La prueba del algodón

Hasta hace poco, los platos estrella de todo hogar eran las croquetas, las albóndigas, la paella, la tortilla, las empanadillas (de Móstoles) y, por supuesto, las ensaladas.

Socorridas, frescas, coloridas y con lechuga de verdad, servían lo mismo para un picnic que para una cena tardía, para una persona que para un regimiento. Si no querías complicarte mucho, bastaba colocar lechuga y tomate en un cuenco, bonito y aceitunas a lo sumo, aliñar y revolver. Si deseabas un aporte proteico adicional, no tenías más que cocer un huevo.

Qué fácil era todo entonces.

Luego vino la nueva cocina (o comida viejuna del futuro, como diría El Comidista), que llevó a las jóvenes generaciones a desdeñar la sabiduría heredada de madres y abuelas y a abrazar los ingredientes gourmet, esos que tan bien maridan con los filtros de Instagram.

Primero hizo entrada en nuestras vidas el queso de cabra (a veces gratinado), acompañado de canónigos, tomatitos cherry y mozzarella. Hasta ese momento estaba todo controlado

Luego ya comenzó el desmadre. Las ensaladas empezaron a aceptar la entrada del foie y el jamón de pato, de las nueces y de los dátiles. Cual “seguratas” sin criterio, hasta invitamos al pulpo a la fiesta para que hiciera las veces de animal de compañía.  

El mango y el aguacate, acostumbrados a la promiscuidad de las macedonias, no tardaron en unirse a la orgía. La cosa había llegado a un nivel de experimentación tal que cualquier alimento se consideraba “ensaladable” (término que me acabo de sacar de la manga).

¡Nada más sano que una ensalada de bistec, de panceta o de ruedas de bicicleta!

Y aún así, cuando te topas con la ensalada primigenia, de lechuga de la huerta, tomates de verdad, sabroso atún y huevos de yema sonrosada bañados en refrescante aliño, te dan ganas de agarrar la hogaza de pan y rebañar como si no hubiera un mañana.

Esa es la prueba del algodón. 

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Carta a un gorrión

Querido gorrión:

Gracias por acercarte a este banco, aunque sea por el interés. No lo niegues, me lo ha chivado un pajarito, y no me refiero a tu compadre Twitter. Sé que tienes hambre. Ya somos dos. Abres tu piquito de oro y dejas salir esa lengua diminuta y triangular que tanta gracia me hace mientras ahuecas tu plumaje parduzco y blanco.

Tienes ojillos de listo y no paras de piar o quizá de hacer gárgaras previas al banquete. Me parece bien, aunque te advierto de que deberías ponerte elegante para la ocasión, porque dicen que este es el mejor sándwich de la ciudad. 

Yo, que venía a este rincón a meditar sobre mis cosas, y aquí me ves, intentando rascar un trozo de miga que no lleve salsa picante. No quiero que te entre ardor, pero nos lo han puesto difícil, gorrión. Veo que devoras el manjar con fruición, pero pronto pides más y ya te estás tomando ciertas licencias. ¡Mantén las formas, criatura!

Tengo miedo de que termines encima de mi hombro, o picando directamente de mi comida, pero de momento solo gorjeas contento. Vuelvo a darte un trozo, esta vez un pedazo de miga que cae al suelo. Te quedas en el banco, meneando la cabeza con disgusto, y tengo que señalarte el camino con el índice, aunque no estoy del todo segura de si sabes seguirlo.

Pero tú eres muy listo y desciendes en picado hacia abajo. Apuras la comida, y vuelves al banco. Tú y yo nos vamos a hacer amigos, lo estoy viendo, pero déjame pegar dos bocados ininterrumpidos, que con esa mirada oblicua no me estás dejando disfrutar tranquila de mi almuerzo y del sol que cae sobre esta plaza. ¿Has visto la de gente que hay aquí reunida? Nos encanta el buen tiempo, como a tus conciudadanos alados, esos que están venga a discutir en las ramas del árbol. 

Vaya, al hacerte el vacío has decidido volar hacia ellos, pero pronto vuelves, o quizá sea tu primo el del pueblo, porque soy incapaz de distinguiros y este parece más osado, no está respetando la distancia de seguridad y amenaza con piarme en la oreja si no obedezco sus órdenes. 

Decido irme, masticar los últimos cachos de sándwich de camino a casa. La campanas ya han marcado los tres cuartos, es hora de reanudar el trabajo. Atrás queda la pausa de mediodía, el sol que calienta los ánimos y tú, un pajarillo que me ha devuelto a la tierra.