Toma mucha fruta, mucha fruta fresca

Siento haber aludido a Bom Bom Chip. Es que los Reyes Magos me han traído una zumera. 

Sí, zumera, máquina de hacer zumos. No confundir con “zumbera” (bailarina de Zumba) o con “rumbera” (Melody).

La zumera ha sido regalo de padres, que me quieren bien. Cuando vi el paquete rectangular pensé que era una muñeca tamaño real, de tan grande como era. Y es que es un aparato que parece venido del futuro, en serio, como un robot.

Hasta se desmonta en multitud de piezas, todas ellas lavables, para que luego tú las recoloques a tu gusto y lo transformes en un bólido o en un cohete espacial (bueno, esto me lo estoy inventando). 

Su regalo ha sido una forma “sutil” de decirme que debo incorporar la fruta (y no vale el guacamole de los nachos) a mi dieta. Ellos se han convertido a la religión de los jugos de apio, zanahoria y manzana, y me han invitado a adherirme con un trasto tan vanguardista que hasta te evita la engorrosa pulpa de las naranjas.

Minion fruits

Les estoy muy agradecida, aunque ahora vivo bajo vigilancia vitamínica: “¿Ya te haces los zumos?” “¡Hay que tomarlos todos los días!” “¡No digas que desmontar y fregar te da pereza!” “Mira, hoy hemos probado una mezcla de mandarina, nectarina y uva que está buenísima!” 

O la última, cuando les pido que dejen de interrogarme: “¡La fruta es fuente de salud!” 

“¡Y vosotros de cansinismo!”, contesto yo. “¿Me veis cara de Fruiti?”

Pero, aún así, les estoy muy agradecida por tener en casa esa zumera que me permite cuidar de mi salud, fabricar cócteles y fardar de haberme comido tres naranjas, dos kiwis y una pera sin tener que ir corriendo al baño después. 🙂

La prueba del algodón

Hasta hace poco, los platos estrella de todo hogar eran las croquetas, las albóndigas, la paella, la tortilla, las empanadillas (de Móstoles) y, por supuesto, las ensaladas.

Socorridas, frescas, coloridas y con lechuga de verdad, servían lo mismo para un picnic que para una cena tardía, para una persona que para un regimiento. Si no querías complicarte mucho, bastaba colocar lechuga y tomate en un cuenco, bonito y aceitunas a lo sumo, aliñar y revolver. Si deseabas un aporte proteico adicional, no tenías más que cocer un huevo.

Qué fácil era todo entonces.

Luego vino la nueva cocina (o comida viejuna del futuro, como diría El Comidista), que llevó a las jóvenes generaciones a desdeñar la sabiduría heredada de madres y abuelas y a abrazar los ingredientes gourmet, esos que tan bien maridan con los filtros de Instagram.

Primero hizo entrada en nuestras vidas el queso de cabra (a veces gratinado), acompañado de canónigos, tomatitos cherry y mozzarella. Hasta ese momento estaba todo controlado

Luego ya comenzó el desmadre. Las ensaladas empezaron a aceptar la entrada del foie y el jamón de pato, de las nueces y de los dátiles. Cual “seguratas” sin criterio, hasta invitamos al pulpo a la fiesta para que hiciera las veces de animal de compañía.  

El mango y el aguacate, acostumbrados a la promiscuidad de las macedonias, no tardaron en unirse a la orgía. La cosa había llegado a un nivel de experimentación tal que cualquier alimento se consideraba “ensaladable” (término que me acabo de sacar de la manga).

¡Nada más sano que una ensalada de bistec, de panceta o de ruedas de bicicleta!

Y aún así, cuando te topas con la ensalada primigenia, de lechuga de la huerta, tomates de verdad, sabroso atún y huevos de yema sonrosada bañados en refrescante aliño, te dan ganas de agarrar la hogaza de pan y rebañar como si no hubiera un mañana.

Esa es la prueba del algodón.