué nunca aparece un padre? ¿Por qué se da a entender que las “mamás”, como se autodenominan algunas mujeres memas ahora, han de estar en casa a la hora de la merienda, elegantemente vestidas y con la cocina impoluta ? ¿Qué seres retrógrados y misóginos realizan ese tipo de anuncios? Sigue habiendo un machismo apabullante en el mundo de la publicidad que promueve un modelo de familia en el que la mujer no tiene otra ambición que entregarse al cuidado de los hijos y del hogar al tiempo que quiere ser una mujer de hoy, arreglada pero informal, elegante pero discreta. 

Y lo que me preocupan no son los anuncios, que están hechos por personas que no tienen dos dedos de frente, sino el hecho de que haya féminas que quieran emular unos trasnochados modelos de perfección que, en lugar de disminuir, aumentan por culpa de redes como Youtube o Instagram, plagadas de pánfilas obsesionadas con mostrar cómo decoran su casa, qué outfit (válgame Dios) han elegido para ir al súper o qué consejillos dan a sus seguidoras para que la crianza de sus retoños sea un mar de sonrisas sin lágrimas.

¿Zero, decía el anuncio? Cero neuronas, diría yo. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza… 

Toma mucha fruta, mucha fruta fresca

Siento haber aludido a Bom Bom Chip. Es que los Reyes Magos me han traído una zumera. 

Sí, zumera, máquina de hacer zumos. No confundir con “zumbera” (bailarina de Zumba) o con “rumbera” (Melody).

La zumera ha sido regalo de padres, que me quieren bien. Cuando vi el paquete rectangular pensé que era una muñeca tamaño real, de tan grande como era. Y es que es un aparato que parece venido del futuro, en serio, como un robot.

Hasta se desmonta en multitud de piezas, todas ellas lavables, para que luego tú las recoloques a tu gusto y lo transformes en un bólido o en un cohete espacial (bueno, esto me lo estoy inventando). 

Su regalo ha sido una forma “sutil” de decirme que debo incorporar la fruta (y no vale el guacamole de los nachos) a mi dieta. Ellos se han convertido a la religión de los jugos de apio, zanahoria y manzana, y me han invitado a adherirme con un trasto tan vanguardista que hasta te evita la engorrosa pulpa de las naranjas.

Minion fruits

Les estoy muy agradecida, aunque ahora vivo bajo vigilancia vitamínica: “¿Ya te haces los zumos?” “¡Hay que tomarlos todos los días!” “¡No digas que desmontar y fregar te da pereza!” “Mira, hoy hemos probado una mezcla de mandarina, nectarina y uva que está buenísima!” 

O la última, cuando les pido que dejen de interrogarme: “¡La fruta es fuente de salud!” 

“¡Y vosotros de cansinismo!”, contesto yo. “¿Me veis cara de Fruiti?”

Pero, aún así, les estoy muy agradecida por tener en casa esa zumera que me permite cuidar de mi salud, fabricar cócteles y fardar de haberme comido tres naranjas, dos kiwis y una pera sin tener que ir corriendo al baño después. 🙂

Enredo sobre ruedas

Me hundo en el asiento del autobús después de media hora de espera. Apoyo los pies en el reposapiés.  Cierro los ojos mientras se pone en marcha. 

A mi lado, reposa mi mochila, embarazada de un portátil y de cinco libros de la biblioteca. Debajo de ella, otros tres libros, entre ellos la edición completa de las crónicas de Narnia, que debe de pesar 20 kilos (gramo arriba, gramo abajo). Encima, el bolso y el abrigo. 

Cruzo los dedos para que nadie se quiera sentar a mi lado, porque en ese caso los bultos pasarán de estar a mi vera a estar sobre mí y a enterrarme bajo su implacable peso literario. 

Me libro en la primera parada, apenas se ha subido gente y aún quedan un montón de sitios. Pero aún queda la estación principal, ahí la logística se va a complicar.

Ensayo mentalmente lo que le diré a quien quiera apoyar sus posaderas donde ahora anida mi equipaje: “perdona, pero es que llevo muchos trastos y pesan un quintal… ¿No podrías acogerte a las otras 10 opciones restantes?” O: “¡estoy incubando una gripe y acabo de estornudar donde tú piensas sentarte!” 

Llegamos a la estación de autobuses. Sube gente, manque poca. Pero luego empieza a subir más. De pronto, un chico se detiene en mi fila… ¿Es que ya no quedan huecos libres?

– Perdona, pero… -le digo, mirando mi arsenal.

– Lo siento, ¡te ha tocado! -dice, implacable.

“Vaya, me ha tocado con el borde de turno”, pienso. 

– Además -continúa él- podías haber colocado los libros en la balda superior. 

– Sí, es cierto. ¿Podrías subírmelos? -le contesto yo, con cara de inocente.

Él realiza ese ejercicio de halterofilia con las dichosas crónicas de Narnia y los otros dos tochos mientras yo me pregunto cómo he podido responderle con ese descaro.

Me ha salido solo, producto de la desesperación, porque ya me estaba imaginando con el autobús dando marcha atrás, nosotros aún de pie y yo intentando encajar los libros en un estante abarrotado, con el consiguiente riesgo de que se resbalaran e hirieran a alguien en la cabeza. 

Durante el viaje, mi compañero de asiento duerme con la conciencia tranquila. Yo miro el paisaje y dejo que mi fantasiosa mente divague. Me ha dado por imaginar que, si nuestra escena hubiera tenido lugar en la ficción, habría sido el principio de una comedia romántica de esas en las que los protagonistas se llevan a matar al principio pero luego se enamoran. Un “los que se pelean se desean” versión Hollywood, vaya. Se habría llamado “Enredo sobre ruedas”, o algo así de cutre. 

Claro está, que habría que haber cambiado el boscoso paisaje vasco por el Golden Gate, y ya puestos haber puesto a Bradley Cooper en el papel del chico. 

Cuando llegamos a nuestro destino, la ensoñación desaparece. Sin levantarme todavía, me pongo el abrigo, me cruzo el bolso y vigilo a mi “antagonista” por el rabillo del ojo. Se incorpora, coge sus cosas, se coloca la chaqueta, la bufanda… 

¡Un momento! ¿Por qué vuelve al estante? ¿Qué más le falta? 

– Toma, tus libros -dice, colocándolos con delicadeza en el asiento que ha quedado vacío. 

– ¡Muchísimas gracias! -respondo con timidez. 

“Si es que al final el tío borde era amable”, pienso, mientras salgo del vehículo abrazada a mis tomos y con las asas de la mochila destrozándome las cervicales. “Aunque más majo es el mozo que me ha llamado para venirme a buscar en coche. ¡Ese se habría ofrecido a subirme los libros sin yo pedírselo!” 😀

 

Acelera un poco más

Propósito del nuevo año: hacer ejercicio, desanquilosar ese cuerpo serrano, ¡ea!

Vuelvo a las taquillas. Me cambio de zapatillas y guardo el abrigo, la sudadera, el bolso yel frío de la calle.

– ¿Qué tal es la clase? Es el primer día que vengo.

– Bueno… Nosotras somos novatas, así que no nos enteramos de mucho. Nos solemos poner detrás.

– Vale, yo haré lo mismo.

Paso la canceladora del gimnasio, las hordas de gente que se desgañita en la máquina de correr, de hacer bici o de remar. Sudor en el ambiente.

Se abre la puerta automática de la sala de aeróbic. Un mejunje de mujeres en leggings y camiseta… ¿Por qué casi todas van de color fucsia? ¿Es esto un anuncio de cereales bajos en grasa y altos en fibra? 

Mierda, ¡si yo también voy del mismo color! Me lo acaba de chivar el espejo.

Cojo el step. Espero no escogorciarme, no sería la primera vez. La monitora anuncia que la clase comienza con una melodía retumbona. Chunta. ¿Va a ser así todo el rato? Miro hacia la salida con carita anhelante.

Bum, bum, bum, bum… ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba! Cuerpos rosas se mueven al unísono… Menos el mío y el de alguna más. Lo mío de hoy no es arritmia, es sacar un cero en la quiniela, que ya es difícil.

– No te agobies, esta coreografía se la saben del lunes.

No me agobio, solo flipo. De hecho, dejo de intentar seguir los pasos para adoptar la pose del pensador y tratar de descifrar por qué coj***s giran, hacen mambo, chachachá y triple salto con tirabuzón cuando hace dos minutos estábamos calentando. ¿Es que no han oído hablar de la zona de desarrollo próximo en el aprendizaje? A mí hoy me pillaba en Kuala Lumpur.

Al final decido mirar a la que tengo delante e inventarme el baile sobre la marcha… Una mezcla de aurresku y jotica. Mientras tanto, la monitora pide cuatro bises más con un chillido más propio de un Pikachu electrificado que de un ser humano.

Por increíble que parezca, la música inasequible al desaliento, la repetición de los movimientos y mi confusión generalizada han hecho que la hora vuele. Yo creo que con el ambiente que se respiraba el reloj de la sala se ha drogado y ha dicho eso de “acelera un poco más porque me quedo tonto y vamos muy lentos”…

¿Si volveré a ese infierno auditivo? No lo sé, pero de la experiencia, además de una sordera considerable, he sacado algo que contar, ¡y eso es lo importante!