La felicidad en un poco de aceite

Durante nuestra estancia en el sur de la Península, disfrutamos de la compañía de mi querida amiga Cerezo Colorido (su nombre significa eso en japonés), a quien teníamos ganas de enseñar nuevos rincones de España que ampliaran su repertorio paisajístico, hasta hace poco limitado a nuestra noble villa y sus pueblos costeros.

Ella no se hizo de rogar, aunque su motivación no eran los paisajes, sino la gastronomía. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, buscaba la satisfacción de un buen cocido, da igual que fuera a 35 grados a la sombra, del pescaíto frito o de unos calamares rebozados que regaba con limón.

Por si esto fuera poco, descubrió el embrujo del tinto de verano y su correspondiente tapa, palabra bisílaba que repetía cual mantra en cada taberna o terracita.

Los camareros hacían lo posible por suplir sus ansias de picoteo y nos enseñaban pizarras donde desfilaban en fila india los boquerones, la fritaílla, las albóndigas en salsa o los pinchos morunos al tiempo que, solícitos, nos colocaban una cesta de pan en la mesa.

Ingenuos. Esa era el momento en el que se activaba la palabra mágica: aceite. La nipona no iba a consentir mordisquear las rebanadas sin su correspondiente aderezo oleoso.

Una de aquellas veces, al escuchar su petición, le propusieron tostarle un poco el pan. “Ay, si bastara un poco de aceite para ser feliz…”, iba diciendo el barman, camino de la tostadora.

Y yo, entonces, mirando los ojos de mi amiga, fruncidos de puro placer ante la perspectiva del unte y el rebañe, me di cuenta de que a aquella frase le sobraba el subjuntivo: en un poco de aceite (de oliva virgen, eso sí) podía concentrarse la felicidad más pura.  

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Ilusión

Terminar tus tareas del día.

Salir a la terraza y darte cuenta de que abril se despide en manga corta.

Abrir la puerta de la nevera y saber que una Coca-Cola te está esperando.

Vestirte de viernes un jueves. 

Saber que las noches cada vez se hacen más de rogar en el cielo.

Anticiparte al trasnoche, a los minutos dilatados en el sofá con tu manta y tu serie favorita.

Tener en casa libros que estás deseando leer.

Tener en tu cabeza historias que quieren ser de papel.

Ilusionarte.

El Día Internacional de la Felicidad

El día del eclipse solar, atrapé la rodaja de limón que se encontraba en el fondo del vaso de refresco y la devoré con fruición.

El día que terminaba el invierno, me propulsé hacia atrás en el agua caliente de la piscina.

El día que amaneció cubierto de frías y oscuras nubes, canté las canciones que sonaban por la radio del coche y me inventé sus letras en inglés.

El día que empezaba la primavera, me monté en un columpio, como cuando era niña, y sentí el cosquilleo de siempre al coger impulso.

Ira en columpio

El viernes, tomé una copa de helado de chocolate con mousse de chocolate y pastel de chocolate.

El día que la luna tapó al sol, miré el reloj y me sorprendí de haber perdido la noción del tiempo.

Anteayer no apagué la lámpara de mi mesita de noche hasta que no me acabé el libro que me tenía enganchada.

El 20 de marzo, entre otras cosas, fue el Día Internacional de la Felicidad.

Vivir sin metas

Este mes (por lo menos) he decidido vivir sin metas. Igual me engancho a ello y me vuelvo zen durante todo el 2015, qui lo sá.

El caso es que se me estaban generando agujetas en mi ya de por sí programado sistema: un artículo semanal de escritura, el propósito de escribir 3 artículos semanales en este blog, la intención de escribir relatos, el deseo de editar borrador de la novela del NaNoWriMo…

Y yo dale que te pego, con el lápiz y el boli en la mano intentando crear cuadrantes de tareas urgentes e importantes, ruletas de prioridades, maneras creativas de hacer más en menos tiempo para poder compaginar todas estas “hobbygaciones” (mezcla de hobbies y obligaciones) dejando espacio para la plancha, la lavadora y la aspiradora. Y para sacar adelante la tesis, que es lo más importante de la lista.

Man tearing a sign which says "Goals"

Por si esto fuera poco, quería gozar de un ocio sin hora, de ese de tumbarte toooooda la tarde a leer un libro, o de ponerte a ver capítulos de series a destajo y juntar la sobremesa con la cena. 

Ahora, por fin, puedo. No más planes al margen de mis obligaciones laborales y del mantenimiento de mi maquinaria muscular para no oxidarme. No más objetivos a medio plazo que me impidan disfrutar del presente. Esta es mi particular cuaresma, que se inicia con un alegre y pizpireto carnaval, ¡ea! 😀

Ya te contaré qué tal la experiencia. Estoy segura de que el hecho de no tener metas concretas no impedirá que siga escribiendo y haciendo cosas que me encantan. Lo bueno es que ya no veré estas como tareas impostergables y no consideraré un fracaso el no llevarlas a cabo.