Una ventana para fabular

Es de noche, muy de noche, ya es madrugada y las ventanas están cerradas, las persianas bajadas, las cortinas echadas, la luz apagada, los ojos cerrados y la mente lejos, en el país de los sueños. La ciudad se para, exceptuando el camión de la basura, que siempre está ahí.

Y, de pronto, del edificio de enfrente emerge un cuadrado luminoso, como si se tratara del decorado de un teatro. El reloj marca las dos, pero ahí, enmarcado por ese halo, hay un hombre inclinado sobre la pantalla de su ordenador. Desde mi luz me dan ganas de hacerle señales: ¿a qué dedicas las horas que no se cuentan? ¿Qué es lo que te está quitando el sueño?

Sin poderlo evitar, me pregunto qué estará haciendo: tal vez escriba una novela, no creo que esté adelantando trabajo en esta calurosa noche de agosto. Tal vez esté escribiendo un largo correo a una persona que ama, o buscando el lugar ideal donde perderse, o encontrando un libro que llevaba años buscando y que ahora solo se vende en internet. Tal vez esté revisando fotos antiguas, en las que no se reconoce ni a sí mismo, o devorando artículos sobre cómo más ser productivo en los que la regla número uno es acostarse temprano para madrugar al día siguiente. Tal vez sea un loco que teclea frente a una pantalla apagada.

Hace poco leí que en Suecia la gente no se preocupa por el qué dirán tanto como en España. Que cada cual hace su vida, y no necesita aislar sus ventanas de la mirada ajena. Son como diría la escritora Mariasun Landa, ventanas que nos permiten atisbar otras vidas, luces en la oscuridad que guían a nuestra imaginación para que no deje de fabular.

Al carajo con la productividad

Hoy me he levantado con el día Mary Poppinsil. En lugar de intentar hacer las tareas a toda prisa, María Luisa, he preferido dedicarme a divertirme con ellas, porque creo con eso de la productividad nos estamos pasando de castaño oscuro.

Tengo la sensación certera de que en lugar de buscar formas más prácticas de hacer las cosas, lo que se conoce como eficiencia, nos estamos centrando en hacer todo corriendo, sin paladearlo, para poderlo tachar de nuestra lista de tareas inventada.

Pero ese no es el único problema: si hiciéramos lo que no nos gusta a buena velocidad para disponer de tiempo para relajarnos, seguiríamos cuerdos, pero es que cuando acabamos con nuestros quehaceres buscamos nuevos compromisos que llenen el tiempo vacío. No es más que furor acumulativo, y supone una ruina para la creatividad y el camino más rápido para convertirnos en los hombres grises de Momo.

Para combatir este mal, he optado por la vertiente lúdica, esa que de niños no nos costaba nada invocar, y he comprobado que -¡oh, sorpresa!- cualquier labor se vuelve más grata si la miramos con ojos tranquilos y curiosos, si empleamos la imaginación y el buen humor como aliados. En nuestra ansia de que nos llegue de una vez el turno de divertirnos, estamos desperdiciando un manantial de momentos gratos.

A modo de prueba (del algodón), hoy he frito un huevo al son de “Sevilla tiene un color especial…”, y me ha salido saleroso y con volantes, como la flamenca del Whatsapp. También he descolgado la ropa cantando vete tú a saber qué y he terminado inventándome la letra de la canción y pegando palmas por el pasillo. Puede parecer que estoy un poco majareta, pero me lo he pasado como una enana.

En fin, que tenemos recursos. Que no nos divertimos más porque no queremos. Que a vivir, que son dos días, y que yo me marcho a planchar a ritmo de rumba. ¡Olé!

El tema del apotema

Hoy es uno de esos días en los que el tema para un artículo no ha anidado en mi cabeza de pájaros. Así ocurre, sí, las ideas son embrionarias, y en mi caso germinan rápido, sin necesidad de forzar el proceso. Si tengo que hacerlas brotar, suelen salir demasiado encorsetadas, no fluyen igual.

Así que si me disculpan, queridos lectores, aguardaré a que vuelva la inercia que tenía cogida, producto de escribir cada día poco después de levantarme, porque era la que hacía que las palabras afloraran como ramilletes en primavera.

Ya que me ha dado, ilusa de mí, por detener esa rutina pensando que no afectaría a mi caudal, lo que ha dado lugar al estreñimiento creativo y el vacío subsiguiente, os ofrezco esta reflexión sobre lo elusiva y pilluela que es la mente, que viene a ser una forma de revolcarme en el propio fango de la sequía.

Y de paso, como podéis comprobar, me he sacado un artículo de la manga, porque en este mundo de locos hasta la ausencia de tema es tema, ¡ea!