Veroño

A mí me gusta el “primaverano”, esto es, la primavera que insinúa la llegada de la playa, las cerveceras y los calores… Pero este fin del estío que acontece en septiembre, que además en Euskadi es todo un “veroño” que te obliga a sacar la chamarra, lo estoy llevando fatal. Ya se empiezan a escuchar las primeras toses y reverberan las narices propulsadas por los kleenex; ya huele a cuaderno de inglés, a billete de transporte y a uniforme escolar; ya anochece antes de las nueve, y las batas de estar por casa saludan insinuantes desde el colgador de la puerta.

Oh, maldito y puñetero “veroño”, que regalas lluvias que provocan tiritona, para después atontarnos con el sol de media tarde. Maldito y puñetero “veroño”, cargado de propósitos, de coleccionables rebajados y de listas de tareas. ¿Sabes lo que te digo? Que por mi parte puedes pasar directamente al invierno, y oler a incienso y a turrón. Y llenarnos las bocas de vaho, los cuellos de bufandas y las piernas de leotardos. Y anochecer pero de verdad de la buena, con lucecitas que anuncian la Navidad.

Y no sembrar las duda sobre si puede uno quedarse todo el domingo en casa viendo Netflix o aún merece la pena salir a alternar. A mí, las medias tintas, no. 

 

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La paloma

 Hoy voy a presentaros a la paloma, ese animal sobrevalorado: ¿que el amor vuelve a quien lo toma gavilán o paloma? Si son las únicas opciones, prefiero no tomarlo, porque las palomas están plagadas de enfermedades, así que al final te mueres de forma asquerosa y prematura.

Y la cosa no acaba ahí, porque luego te reencarnas en Espíritu Santo y tienes que llevar en el pico ese pedazo de hierba y encima evitar mancharte, ya que tienes que ir de blanco impecable del que no peca.

Esto me ha recordado que también quería escribir sobre las palomas mensajeras. Muchas de ellas se deprimieron cuando la gente dejó de usarlas para enviar cartas de amor y órdenes de decapitación, y ahora vagan por las ciudades en busca de migas de pan que echarse al coleto y lunas de automóvil en las que estrellarse.

Otras, en cambio, dominan las nuevas tecnologías como nadie a base de espiar lo que hace la gente mientras les llenan los alféizares de mierda (con perdón). Ahora se comunican por Whatsapp, así que mucho cuidado si te agrega una tal Paloma (que me han dicho que es de goma)…

Este es un texto que escribí en el curso de verano “Del relato al microrrelato”, impartido por Mariasun Landa y Virginia Imaz dentro del programa de los cursos de verano de la Universidad del País Vasco. Está basado en este ejercicio de redacción, escrito por un joven alumno francés. La creatividad que derrochó fue tal que se conserva en el Museo Pedagógico de París. 🙂

Nos hemos vuelto tontos

Esta semana me he dado cuenta de que lo nuestro como sociedad ya no tiene vuelta atrás. Nos hemos vuelto tontos, y es definitivo. Lo he constatado tras ver el anuncio del Bollycao® Zero. “Zero”, tócate el peluquín. Sin azúcares añadidos. Sanísimo, vaya. Perfecto para darle la merienda al nene o al prepúber y que esté a tope de energía futbolera (en estos anuncios, los niños casi siempre salen jugando al fútbol). Qué horror. 

Entro en la página web del producto para informarme, y me encuentro cómicos apartados en los que se subraya su alto contenido en hierro, así como el hecho de que es el único bollo que ostenta el dudoso honor de estar relleno de cacao. Aunque lo que en realidad me indigna es que en este tipo de anuncios siempre sea una madre, una madre joven y guapa, para más señas, la que provea a sus vástagos de alimento nutricional, manque procesado y envasado. 

¿Por qué nunca aparece un padre? ¿Por qué se da a entender que las “mamás”, como se autodenominan algunas mujeres memas ahora, han de estar en casa a la hora de la merienda, elegantemente vestidas y con la cocina impoluta ? ¿Qué seres retrógrados y misóginos realizan ese tipo de anuncios? Sigue habiendo un machismo apabullante en el mundo de la publicidad que promueve un modelo de familia en el que la mujer no tiene otra ambición que entregarse al cuidado de los hijos y del hogar al tiempo que quiere ser una mujer de hoy, arreglada pero informal, elegante pero discreta. 

Y lo que me preocupan no son los anuncios, que están hechos por personas que no tienen dos dedos de frente, sino el hecho de que haya féminas que quieran emular unos trasnochados modelos de perfección que, en lugar de disminuir, aumentan por culpa de redes como Youtube o Instagram, plagadas de pánfilas obsesionadas con mostrar cómo decoran su casa, qué outfit (válgame Dios) han elegido para ir al súper o qué consejillos dan a sus seguidoras para que la crianza de sus retoños sea un mar de sonrisas sin lágrimas.

¿Zero, decía el anuncio? Cero neuronas, diría yo. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza… 

Toma mucha fruta, mucha fruta fresca

Siento haber aludido a Bom Bom Chip. Es que los Reyes Magos me han traído una zumera. 

Sí, zumera, máquina de hacer zumos. No confundir con “zumbera” (bailarina de Zumba) o con “rumbera” (Melody).

La zumera ha sido regalo de padres, que me quieren bien. Cuando vi el paquete rectangular pensé que era una muñeca tamaño real, de tan grande como era. Y es que es un aparato que parece venido del futuro, en serio, como un robot.

Hasta se desmonta en multitud de piezas, todas ellas lavables, para que luego tú las recoloques a tu gusto y lo transformes en un bólido o en un cohete espacial (bueno, esto me lo estoy inventando). 

Su regalo ha sido una forma “sutil” de decirme que debo incorporar la fruta (y no vale el guacamole de los nachos) a mi dieta. Ellos se han convertido a la religión de los jugos de apio, zanahoria y manzana, y me han invitado a adherirme con un trasto tan vanguardista que hasta te evita la engorrosa pulpa de las naranjas.

Minion fruits

Les estoy muy agradecida, aunque ahora vivo bajo vigilancia vitamínica: “¿Ya te haces los zumos?” “¡Hay que tomarlos todos los días!” “¡No digas que desmontar y fregar te da pereza!” “Mira, hoy hemos probado una mezcla de mandarina, nectarina y uva que está buenísima!” 

O la última, cuando les pido que dejen de interrogarme: “¡La fruta es fuente de salud!” 

“¡Y vosotros de cansinismo!”, contesto yo. “¿Me veis cara de Fruiti?”

Pero, aún así, les estoy muy agradecida por tener en casa esa zumera que me permite cuidar de mi salud, fabricar cócteles y fardar de haberme comido tres naranjas, dos kiwis y una pera sin tener que ir corriendo al baño después. 🙂

Acelera un poco más

Propósito del nuevo año: hacer ejercicio, desanquilosar ese cuerpo serrano, ¡ea!

Vuelvo a las taquillas. Me cambio de zapatillas y guardo el abrigo, la sudadera, el bolso yel frío de la calle.

– ¿Qué tal es la clase? Es el primer día que vengo.

– Bueno… Nosotras somos novatas, así que no nos enteramos de mucho. Nos solemos poner detrás.

– Vale, yo haré lo mismo.

Paso la canceladora del gimnasio, las hordas de gente que se desgañita en la máquina de correr, de hacer bici o de remar. Sudor en el ambiente.

Se abre la puerta automática de la sala de aeróbic. Un mejunje de mujeres en leggings y camiseta… ¿Por qué casi todas van de color fucsia? ¿Es esto un anuncio de cereales bajos en grasa y altos en fibra? 

Mierda, ¡si yo también voy del mismo color! Me lo acaba de chivar el espejo.

Cojo el step. Espero no escogorciarme, no sería la primera vez. La monitora anuncia que la clase comienza con una melodía retumbona. Chunta. ¿Va a ser así todo el rato? Miro hacia la salida con carita anhelante.

Bum, bum, bum, bum… ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba! Cuerpos rosas se mueven al unísono… Menos el mío y el de alguna más. Lo mío de hoy no es arritmia, es sacar un cero en la quiniela, que ya es difícil.

– No te agobies, esta coreografía se la saben del lunes.

No me agobio, solo flipo. De hecho, dejo de intentar seguir los pasos para adoptar la pose del pensador y tratar de descifrar por qué coj***s giran, hacen mambo, chachachá y triple salto con tirabuzón cuando hace dos minutos estábamos calentando. ¿Es que no han oído hablar de la zona de desarrollo próximo en el aprendizaje? A mí hoy me pillaba en Kuala Lumpur.

Al final decido mirar a la que tengo delante e inventarme el baile sobre la marcha… Una mezcla de aurresku y jotica. Mientras tanto, la monitora pide cuatro bises más con un chillido más propio de un Pikachu electrificado que de un ser humano.

Por increíble que parezca, la música inasequible al desaliento, la repetición de los movimientos y mi confusión generalizada han hecho que la hora vuele. Yo creo que con el ambiente que se respiraba el reloj de la sala se ha drogado y ha dicho eso de “acelera un poco más porque me quedo tonto y vamos muy lentos”…

¿Si volveré a ese infierno auditivo? No lo sé, pero de la experiencia, además de una sordera considerable, he sacado algo que contar, ¡y eso es lo importante!

 

La prueba del algodón

Hasta hace poco, los platos estrella de todo hogar eran las croquetas, las albóndigas, la paella, la tortilla, las empanadillas (de Móstoles) y, por supuesto, las ensaladas.

Socorridas, frescas, coloridas y con lechuga de verdad, servían lo mismo para un picnic que para una cena tardía, para una persona que para un regimiento. Si no querías complicarte mucho, bastaba colocar lechuga y tomate en un cuenco, bonito y aceitunas a lo sumo, aliñar y revolver. Si deseabas un aporte proteico adicional, no tenías más que cocer un huevo.

Qué fácil era todo entonces.

Luego vino la nueva cocina (o comida viejuna del futuro, como diría El Comidista), que llevó a las jóvenes generaciones a desdeñar la sabiduría heredada de madres y abuelas y a abrazar los ingredientes gourmet, esos que tan bien maridan con los filtros de Instagram.

Primero hizo entrada en nuestras vidas el queso de cabra (a veces gratinado), acompañado de canónigos, tomatitos cherry y mozzarella. Hasta ese momento estaba todo controlado

Luego ya comenzó el desmadre. Las ensaladas empezaron a aceptar la entrada del foie y el jamón de pato, de las nueces y de los dátiles. Cual “seguratas” sin criterio, hasta invitamos al pulpo a la fiesta para que hiciera las veces de animal de compañía.  

El mango y el aguacate, acostumbrados a la promiscuidad de las macedonias, no tardaron en unirse a la orgía. La cosa había llegado a un nivel de experimentación tal que cualquier alimento se consideraba “ensaladable” (término que me acabo de sacar de la manga).

¡Nada más sano que una ensalada de bistec, de panceta o de ruedas de bicicleta!

Y aún así, cuando te topas con la ensalada primigenia, de lechuga de la huerta, tomates de verdad, sabroso atún y huevos de yema sonrosada bañados en refrescante aliño, te dan ganas de agarrar la hogaza de pan y rebañar como si no hubiera un mañana.

Esa es la prueba del algodón. 

Ahora que…

Ahora que la flamenca es de colores
ahora que hay iconos para tó
ahora que el Whatsapp es un palacio,
donde nunca falta espacio
pa’ mandarte un corazón…

Ahora que un silbidito me saluda,
ahora que me doctoro en emojis,
ahora que una pantalla, aunque muda,
me sirve de más ayuda
que usar papel y boli.

Ahora que el móvil me acompaña
lunes, martes y fiestas de guardar
ahora que sin los datos no te apañas,
y a mí me entra la migraña
si el wi-fi se me va.

Ahora que tengo un 3G
que no tenía,
ahora que un tick azul es
pura alegría,
ahora que está descargada,
y requeteinstalada
la última versión;
ahora que mandas virales
para incordiar,
o fotos de vacaciones
para chinchar,
ahora es cuando yo pienso:
¿no sería más bello,
darnos cita en un bar?
 

A última hora

Ir a la copistería o a Correos y Telégrafos (siempre me ha gustado esta palabra arcaica y viejuna) es una lección de paciencia, sobre todo si quieres imprimir o mandar algo a última hora, como suele ser el caso el 95% de las veces.

Para empezar, debes aprender que el número de personas que hay a la cola no es una variable fiable a la hora de descubrir cuánto tardarás en realizar la transacción de turno. Tener a dos personas delante no significará tardar menos que tener ante ti a cinco, o a diez. Cinco personas que quieren fotocopiar su DNI o su cartilla no se eternizan tanto como un arquitecto que solicita que le reproduzcan unos planos en la impresora gigante o un chico que, por aviesas intenciones del destino, debe escanear 20 documentos en PDF.

Como ando con el modo zen activado, pensé que aquello podía ser una extraordinaria lección de paciencia, una espera que me elevaría a la categoría de monje budista. Traté de no tamborilear con los dedos ni zapatear con los pies, hice un esfuerzo ímprobo por no consultar la hora cada dos por tres y dejé las uñas quietas con harta dificultad porque me las estoy dejando crecer.

Al final, cuarenta minutos más tarde de haber entrado en el local, salí triunfal con mi botín, y me dirigí a Correos.  «Allí la cosa no estará tan fastidiada, hay más gente trabajando. Además, cuentan con el sistema de coger número», pensé.

¡Ja y requetejá, ingenua de mí! Dentro de la oficina había tanta gente que, de haber estado en la calle, nos habrían detenido por manifestarnos sin permiso. Uno de los mostradores lucía un «Cerrado» que me cayó bien gordo, porque ralentizaba bastante el proceso. Otro lo gestionaba una señora a la que la informática había tomado el pelo porque le dejaba mandar cartas ni paquetes.

Menos mal que en los dos mostradores restantes había dos ángeles de la guarda que hacían lo que podían, desde cantar los números cual si estuvieran en el bingo hasta explicar con paciencia todos los pormenores de los envíos más complejos.

Gracias a una de ellas, mi pedido llegó a tiempo a su destino, certificado y urgente, y a última hora (como el 95% de las veces).

Déjame

Mis amigas y yo habíamos encontrado un sitio idóneo para ver el concierto de «Los Secretos». Estábamos lo bastante bien posicionadas como para que Álvaro Urquijo, el cantante, no fuera un puntito en la lejanía, y los armarios de metro noventa que teníamos delante se acababan de marchar.

Ahora nos encontrábamos detrás de una familia entrañable, dos carrocillas cuarentones que habían decidido llevar a sus dos hijos preadolescentes a ver al grupo que ellos tanto amaban a su edad. Al principio solo me fijé en la hermana menor, una niña que daba palmas y pegaba botes al ritmo de la música aunque no se conociera la letra de las canciones.

Me alegró comprobar que hay grupos que no tienen edad, melodías que son fáciles de digerir para gente de 15, de 25 o de 65. Pero mi alegría duró poco: la ira no tardó en apoderarse de mí cuando reparé en la actitud del hermano mayor, criatura zancuda y huesuda que a mis ojos solo existía con el objetivo de dar por saco a sus padres y a cualquiera que estuviera en torno a él.

Entre Pero a tu lado y Ojos de gata, ese ser patilargo se frotaba la cara cual futbolista teatrero que simula haber sido golpeado, al tiempo que apoyaba su peso en los hombros de sus padres y renegaba de la obligación de encontrarse allí presente. Su madre, que estaba tan hasta los cataplines de él, intentaba ignorarle cuanto podía, y si no profería un «¡Pelma!» o un «¡Pesado!» que servían más de desahogo que de otra cosa.

Yo pensé que el método «colleja por cansino» no era del todo desdeñable en aquel caso, pero su padre, reblandecido por los intentos de llamar la atención de su vástago, optó por un abrazo curativo que calmara su ansiedad.

No funcionó. La criatura siguió protestando, y protestando, y cuando sonó el conocido Déjame se lo grité a él a ritmo de pop-rock, aunque él no se enterara de la dedicatoria.