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Perseidas

– Dile al recepcionista a ver si podemos verlas, ¡dile, dile!

Colorido Cerezo me estaba poniendo en un aprieto, y el apuro me provocó tal ataque de risa que no pude hablar durante lo que me pareció una eternidad, mientras Novio y el chico del hotel nos miraban de hito en hito.

– Que me pregunta a ver si podemos ver las Perseidas. Le estoy intentando comentar que sí, que no nos tiene que dar nadie permiso –dije al fin.

– ¡Por supuesto! –contestó el de la recepción– Era esta noche, ¿no?

– Sí, eso hemos leído.

Acto seguido, Colorido Cerezo, Novio y yo subimos a nuestras respectivas habitaciones colindantes. La noche prometía, porque las nubes se habían quedado fuera de las montañas y el cielo aparecía prendido de lentejuelas.

Novio y yo nos sentamos cada uno en una silla de la terraza, con el cuello estirado cual lobos que le aúllan a la Luna, y aguardamos. De fondo, cantaban los grillos. Yo me recordé a mí misma que había que echarle paciencia a la espera pese a la molestia cervical, que podían pasar dos minutos o una hora, que debía olvidarme de mis ganas de ver pasar el trozo de asteroide y disfrutar del panorama galáctico.

Entonces, ocurrió. Era la primera vez que veía una estrella fugaz, y me hizo comprender a qué debía su nombre. Tras la fugacidad del instante vino la calma, pero un rato después apareció otra. Y otra. Y otra más. ¿Dónde andaba Colorido Cerezo, que se lo estaba perdiendo todo?

Al cabo de media hora estrellada, con un montón de deseos lanzados al firmamento, nos fuimos a la cama. Justo en ese momento, oímos unas pisadas en la terraza de al lado, y un gritito de sorpresa al ver el milagro de aquellos meteoros que teñían la oscuridad de luz. Ya podía dormir tranquila.

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La felicidad en un poco de aceite

Durante nuestra estancia en el sur de la Península, disfrutamos de la compañía de mi querida amiga Cerezo Colorido (su nombre significa eso en japonés), a quien teníamos ganas de enseñar nuevos rincones de España que ampliaran su repertorio paisajístico, hasta hace poco limitado a nuestra noble villa y sus pueblos costeros.

Ella no se hizo de rogar, aunque su motivación no eran los paisajes, sino la gastronomía. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, buscaba la satisfacción de un buen cocido, da igual que fuera a 35 grados a la sombra, del pescaíto frito o de unos calamares rebozados que regaba con limón.

Por si esto fuera poco, descubrió el embrujo del tinto de verano y su correspondiente tapa, palabra bisílaba que repetía cual mantra en cada taberna o terracita.

Los camareros hacían lo posible por suplir sus ansias de picoteo y nos enseñaban pizarras donde desfilaban en fila india los boquerones, la fritaílla, las albóndigas en salsa o los pinchos morunos al tiempo que, solícitos, nos colocaban una cesta de pan en la mesa.

Ingenuos. Esa era el momento en el que se activaba la palabra mágica: aceite. La nipona no iba a consentir mordisquear las rebanadas sin su correspondiente aderezo oleoso.

Una de aquellas veces, al escuchar su petición, le propusieron tostarle un poco el pan. “Ay, si bastara un poco de aceite para ser feliz…”, iba diciendo el barman, camino de la tostadora.

Y yo, entonces, mirando los ojos de mi amiga, fruncidos de puro placer ante la perspectiva del unte y el rebañe, me di cuenta de que a aquella frase le sobraba el subjuntivo: en un poco de aceite (de oliva virgen, eso sí) podía concentrarse la felicidad más pura.