Reflexiones, Vida cotidiana

Cartas

Hoy he pensado en la correspondencia. En lo que se escribía antes, y en la riqueza de sentimientos e impresiones que se transmitían. En la forma en que la gente trataba de plasmar sus sentimientos sobre el papel, en lo jugoso del contenido que sus familiares y amigos saboreaban después con delectación.

Y he sentido un poco de pena, porque la comunicación escrita actual no permite esa cercanía, esa tranquilidad a la hora de manifestar nuestro afecto por los demás, de conversar amarrados a nuestro bolígrafo.

Ahora, mediante los wasaps, el Facebook y el Twitter nos quedamos en lo superficial. Si acaso el correo electrónico podría llegar a suplir el desahogo verbal de la carta, pero en la práctica escribimos deprisa, llenamos la pantalla de exclamaciones y pasamos de un tema a otro de manera fragmentaria porque sentimos que el texto nos está quedando demasiado largo, que después va a ser «un plomo» para nuestro interlocutor.

De esta forma, solo nos queda juntarnos y charlar, pero no todo el mundo es igual de hábil en las distancias cortas, no es tan sencillo conversar sobre lo que pasa por nuestra cabeza sin sonrojarnos, sin ser interrumpidos por otra persona o sin ser arrastrados por la velocidad del intercambio de palabras.

Se está perdiendo la carta, y dan ganas de recuperarla, incluso con los más cercanos. De encontrarla agazapada en el buzón, a la espera de que extendamos la mano y la rescatemos del olvido.

Relato breve

El tanatófono

Don José llevaba diez años criando malvas cuando un ruido lo despertó de su letargo.

–¡Por todos los santos! ¿Qué es este sonido que perturba mi descanso eterno? –bramó dentro del ataúd.

–Son las dichosas obras –contestó la señora Águeda desde la tumba vecina–, van a colocar una red de teléfonos, o algo así.

–¿En el cementerio? –respondió José–. Pues de mucho les va a servir, con este silencio sepulcral.

No tardaron en descubrir de qué se trataba todo aquello. Estaban instalando unos modernísimos aparatos para que los vivos pudieran hablar con los muertos. Tanatófonos, los llamaban.

dead-phone

Para su desgracia, don José fue el primero en probarlos. Doña Eulalia, su viuda, llevaba dos horas esperando a que abrieran las puertas del camposanto para poder hablar con él:

–¡Pepe, cariño! ¿Me oyes bien? –gritó la mujer.

–¡Eulalia, no hace falta que me chilles! ¡Estoy muerto, no sordo!

–Pues lo parece, con lo que has tardado en contestar. ¡Encima de que te he traído flores por tu aniversario!

–¿Aniversario? ¿Tanto tiempo ha pasado desde que me morí?

–Una década llevas ahí tumbao, ¡so vago! Aunque tampoco es que hicieras mucho cuando vivías, todo el día en el bar, o ligándote al pendón desorejado de Petra.

–Oye, Eulalia, ¡yo para reproches no estoy!

–Veo que no has cambiado, Pepe. Y pensar que en tu funeral te puse por las nubes, ¡en fin! Vaya pérdida de tiempo, el que pasé a tu lado.

–Pues yo no volvería contigo ni muerto.

–¿Qué has dicho?

–Nada, que te oigo fatal. Debe de ser la cobertura.

–¿Qué dices de que no me oyes? ¡Peeeepeee…! ¡Joder con el chisme este de mierda, lo he perdido! Menuda la reclamación que les voy a poner.

Doña Eulalia volvió muchas veces a la tumba de su difunto marido, pero, por muchas reclamaciones que puso, don José siempre comunicaba. “Este no me quiere responder, este se hace el sueco”, pensaba ella. “Pero ya verá, ya, cuando nos unamos en la eternidad. Ahí ya no habrá tanatófono que nos separe”.