Al carajo con la productividad

Hoy me he levantado con el día Mary Poppinsil. En lugar de intentar hacer las tareas a toda prisa, María Luisa, he preferido dedicarme a divertirme con ellas, porque creo con eso de la productividad nos estamos pasando de castaño oscuro.

Tengo la sensación certera de que en lugar de buscar formas más prácticas de hacer las cosas, lo que se conoce como eficiencia, nos estamos centrando en hacer todo corriendo, sin paladearlo, para poderlo tachar de nuestra lista de tareas inventada.

Pero ese no es el único problema: si hiciéramos lo que no nos gusta a buena velocidad para disponer de tiempo para relajarnos, seguiríamos cuerdos, pero es que cuando acabamos con nuestros quehaceres buscamos nuevos compromisos que llenen el tiempo vacío. No es más que furor acumulativo, y supone una ruina para la creatividad y el camino más rápido para convertirnos en los hombres grises de Momo.

Para combatir este mal, he optado por la vertiente lúdica, esa que de niños no nos costaba nada invocar, y he comprobado que -¡oh, sorpresa!- cualquier labor se vuelve más grata si la miramos con ojos tranquilos y curiosos, si empleamos la imaginación y el buen humor como aliados. En nuestra ansia de que nos llegue de una vez el turno de divertirnos, estamos desperdiciando un manantial de momentos gratos.

A modo de prueba (del algodón), hoy he frito un huevo al son de “Sevilla tiene un color especial…”, y me ha salido saleroso y con volantes, como la flamenca del Whatsapp. También he descolgado la ropa cantando vete tú a saber qué y he terminado inventándome la letra de la canción y pegando palmas por el pasillo. Puede parecer que estoy un poco majareta, pero me lo he pasado como una enana.

En fin, que tenemos recursos. Que no nos divertimos más porque no queremos. Que a vivir, que son dos días, y que yo me marcho a planchar a ritmo de rumba. ¡Olé!

Lo que me sale de las tripas

En la clase de lindy hop de hoy, una de nuestras dos profesoras ha hecho mucho hincapié en la importancia de que aceptemos la improvisación en la pista de baile. No importa que un paso determinado no salga como ella lo ha indicado: si resulta que has girado tú en vez de girar a tu partenaire y el sucedáneo ha quedado bonito, ¡bienvenido sea! Eso ha salido de las tripas, sin pensar, y te puedes poner una medalla por haber salvado un giro de forma tan original.

Es cierto que, en lugar de confiar en nuestra intuición, tendemos a ser muy cerebrales y metódicos cuando estamos aprendiendo cualquier disciplina. Sin embargo, a veces es conveniente ceder la batuta a ese componente visceral al que le gusta dejarse llevar por la música en lugar de contar los pasos de ocho en ocho.

improvisation  

En otros ámbitos ocurre lo mismo. Cuando estás aprendiendo a conducir tienes que pensar en las marchas, en la posición del volante, en vigilar los espejos… Después, estos procesos se vuelven mecánicos. Lo mismo pasa cuando aprendes a tocar un instrumento o cuando das los primeros pasos en el conocimiento de un idioma. 

Para automatizar la técnica, lo importante es practicar jugando. Repetir los pasos fundamentales en casa, darles nuestro toque personal, hacer el tonto hasta que ya nos salgan como el respirar. Este es el segundo consejo que nos ha dado nuestra profesora hoy (aparte de lindy hop he aprendido filosofía). Estoy de acuerdo en que de esta forma se avanza mucho y, además, doy fe de que te lo pasas de lo lindo haciendo el mono por casa. 😀 

En conclusión, te recomiendo obedecer más a tus rugientes tripas y disfrutar del proceso de aprendizaje, porque no hay mejor sensación que “tener algo dominao” y poder improvisar bien a gusto, ya sea escribiendo, cocinando, hablando chino o marcándote una jota.

Hopper grasshopper

Llevo un par de semanas girando cual peonza rotatoria y pasando de un chico a otro a ritmo de swing. No, no me he vuelto una promiscua. ¡Me he apuntando a lindy hop, uno de los propósitos bailongos de los que ya te hablé en su día!

Todo empezó hace un par de sábados. Mi amiga Jota -es su inicial, no confundir con la modalidad danzarina- y yo decidimos inscribirnos en la academia de baile después del rapto de entusiasmo que nos provocó la master class “lindyhoppera” a la que asistimos una lejana noche de sábado en un bohemio local bilbaíno. 

Lindy Hop

Tuvo mérito que diéramos el paso, porque la semana que hicimos la matrícula hacía un frío del copón y encima caían copos, o granizo, o chuzos de punta.

Tres días después de realizar la matrícula, llegó la hora de la verdad: ahí estábamos, las novatas de la clase de iniciación, junto a un elenco variopinto de chicos, chicas, señores y señoras de entre 25 y 60 años.

Como se trata de un estilo que se baila de dos en dos, pensé que todos ellos estaban emparejados y que las parejas serían “para toda la vida”, como en los votos matrimoniales, pero pronto salí de mi error: Jota y yo acometimos juntas la primera canción, pero al grito de “¡caaaambio de chica!” salí disparada en dirección a los brazos de un amable desconocido. Luego me tocó bailar con la profesora, después con un señor calvo, luego con un chaval extranjero… Y así hasta volver a la posición donde me esperaba Jota, que estaba haciendo las veces de “chico” a falta de suficientes representantes del género masculino. 

La verdad es que para mí, que soy bastante pudorosa y timidilla, eso de dar vueltas al son de la música de la mano de extraños me ha hecho perder todo atisbo de vergüenza, ¡y no solo eso!: me ha llevado a darme cuenta de que algunos de mis partenaires son tanto o más vergonzosos que yo, que en seguida cojo confianza y me pongo a entablar conversación con ellos en cuanto la coreografía llega a su fin. 😀