La conga

Estábamos reconcentradas siguiendo la coreografía a ritmo de cumbia, cuando de pronto la profesora de baile dijo: “¡Congaaaaaa!”

Y entonces, tras un momento de estupor, las cuatro filas llenas de espacios infranqueables se desmoronaron y pudimos correr por toda la sala, buscando una cintura a la que aferrarnos, formando un círculo de carcajadas sorprendidas, una fiesta improvisada capaz de desarmar al lunes más agorero.

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Lo que me sale de las tripas

En la clase de lindy hop de hoy, una de nuestras dos profesoras ha hecho mucho hincapié en la importancia de que aceptemos la improvisación en la pista de baile. No importa que un paso determinado no salga como ella lo ha indicado: si resulta que has girado tú en vez de girar a tu partenaire y el sucedáneo ha quedado bonito, ¡bienvenido sea! Eso ha salido de las tripas, sin pensar, y te puedes poner una medalla por haber salvado un giro de forma tan original.

Es cierto que, en lugar de confiar en nuestra intuición, tendemos a ser muy cerebrales y metódicos cuando estamos aprendiendo cualquier disciplina. Sin embargo, a veces es conveniente ceder la batuta a ese componente visceral al que le gusta dejarse llevar por la música en lugar de contar los pasos de ocho en ocho.

improvisation  

En otros ámbitos ocurre lo mismo. Cuando estás aprendiendo a conducir tienes que pensar en las marchas, en la posición del volante, en vigilar los espejos… Después, estos procesos se vuelven mecánicos. Lo mismo pasa cuando aprendes a tocar un instrumento o cuando das los primeros pasos en el conocimiento de un idioma. 

Para automatizar la técnica, lo importante es practicar jugando. Repetir los pasos fundamentales en casa, darles nuestro toque personal, hacer el tonto hasta que ya nos salgan como el respirar. Este es el segundo consejo que nos ha dado nuestra profesora hoy (aparte de lindy hop he aprendido filosofía). Estoy de acuerdo en que de esta forma se avanza mucho y, además, doy fe de que te lo pasas de lo lindo haciendo el mono por casa. 😀 

En conclusión, te recomiendo obedecer más a tus rugientes tripas y disfrutar del proceso de aprendizaje, porque no hay mejor sensación que “tener algo dominao” y poder improvisar bien a gusto, ya sea escribiendo, cocinando, hablando chino o marcándote una jota.

Hopper grasshopper

Llevo un par de semanas girando cual peonza rotatoria y pasando de un chico a otro a ritmo de swing. No, no me he vuelto una promiscua. ¡Me he apuntando a lindy hop, uno de los propósitos bailongos de los que ya te hablé en su día!

Todo empezó hace un par de sábados. Mi amiga Jota -es su inicial, no confundir con la modalidad danzarina- y yo decidimos inscribirnos en la academia de baile después del rapto de entusiasmo que nos provocó la master class “lindyhoppera” a la que asistimos una lejana noche de sábado en un bohemio local bilbaíno. 

Lindy Hop

Tuvo mérito que diéramos el paso, porque la semana que hicimos la matrícula hacía un frío del copón y encima caían copos, o granizo, o chuzos de punta.

Tres días después de realizar la matrícula, llegó la hora de la verdad: ahí estábamos, las novatas de la clase de iniciación, junto a un elenco variopinto de chicos, chicas, señores y señoras de entre 25 y 60 años.

Como se trata de un estilo que se baila de dos en dos, pensé que todos ellos estaban emparejados y que las parejas serían “para toda la vida”, como en los votos matrimoniales, pero pronto salí de mi error: Jota y yo acometimos juntas la primera canción, pero al grito de “¡caaaambio de chica!” salí disparada en dirección a los brazos de un amable desconocido. Luego me tocó bailar con la profesora, después con un señor calvo, luego con un chaval extranjero… Y así hasta volver a la posición donde me esperaba Jota, que estaba haciendo las veces de “chico” a falta de suficientes representantes del género masculino. 

La verdad es que para mí, que soy bastante pudorosa y timidilla, eso de dar vueltas al son de la música de la mano de extraños me ha hecho perder todo atisbo de vergüenza, ¡y no solo eso!: me ha llevado a darme cuenta de que algunos de mis partenaires son tanto o más vergonzosos que yo, que en seguida cojo confianza y me pongo a entablar conversación con ellos en cuanto la coreografía llega a su fin. 😀

Don’t be “moñas”, it’s Monday!!!

Ayer la radio me despertaba a las 6:30 con la voz de Ismael Serrano, que balaba así: Últimamente ando algo perdiiiiidoooo...

Y  yo le contestaba, con la mente rebozada en sueños: pues yo ando de un dormiiiiidooooo, ¡que no te haces idea! 

Y él seguía: me han vencido viejos fantasmas, nuevas rutinas… 

¿Ah, sí? Pues a mí me está venciendo la almohada, y la rutina de hacer zumba a horas intempestivas me está cabreando, rebatía yo para, acto seguido, girar sobre mí misma y dejarme arrullar por Morfeo.

A las siete ya no pude remolonear más. Tenía que hacer la bolsa de deporte, desayunar y dirigirme a la clase de baile. Ninguna de esas tres actividades me apetecía un carajo. Mi desmotivación era tal que mi niña interior -a la que llamaremos Ira– empezó a rebullirse angustiada: ¡No quiero ir! ¡Mejor sigo durmiendo! ¿Por qué te apuntaste? ¡NO QUIEROOOOO!

La Iraide adulta intentó aplicar el pensamiento positivo en ella: ¡Ánimo, bonita! ¡Ponle una sonrisa a tu lunes! Si te encanta menearte al ritmo de la música: ¡Maaaambo, cha-cha-chá, esta cumbia es genial! 

Ira me respondió airada, valga la redundancia: DON’T BE “MOÑAS”, IT’S MONDAY!!!

Tuve que darle la razón. En aquel momento, danzar al son de la música del Caribe era lo último en mi lista. Mi cartilla del sueño tenía saldo negativo, sentía nostalgia del fin de semana y solo me apetecía jurar en arameo e increpar. Sonreírle a una mañana de lunes era sadismo a lo Mr. Wonderful:

¿Temerme? ¿Con estas ojeras y estos pelos a la virulé?

¿Temerme? ¿Con estas ojeras y estos pelos a la virulé?

Por suerte, llegamos al justo medio de la resignación: Si vas al gimnasio es porque necesitas hacer ejercicio, y bailar sigue siendo mejor que hacer spinning, ¿a que sí? Con ganas o sin ellas, ¡no te quedan más eggs que ir! 

Y, la verdad, con esa conclusión huevera las dos partes enfrentadas se reconciliaron y una hora más tarde me encontraba pegando botes al son de Pitbull.

Eso sí, nunca dejaré de tenerles ojeriza a los ojerosos lunes. 🙂

Bolsón abierto, bolsón cerrado

Me gustan los bolsos grandes. Son abullonados, llenos de bolsillos, de recovecos donde encontrar el billete perdido de cinco euros o las entradas de cine de aquella peli que tanto te gustó.

En mi caso, también suelen acumular trozos de galleta Oreo, un sobre de silica gel (¡puaj!), un lápiz y varios panfletos de los que reparten por la calle (o de los que yo cojo en ventanillas de información).

En un bolso así, todo cae desordenado, como Alicia cuando bajó por la madriguera del conejo. No te queda otra que asomarte a su negrura y empezar a revolver para encontrar lo que buscas, ya sea un guante, un paraguas o una lámpara (Mary Poppins encontró una en su día).

mary-poppins-bag

A veces, para ahorrar energía, lo saco todo y voy descartando las botellas de agua que llevan demasiados días macerándose, las revistas que todavía no he leído o los libros, mis eternos acompañantes, que convierten el bolso en un mamotreto que me hace andar con giba.

Con respecto a los bolsos pequeños, me opongo. Solo me gustan para bodas y fiestas de rancio abolengo. En ellos caben tan pocas cosas que me entra el síndrome de la isla desierta: “¿Qué descartarías? ¿Las llaves, el móvil, el dinero, los Kleenex, o el libro?” Al final, esto último lo llevo en la mano, para hacer músculo. Además, por muy minúsculo que sea un bolso de fiesta no puedes bailar bien con él: siempre rebota desacompasado y te va generando hematomas en el costado. 

Así que, ande o no ande, yo me quedo con mi bolso grande. Eso sí, a ver si ponen más consignas en bares, librerías y bibliotecas para una mayor sensación de libertad y esparcimiento. 

P.D.: El nombre Frodo Bolsón es una contradicción. Dado su tamaño, debería llamarse Frodo Bolsillo. 

Propósitos bailongos

Este año he querido ser diferente. Más torneada. Más ligera. Más esbelta.
¡He querido ser una Barbie deportista y hacer ejercicio por fin!

Después de sufrir los achaques de una rutina frente al ordenador, y entender a la perfección aquello de “tengo los miembros desencajados y el fémur tengo muy dislocado”, he decidido que tanta contractura no era sana para un cuerpo de 26 años.

“¿Cómo estaré cuando cumpla 62?”, pensaba con vehemencia mientras mis huesos y tendones rechinaban como bisagras. “Crujiente y ondulada cual patata”, era la respuesta inmediata. 

Por eso, hace un mes me propuse ir a nadar, aunque la copla no duró mucho. Para ir a la piscina hacen falta el bañador, el gorro, las gafas y demás parafernalia, amén de ganas de salir del agua y devolver todo ese mejunje empapado a la mochila. 

Lo siguiente fue apuntarme clases de zumba, que ahora está muy de moda. Voy allí antes del amanecer, cuando la luna se espeja sobre la ciudad y vierte su brillo plateado sobre los paseantes, que, como yo, le lanzan improperios y reclaman la salida del sol a unas horas algo más tempranas. 

Por suerte, lo de bailar me gusta. Es la única forma que he encontrado de hacer deporte sin bufar. La música me aviva el espíritu, y tener que seguir una coreografía me distrae de pensamientos agoreros.

Por esta razón, no entiendo a quienes practican el running, que parece que mola más que decir footing o, simplemente, ir a correr. ¿Qué disfrute les proporciona sentir el aire frío cortando sus fosas nasales mientras sus piernas golpean el suelo una y otra vez en monótono ostinato? 

Lindy-Hop_02-06-14-02-49-12Ahora, mi cabeza en centrifugado perpetuo tiene otra modalidad danzarina en mente: se llama lindy hop y se baila a ritmo de swing. Es una música que me encanta, así que no descarto apuntarme a clases y contarte la experiencia bailonga. 😉

En una futura entrada, también te explicaré cómo una persona nada deportista como yo ha logrado asistir a zumba a intempestivas horas matutinas. Te prometo que no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad. Se trata de una forma de obligarme mucho más mundana, ¡pero mil veces más eficaz!