La felicidad en un poco de aceite

Durante nuestra estancia en el sur de la Península, disfrutamos de la compañía de mi querida amiga Cerezo Colorido (su nombre significa eso en japonés), a quien teníamos ganas de enseñar nuevos rincones de España que ampliaran su repertorio paisajístico, hasta hace poco limitado a nuestra noble villa y sus pueblos costeros.

Ella no se hizo de rogar, aunque su motivación no eran los paisajes, sino la gastronomía. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, buscaba la satisfacción de un buen cocido, da igual que fuera a 35 grados a la sombra, del pescaíto frito o de unos calamares rebozados que regaba con limón.

Por si esto fuera poco, descubrió el embrujo del tinto de verano y su correspondiente tapa, palabra bisílaba que repetía cual mantra en cada taberna o terracita.

Los camareros hacían lo posible por suplir sus ansias de picoteo y nos enseñaban pizarras donde desfilaban en fila india los boquerones, la fritaílla, las albóndigas en salsa o los pinchos morunos al tiempo que, solícitos, nos colocaban una cesta de pan en la mesa.

Ingenuos. Esa era el momento en el que se activaba la palabra mágica: aceite. La nipona no iba a consentir mordisquear las rebanadas sin su correspondiente aderezo oleoso.

Una de aquellas veces, al escuchar su petición, le propusieron tostarle un poco el pan. “Ay, si bastara un poco de aceite para ser feliz…”, iba diciendo el barman, camino de la tostadora.

Y yo, entonces, mirando los ojos de mi amiga, fruncidos de puro placer ante la perspectiva del unte y el rebañe, me di cuenta de que a aquella frase le sobraba el subjuntivo: en un poco de aceite (de oliva virgen, eso sí) podía concentrarse la felicidad más pura.  

La “Tortuguesa”: El nuevo invento de Burriquín

Cuando hay hambre no hay pan duro, ni piños que se le resistan. Este popular dicho ha protagonizado la presentación de la “Tortuguesa”, nuevo producto estrella de la conocida cadena de hamburguesas Burriquín, obra original del chef Arturo Ponlamesa.

El artífice de tamaña grandeza explica que halló la inspiración culinaria mientras hacía snorkel en las Islas Galápagos, y asegura que en su creación se han empleado los productos más frescos e imperecederos: “si he escogido la tortuga como elemento principal ha sido por su longevidad. No se echa a perder como la carne de vacuno”, ha reconocido el reputado cocinero.

Pero, ¿qué podemos encontrar en la “Tortuguesa” además de la clásica combinación de tomate, lechuga, cebolla y aliño de mayonesa? “Una textura crujiente y un reto para el paladar y los premolares”, ha apostillado Ponlamesa. 

Aquellos valientes que se han decidido a probar este atrevido invento, que acerca la nouvelle cuisine a las grandes superficies, declaran que, como siempre sucede, la publicidad es engañosa: “Las tortugas que preparan aquí son unas rancias”, protestaba una señora insatisfecha. “¡Si la mía me ha pegado un tarisco justo cuando iba a hincarle el diente!”

Otros cliente se quejaba de que no ofrecían “Tortuguesas” sin gluten. “¡Con la ilusión que le hacía a mi hijo zamparse una y el hambre que tengo yo! ¡Esto es un trato vejatorio y voy a denunciarlo!” 

Las tortugas, por su parte, iniciaban una manifestación a la puerta de uno de los locales para protestar la explotación laboral a la que estaban siendo sometidas. “Que nos usen para reírnos de los seres humanos, pase”, argumentaba un tal Michelangelo, “pero que empleen ingredientes tan nefastos atenta contra el buen gusto. ¡Con lo rica que es la dieta mediterránea!”

Esta visto que nunca llueve a gusto de todos.