Gominolas

La oficina del DNI era diminuta y de techos bajos, y tenían la ventana abierta para evitar sentirse atrapados en un búnker. Los empleados, cuatro en total, parecían sacados de un documental sobre los años sesenta, y uno de ellos iba llamándonos a voces sin necesidad, porque en la pantalla ya iban pasando los números.

Me senté frente a su compañera, y me sometí a la presión alterna de los dedos índice, que siempre me ha dado un poco de grimilla. A mi izquierda había un niño de unos siete años sacándose el carné por vez primera y anotando, bajo la mirada impaciente de su padre, su nombre y los dígitos del número que definirá su existencia como ciudadano. 

En la mano que no empuñaba el bolígrafo llevaba un paquete de chucherías en las que se fijó la empleada que comprobaba mis datos: “Mírale, qué a gusto se va ahora, a comerse sus gusanitos. Pues no están ricos ni ná. Y a su edad puede ir comiéndoselos tan a gusto por la calle, porque lo que es a la mía…”. Rondaría los cincuenta años, viejunamente llevados. Entonces yo, que soy una rebelde tragaldabas que se resiste a abandonar los placeres de la niñez, le contesté: “¡Oye, pues yo los sigo comprando, y lo seguiré haciendo!” 

Era para animarla, para que viera que no hay fecha de caducidad para comer en público gusanitos, Aspitos, ositos de gominola, Chupa Chups, Fresquitos, Colajets y lo que se tercie, mientras que al paladar y a las muelas les apetezca. Como no la hay tampoco para montar en unos columpios -por favor, ayuntamientos, hacedlos un poco más anchos que se atasca el culo- corretear por el campo, ver películas de Disney o hacer peleas de almohadas. La infancia la llevamos dentro, solo hace falta vernos, a la mayoría, perder el sentido del ridículo cuando estamos delante de un bebé. Lo único que tenemos que hacer es abrirla, como los gusanitos, cada vez que se nos presente la ocasión, para que no caduque sin darnos cuenta. 

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El kilómetro

En el colegio, desde los doce años, nos mandaban hacer «el kilómetro» en la asignatura de educación física. Equivalía a cinco vueltas a buen ritmo alrededor de los jardines llenos de césped, de los árboles bien cuidados, de los bancos y de la estatua del fundador, que tenía cara beatífica y estaba rodeado de niños que lo adoraban.

Teníamos que tardar menos de cinco minutos. La primera vez sufrí la falta de fondo y a duras penas superé el reto. Era cansado, dolía. A veces, si no contaba para examen, algunos compañeros y yo cuando el profesor no estaba mirando y los de las otras clases, que estaban arriba dando mates, lengua o lo que fuera al abrigo de la calefacción, nos señalaban con el dedo y se partían de risa.

Ocho de la mañana, cinco grados mal desayunados. «Chicos, ¡a correr!» Y lo que parecía un abuso que me dejaba la garganta dolorida de no controlar la respiración y el flato pellizcándome la tripa se convirtió en rutina, y después en reto.

Nunca llegó a gustarme la tarea, pero después de varios entrenamientos empecé a notar que a partir de la cuarta vuelta las cosas mejoraban, que justo cuando creía que no podía más, que me iba a caer redonda, el cuerpo entraba en calor y se llenaba de una energía que le permitía flotar los metros que le faltaban. También percibí que mis piernas larguiruchas daban las zancadas más decididas, que iba más rápido con el mismo esfuerzo. Ya no me costaba aprobar, podía hacerlo con holgura.

Hace muchos de aquello. Ahora todo el mundo sale a hacer running, y yo ando. Deprisa, «un, dos; un dos», a ritmo de marcha. Pero ayer me entró el impulso, el hormigueo en los pies, y antes de darme cuenta me vi corriendo. No llegó al minuto, no sé si alcancé los 100 metros antes de volver al modo andarín. Y pensé que era curioso: la niña filiforme que corría quería ponerse a andar, y la joven andariega ahora va y se echa a correr. Tal vez un día me anime a hacer un kilómetro, y luego otro, y luego otro (y ahí paro de contar porque para maratones no estoy).

 

Puro teatro

Íbamos montados en el tren turístico que recorría la ciudad malagueña, y en la fila de delante una niña inglesa no dejaba de mirarme. Era apenas un bebé, no llegaría a los dos años, y tenía una barbilla diminuta y dos ojos azules que brillaban como burbujas gigantes en su rostro.

¿Qué es lo que hacía que mirara una y otra vez hacia atrás? ¿Quizá era mi gorro de paja, ese que, según mis cálculos, debía darme una apariencia distinguida, pero que, por lo que desvelaban algunas fotos, en ocasiones me hacía parecer un mariachi?

En una de las ocasiones en que la pillé fijando la vista en mí, le sonreí de vuelta, y entonces me puso una cara más furibunda que la de un león hambriento. Tenía fruncido todo: la barbilla, el ceño casi inapreciable, los ojos… Si hubiera estado al alcance de su mano, ¡tal vez me habría arreado un capón!

Decidí mantener la sonrisa, y se dio la vuelta, digna y compuesta. Pero a los dos segundos volvió, con la más angelical de las sonrisas, justo cuando yo tenía preparada mi cara de ñu.

Así transcurrió nuestro viaje, teatralizando la simpatía más empalagosa y la ira más peligrosa, y nos hicimos amigas sin palabras, al menos hasta que ella empezó a marearse y pasó a montar una plañidera opereta en el regazo de su madre.

Supercalifragilísticoespialidoso

Ayer llegué a casa y resultó que en el Disney Channel estaban echando Mary Poppins. Hacía años que no veía la película, aunque sí que había escuchado varias veces la banda sonora en el Spotify, y me sorprendieron escenas que tenía archivadas en un cajón muy recóndito de la memoria, como la de la merienda en el techo o la mujer de las palomas sentada en las escaleras de la catedral. 

Me encantó reencontrarme con los ojos azules de Julie Andrews y Dick Van Dyke, siempre prestos a la sonrisa, pero lo que más ilusión me hizo fue oír la palabra mágica de 32 letras, porque desde el Día del Libro le he adherido una nueva capa de significado, una trascendencia que antes no tenía.

El 23 de abril fui a la Fnac poco antes de que cerraran, y pululé por toda la planta librera, como suelo hacer siempre. Es mi sesión de reconocimiento en busca de alguna novela que me salte a los ojos. A. me iba siguiendo de estantería en estantería mientras se quejaba de que no podía mantener mi ritmo, de que voy demasiado rápido, pero es que a mí me divierte ese recorrido a vista de pájaro, ese intento de abarcarlo todo en poco tiempo. 

Esa vez ninguna obra cayó en mis manos por sorpresa, fui yo la que la sorprendió apostada en la letra “P” de la sección juvenil. Ya la tenía fichada. Se trata de Un hijo, de Alejandro Palomas, que me cautivó por su portada verde de cuaderno dentro de libro, en la que aparece un personaje que porta una llave esclarecedora de misterios y de cuya imaginación salen un sinfín de mariposas que están deseando echar a volar. 

Un hijo

Adoro las historias que tienen a niños como protagonistas, y Guille es uno de los más especiales que he conocido. Es sensible e inteligente y no le importa lo que los demás piensen de él. Sus ojos revelan a simple vista la actividad y la alegría de vivir propias de sus nueve años, pero su tutora detecta que bajo ese mar en calma hay un secreto: el iceberg, como ella dice. 

Por eso acude a la psicóloga del centro, para desentrañar lo que le ocurre a su alumno, para entender por qué nunca habla de su madre, por qué se refugia en la fantasía de Mary Poppins hasta el punto de querer ser ella, por qué al hablar de su padre hay tantos silencios, tantos rincones que la luz no alcanza.

Si queréis acercaros a Guille y entender sus porqués, comprad este libro y relajáos, porque os costará soltarlo. Sobre todo si, como él, habéis creído de niños en el poder de las palabras mágicas, en un supercalifragilísticoespialidoso que, más que una palabra, era una forma de hacer frente a la realidad. 

Enana malvada

Con algo menos de dos años, cuando me había resignado por fin a asumir la verticalidad y dejar de gobernar el mundo desde mi carrito, mi padre empezó a llevarme a la plaza del barrio. Era el punto de encuentro de todos los infantes y de sus progenitores, que, sentados a pleno sol sobre los inclementes bancos de madera, vigilaban a sus retoños a la par que intercambiaban vaguedades relacionadas con pupas, papillas, pomadas, pises y pañales. 

Mi padre albergaba la esperanza de que su niña gozara de un rato de esparcimiento y de que disfrutara de la interacción con sus coetáneos mientras él entablaba conversación con el menos pelma de los allí presentes. Sin embargo, yo no quería saber nada de pasar una tarde pacífica: la plaza era un ring de boxeo, y yo la combatiente que repartía hostias como panes a todos los seres de menos de un metro que se le pusieran por delante.

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¿Que el bebé de turno estaba jugando a arrastrar un cochecito? Se lo quitaba de las manos de un empellón. ¿Que aquella pequeñaja de las coletas llevaba un collar multicolor que atraía mi atención? En un santiamén me tenía aferrada a ella, tratando de arrancárselo a base de tirones.

No pasó mucho tiempo hasta que los moradores del banco de la plaza empezaron a susurrarse un acongojado “que viene Iraide, que viene Iraide” cada vez que nos oían llegar. De la misma teníamos que irnos por donde habíamos venido, mientras en casa se preguntaban por el origen de ese ramalazo macarra que me llevaba a propinar palizas, blasfemar en los comercios entre dementes carcajadas, destrozar los cuadernos de mi hermana y poner a prueba mi puntería a través del lanzamiento de biberón.

Todas aquellas fechorías me hicieron merecedora del título honorífico de “enana malvada”, aunque ahora ese bebé exaltado que llevo dentro tenga que conformarse con susurrarme sus irreverencias desde la barrera, no me vaya a delatar. 😀 

En el nombre del hijo

En Instagram han proliferado unos seres que me tienen en vilo y sin dar crédito a lo que ven mis ojos. Se trata de las mamás.

No madres, sino mamás. Con su eme bilabial y su tilde al final. Mujeres que adoran a sus bebés, con tilde en la “e”, y que no dudan en hacer público su arrobo retratando la evolución de sus vástagos desde que están en el interior de su barriga de balón, que mola mogollón. 

Los niños son fotografiados sin descanso. Son atacados por el flash mientras les dan el pecho, mientras toman el biberón, mientras duermen (incontables las fotos de infantes asobinados y con la boca abierta mientras se les cae la babilla), mientras les bañan, en su primer día de colegio, en la piscina durante las vacaciones, con el diente mellado a la espera del ratoncito Pérez, con la barbilla partida después de darse un topetazo, con la cara llena de tomate de los macarrones, con el disfraz de Frozen (auténtica plaga)…

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Las madres, mientras tanto, son el testigo que asiste al milagro de la vida y no pueden evitar compartirlo con sus seguidores. El día a día de la criatura se transforma así en un “show de Truman” que otras usuarias adoradoras de la maternidad no se resisten a juzgar a base de comentarios y de likes: ¿Todavía lleva pañales? ¿Cómo lo haces para poder con tantos hijos? Ay, ¡pero qué guapísimas las llevas siempre!

De esta forma, lo que en una vecina se habría considerado una indiscreción y una grosería se acepta de forma sumisa: Sí, es que el pobre por las noches bebe mucha agua y entonces le ponemos el “dodotis”, pero en seguida se lo vamos a quitar…

Al leer esos comentarios tan trascendentales es cuando me vienen a la cabeza los derechos del niño. ¿Que tu potestad recaiga sobre él te da derecho a airear su intimidad? ¿Qué opinará el churumbel cuando, años más tarde, descubra que sus hitos cotidianos, aquellos que solo deberían ser únicos y maravillosos para sus más allegados, eran retransmitidos a todo color allá por 2015?