El gen airado

– Ama, el otro día le pegué tal grito al que quería colársenos en el tren turístico que me asusté hasta yo…

– ¿Hacía mucho calor?

– Sí, ¿y eso a qué viene?

– Mucho. El calor afecta al cerebro, te impide pensar. Por eso se cometen más asesinatos en lugares bochornosos.

– Bueno creo que esto no es comparable, igual es el gen airado que me viene la rama del abuelo…

– Puedes ser, hija, a mí también me sale a veces.

Desde que vi “Del Revés (Inside Out)”, no puedo dejar de representar a la ira en mi cabeza como ese señor tapujo y rojo que interpreta el papel de dicha emoción en la película.

Mi ira, normalmente, pasa un montón de horas aletargada. No es propensa a la acción, ya que tiendo a ser más bien zen y enfadarme requiere de un coste de activación que no estoy dispuesta a pagar.

Sin embargo, a veces a mi furia le da por indignarse, valga la redundancia, y brota como perro ladrador (aunque nunca mordedor) si un autobusero le cierra la puerta en las narices, si alguien se cuela en un trenecito o equivalente, si le interrumpen mucho mientras habla o si ve a un político mintiendo por la tele.

En todos esos ejemplos (menos en el último, ya que una pantalla de plasma es incapaz de oír a nadie) suelo arrepentirme del exabrupto y pedir perdón, si es que el acto de conciliación no me da demasiado apuro.

Luego está la ira mezclada con alegría, esas ganas de pasármelo pipa siendo un trasto que me hicieron merecedora del sobrenombre de “Ira, la enana malvada”.

Supongo que todo empezó en aquellos tiempos en que disfrutaba tirándole del pelo a mi hermana y diciendo a quien anduviera cerca que ella no podía comer golosinas porque llevaba aparato, pero hoy por hoy todavía me entran deseos de ejercer mi malevolencia poniendo en evidencia a la gente grosera que trata a los demás como si fueran sus esclavos o a esas señoras tan pijas que llaman a sus hijos Beltrán o Agapito.

Por supuesto, ejerzo el autocontrol: esas tentaciones me las guardo para cuando llego a casa, enciendo el ordenador y puedo escribir artículos como este que llega a su fin.

Afirmativo

Cuando me explican algo, tiendo a asentir con la cabeza. Repetidas veces, a intervalos de una vez cada cinco segundos, más o menos. Es mi forma de procesar los datos que llegan a mis neuronas, de remover las sinapsis como si estuviera preparando un rico cóctel. Desde fuera, parezco el brazo de ese gato que colocan en todos los restaurantes chinos.

El problema es que esta costumbre mía suele provocar confusión, ya sea en petit comité, en visitas guiadas o en clases magistrales. Cuando escucho con plena atención al tiempo que inclino la barbilla ora arriba ora abajo, quien habla piensa que sé mucho de lo que está diciendo, sea el cultivo de setas transgénicas, la reproducción de las estrellas de mar o el último libro de Paulo Coelho. Entonces, corta de golpe su discurso y me lanza la tan temida pregunta:

– Tú sabes mucho de esto, ¿verdad? Se ve que controlas del tema.

En esos momentos, me entran ganas de volatilizarme y fusionarme con el entorno colindante:

– No -contesto-, solo estaba escuchándote atenta.

– Como estás venga a mover la cabeza…

“¿Entonces, nadie más lo hace?”, me pregunto yo. Parece que no, que pueden mantener quieta la testa e interiorizar la información a la vez. Seguro que padecen menos dolor cervical.