Campo quemado

A veces nos dejaban elegir a qué jugar en la hora de Educación Física. Era una forma que tenía el profesor de no dar pie con bolo, supongo, o de no morirse de aburrimiento después de ordenar a seis clases que corrieran el kilómetro. 

Tampoco es que hubiera muchas opciones: fútbol, baloncesto o balonmano, esos eran los tres postres del menú de aquellas horas “libres”. Hasta que sugerimos jugar a campo quemado (ya sabéis, ese juego que consiste en apuntar a los miembros del grupo contrincante con una pelota). Al principio, las neuronas de nuestro profesor cortocircuitaron, hasta se oyó su chisporroteo: ¿podía considerarse que aquello era un deporte, o se trataba de un mero juego? Había una pelota implicada, era obligatorio seguir una serie de normas y uno se podía lesionar de la manera más tonta. Definitivamente, aquello podía considerarse deporte.

Fuimos un puñado (sobre todo chicas, pero también algún chico valiente que pasaba en motonave del fútbol) quienes nos adherimos a aquella actividad en la que predominaban las risas más que la competitividad, la relajación más que la tensión de ser criticado por realizar mal un pase, por no parar un gol o por fallar un triple. La adolescente que era yo se sentía al fin aliviada, y estoy casi segura de que no fui la única. Además descubrí que mi cuerpo de fideo (las curvas vinieron después) me permitía esquivar la pelota con bastante facilidad (exceptuando la vez que me encajaron sin querer un balonazo en todo el estómago) y que la puntería no me fallaba demasiado a la hora de encajarle los golpes al contrario. 

Campo quemado… Podía considerarse deporte, sí, pero todos los implicados lo vivimos como un juego. 🙂

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Acelera un poco más

Propósito del nuevo año: hacer ejercicio, desanquilosar ese cuerpo serrano, ¡ea!

Vuelvo a las taquillas. Me cambio de zapatillas y guardo el abrigo, la sudadera, el bolso yel frío de la calle.

– ¿Qué tal es la clase? Es el primer día que vengo.

– Bueno… Nosotras somos novatas, así que no nos enteramos de mucho. Nos solemos poner detrás.

– Vale, yo haré lo mismo.

Paso la canceladora del gimnasio, las hordas de gente que se desgañita en la máquina de correr, de hacer bici o de remar. Sudor en el ambiente.

Se abre la puerta automática de la sala de aeróbic. Un mejunje de mujeres en leggings y camiseta… ¿Por qué casi todas van de color fucsia? ¿Es esto un anuncio de cereales bajos en grasa y altos en fibra? 

Mierda, ¡si yo también voy del mismo color! Me lo acaba de chivar el espejo.

Cojo el step. Espero no escogorciarme, no sería la primera vez. La monitora anuncia que la clase comienza con una melodía retumbona. Chunta. ¿Va a ser así todo el rato? Miro hacia la salida con carita anhelante.

Bum, bum, bum, bum… ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba! Cuerpos rosas se mueven al unísono… Menos el mío y el de alguna más. Lo mío de hoy no es arritmia, es sacar un cero en la quiniela, que ya es difícil.

– No te agobies, esta coreografía se la saben del lunes.

No me agobio, solo flipo. De hecho, dejo de intentar seguir los pasos para adoptar la pose del pensador y tratar de descifrar por qué coj***s giran, hacen mambo, chachachá y triple salto con tirabuzón cuando hace dos minutos estábamos calentando. ¿Es que no han oído hablar de la zona de desarrollo próximo en el aprendizaje? A mí hoy me pillaba en Kuala Lumpur.

Al final decido mirar a la que tengo delante e inventarme el baile sobre la marcha… Una mezcla de aurresku y jotica. Mientras tanto, la monitora pide cuatro bises más con un chillido más propio de un Pikachu electrificado que de un ser humano.

Por increíble que parezca, la música inasequible al desaliento, la repetición de los movimientos y mi confusión generalizada han hecho que la hora vuele. Yo creo que con el ambiente que se respiraba el reloj de la sala se ha drogado y ha dicho eso de “acelera un poco más porque me quedo tonto y vamos muy lentos”…

¿Si volveré a ese infierno auditivo? No lo sé, pero de la experiencia, además de una sordera considerable, he sacado algo que contar, ¡y eso es lo importante!