Gominolas

La oficina del DNI era diminuta y de techos bajos, y tenían la ventana abierta para evitar sentirse atrapados en un búnker. Los empleados, cuatro en total, parecían sacados de un documental sobre los años sesenta, y uno de ellos iba llamándonos a voces sin necesidad, porque en la pantalla ya iban pasando los números.

Me senté frente a su compañera, y me sometí a la presión alterna de los dedos índice, que siempre me ha dado un poco de grimilla. A mi izquierda había un niño de unos siete años sacándose el carné por vez primera y anotando, bajo la mirada impaciente de su padre, su nombre y los dígitos del número que definirá su existencia como ciudadano. 

En la mano que no empuñaba el bolígrafo llevaba un paquete de chucherías en las que se fijó la empleada que comprobaba mis datos: “Mírale, qué a gusto se va ahora, a comerse sus gusanitos. Pues no están ricos ni ná. Y a su edad puede ir comiéndoselos tan a gusto por la calle, porque lo que es a la mía…”. Rondaría los cincuenta años, viejunamente llevados. Entonces yo, que soy una rebelde tragaldabas que se resiste a abandonar los placeres de la niñez, le contesté: “¡Oye, pues yo los sigo comprando, y lo seguiré haciendo!” 

Era para animarla, para que viera que no hay fecha de caducidad para comer en público gusanitos, Aspitos, ositos de gominola, Chupa Chups, Fresquitos, Colajets y lo que se tercie, mientras que al paladar y a las muelas les apetezca. Como no la hay tampoco para montar en unos columpios -por favor, ayuntamientos, hacedlos un poco más anchos que se atasca el culo- corretear por el campo, ver películas de Disney o hacer peleas de almohadas. La infancia la llevamos dentro, solo hace falta vernos, a la mayoría, perder el sentido del ridículo cuando estamos delante de un bebé. Lo único que tenemos que hacer es abrirla, como los gusanitos, cada vez que se nos presente la ocasión, para que no caduque sin darnos cuenta. 

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Las ideas son estalagtitas

Estoy haciendo un curso de escritura creativa y una de las actividades propuestas es inventar un argumento en el que debo incluir cuatro palabras que, a primera vista, no tienen nada que ver las unas con las otras. 

Una de ellas es caimán, y para inspirarme me he puesto a buscar información sobre los caimanes en Internet. He descubierto que cuando tienen el “pico” cerrado solo asoman sus dientes de arriba, mientras que en los cocodrilos asoman tanto los dientes de arriba como los de abajo (estos les darían más problemas a los ortodoncistas).

Los dientes de ambos bichos, en cualquier caso, me han recordado a las estalactitas y las estalagmitas de las cuevas, por asociación picuda de ideas, y me he dado cuenta de que las propias ideas podrían considerarse también estalactitas de caimán o estalagmitas de cocodrilo. 

¿Por qué? Porque tardan en macerar, las muy puñeteras. Llevo varias intentonas argumentales y todavía no he conseguido crear el esqueleto de una historia coherente con caimanes de por medio, aunque poco a poco se va abocetando, así, de forma sutil, con el “tic-tac” del cocodrilo de Peter Pan.

¿Qué se me ocurrirá, qué misterio habrá? Solo el tiempo lo dirá.

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La paloma

 Hoy voy a presentaros a la paloma, ese animal sobrevalorado: ¿que el amor vuelve a quien lo toma gavilán o paloma? Si son las únicas opciones, prefiero no tomarlo, porque las palomas están plagadas de enfermedades, así que al final te mueres de forma asquerosa y prematura.

Y la cosa no acaba ahí, porque luego te reencarnas en Espíritu Santo y tienes que llevar en el pico ese pedazo de hierba y encima evitar mancharte, ya que tienes que ir de blanco impecable del que no peca.

Esto me ha recordado que también quería escribir sobre las palomas mensajeras. Muchas de ellas se deprimieron cuando la gente dejó de usarlas para enviar cartas de amor y órdenes de decapitación, y ahora vagan por las ciudades en busca de migas de pan que echarse al coleto y lunas de automóvil en las que estrellarse.

Otras, en cambio, dominan las nuevas tecnologías como nadie a base de espiar lo que hace la gente mientras les llenan los alféizares de mierda (con perdón). Ahora se comunican por Whatsapp, así que mucho cuidado si te agrega una tal Paloma (que me han dicho que es de goma)…

Este es un texto que escribí en el curso de verano “Del relato al microrrelato”, impartido por Mariasun Landa y Virginia Imaz dentro del programa de los cursos de verano de la Universidad del País Vasco. Está basado en este ejercicio de redacción, escrito por un joven alumno francés. La creatividad que derrochó fue tal que se conserva en el Museo Pedagógico de París. 🙂

Que me quiten lo trasquilao

Despacito y con buena letra, dice el refrán. Mi letra, llena de bucles y rododendros, no hay quien la entienda. En mí prima, en ocasiones, el hacer las cosas “a lo me cago en diez”, como decimos en mi familia. No en lo académico o laboral, ahí me convierto en una persona sistemática y cuidadosa, aunque había que ver la guarrería de tachones con la que poblaba mis exámenes de matemáticas y mis redacciones de cualquier cosa hasta que a un alma caritativa se le ocurrió otorgarme el papel borrador. ¡Qué placer el de enmarranar y luego poder pasar a limpio!

Así actúo en otros aspectos de mi vida, por aburrimiento puro y duro. ¿Cortarme el pelo en la peluquería? Para qué. Mejor coger las tijeras de cocina y hacerlo a machetazos, sobre el lavabo, y luego, si acaso, decirle al estilista de turno que es que he perdido una apuesta y que suerte de que no me han rapado. Mis Barbies de la infancia están llenas de calvas y con el pelo todo crespo de los tratamientos capilares que les daba, no digo más. Y siempre les perdía un zapato, o alguna pieza de su equipamiento original.

Yo habría sufrido mucho antaño, cuando la gente no podía salirse de la raya y tenía esa caligrafía pulquérrima, todo primor. Mi abuelo materno, por ejemplo, profesaba esa religión caligráfica, hasta el punto de que se exasperaba si la gente envolvía mal los regalos, o si al hacer una multiplicación los números no estaban bien posicionados en el lugar exacto de los millares, las centenas, las decenas y las unidades. Ahora que lo pienso, podría haber sido un niño de San Ildefonso.

Pero ese “mecagoendiecismo” del que hablo, ese afán de emprender las acciones pero sufrir una pereza increíble a la hora de implementarlas (aunque los años me han aplacado un poco) también tiene su parte positiva: he encontrado maneras prácticas de saltarme pasos, atajos para evitar aburrirme tanto o hacer más rápido las actividades cansinas. ¿Y sabéis qué? Eso es creatividad, y que me quiten lo trasquilao.  

El caso es andar

De un tiempo a esta parte salgo a la calle con el propósito de “ir a andar”. Es que quiero ser una persona de bien, de esas que no se anquilosan. Es que si no noto las articulaciones contraídas y contrariadas, y me siento viejuna y culpable por moverme poco. 

Pero luego, cuando piso la calle con mis leggings negros, el moño y la sudadera que lleva estampado el nombre de la uni donde cursé el Erasmus, lo de “ir a andar” se convierte en “Paseando a Miss Daisy”.  

Ampelmann verde

De 120 decididos pasos por minuto, de esos de llevar el ceño fruncido a lo Pablo Iglesias y cara de comerme el mundo y las calorías de la merienda, paso a una media de 40, que suelen tender a cero en cuanto piso una librería, esa luz de palabras por la que me siento atraída cual polilla. No tengo remedio.

Las veces que consigo pasear lo suficiente, me dedico a observar y a reflexionar. Dicen los que saben de estas cosas que las ideas afloran en esos momentos en los que dejas que tu mente vague libre mientras tus pies vagabundean por las calles de tu ciudad, pero a mí no me sale muy allá. Cuando mi mente vaga, pasa de un tema a otro más rápido que en una partida de Trivial Pursuit. 

Si quiero pensar en algo, entonces tengo que mirar al suelo y sus baldosas, volver a fruncir el ceño a lo Pablo Iglesias, meter las manos en los bolsillos y rezar por que no haya restos de colillas y escupitajos que me distraigan.

¡El caso es andar! 🙂

Al carajo con la productividad

Hoy me he levantado con el día Mary Poppinsil. En lugar de intentar hacer las tareas a toda prisa, María Luisa, he preferido dedicarme a divertirme con ellas, porque creo con eso de la productividad nos estamos pasando de castaño oscuro.

Tengo la sensación certera de que en lugar de buscar formas más prácticas de hacer las cosas, lo que se conoce como eficiencia, nos estamos centrando en hacer todo corriendo, sin paladearlo, para poderlo tachar de nuestra lista de tareas inventada.

Pero ese no es el único problema: si hiciéramos lo que no nos gusta a buena velocidad para disponer de tiempo para relajarnos, seguiríamos cuerdos, pero es que cuando acabamos con nuestros quehaceres buscamos nuevos compromisos que llenen el tiempo vacío. No es más que furor acumulativo, y supone una ruina para la creatividad y el camino más rápido para convertirnos en los hombres grises de Momo.

Para combatir este mal, he optado por la vertiente lúdica, esa que de niños no nos costaba nada invocar, y he comprobado que -¡oh, sorpresa!- cualquier labor se vuelve más grata si la miramos con ojos tranquilos y curiosos, si empleamos la imaginación y el buen humor como aliados. En nuestra ansia de que nos llegue de una vez el turno de divertirnos, estamos desperdiciando un manantial de momentos gratos.

A modo de prueba (del algodón), hoy he frito un huevo al son de “Sevilla tiene un color especial…”, y me ha salido saleroso y con volantes, como la flamenca del Whatsapp. También he descolgado la ropa cantando vete tú a saber qué y he terminado inventándome la letra de la canción y pegando palmas por el pasillo. Puede parecer que estoy un poco majareta, pero me lo he pasado como una enana.

En fin, que tenemos recursos. Que no nos divertimos más porque no queremos. Que a vivir, que son dos días, y que yo me marcho a planchar a ritmo de rumba. ¡Olé!

El tema del apotema

Hoy es uno de esos días en los que el tema para un artículo no ha anidado en mi cabeza de pájaros. Así ocurre, sí, las ideas son embrionarias, y en mi caso germinan rápido, sin necesidad de forzar el proceso. Si tengo que hacerlas brotar, suelen salir demasiado encorsetadas, no fluyen igual.

Así que si me disculpan, queridos lectores, aguardaré a que vuelva la inercia que tenía cogida, producto de escribir cada día poco después de levantarme, porque era la que hacía que las palabras afloraran como ramilletes en primavera.

Ya que me ha dado, ilusa de mí, por detener esa rutina pensando que no afectaría a mi caudal, lo que ha dado lugar al estreñimiento creativo y el vacío subsiguiente, os ofrezco esta reflexión sobre lo elusiva y pilluela que es la mente, que viene a ser una forma de revolcarme en el propio fango de la sequía.

Y de paso, como podéis comprobar, me he sacado un artículo de la manga, porque en este mundo de locos hasta la ausencia de tema es tema, ¡ea!

La S

La “ese” salió sigilosa del alfabeto porque necesitaba un poco de sosiego. Les había solicitado a las letras restantes que guardaran silencio a la hora de la siesta, pero vocales y consonantes la habían desafiado con sus sonoras risotadas. Estaba visto que eran insoportables y que no sabían mantener la compostura.

 Se fue el sábado siete de septiembre a las seis de la tarde. Tardó un segundo en hacer la mochila, que cargó a su espalda sin mirar atrás. Su primer destino fue Estocolmo. Después, cuando se cansó de las islas suecas, se fue seseando a Sevilla, pero la abrasó el abrazo del sol.

 En los Alpes encontró su ansiado destino, y cerca del lago Constanza se casó con una “ese” alemana. Vivieron en simbiosis para siempre, haciendo eslalon sobre unos esquís que dibujaban serpenteantes surcos en la nieve.