Puro teatro

Íbamos montados en el tren turístico que recorría la ciudad malagueña, y en la fila de delante una niña inglesa no dejaba de mirarme. Era apenas un bebé, no llegaría a los dos años, y tenía una barbilla diminuta y dos ojos azules que brillaban como burbujas gigantes en su rostro.

¿Qué es lo que hacía que mirara una y otra vez hacia atrás? ¿Quizá era mi gorro de paja, ese que, según mis cálculos, debía darme una apariencia distinguida, pero que, por lo que desvelaban algunas fotos, en ocasiones me hacía parecer un mariachi?

En una de las ocasiones en que la pillé fijando la vista en mí, le sonreí de vuelta, y entonces me puso una cara más furibunda que la de un león hambriento. Tenía fruncido todo: la barbilla, el ceño casi inapreciable, los ojos… Si hubiera estado al alcance de su mano, ¡tal vez me habría arreado un capón!

Decidí mantener la sonrisa, y se dio la vuelta, digna y compuesta. Pero a los dos segundos volvió, con la más angelical de las sonrisas, justo cuando yo tenía preparada mi cara de ñu.

Así transcurrió nuestro viaje, teatralizando la simpatía más empalagosa y la ira más peligrosa, y nos hicimos amigas sin palabras, al menos hasta que ella empezó a marearse y pasó a montar una plañidera opereta en el regazo de su madre.

Anuncios

El gen airado

– Ama, el otro día le pegué tal grito al que quería colársenos en el tren turístico que me asusté hasta yo…

– ¿Hacía mucho calor?

– Sí, ¿y eso a qué viene?

– Mucho. El calor afecta al cerebro, te impide pensar. Por eso se cometen más asesinatos en lugares bochornosos.

– Bueno creo que esto no es comparable, igual es el gen airado que me viene la rama del abuelo…

– Puedes ser, hija, a mí también me sale a veces.

Desde que vi “Del Revés (Inside Out)”, no puedo dejar de representar a la ira en mi cabeza como ese señor tapujo y rojo que interpreta el papel de dicha emoción en la película.

Mi ira, normalmente, pasa un montón de horas aletargada. No es propensa a la acción, ya que tiendo a ser más bien zen y enfadarme requiere de un coste de activación que no estoy dispuesta a pagar.

Sin embargo, a veces a mi furia le da por indignarse, valga la redundancia, y brota como perro ladrador (aunque nunca mordedor) si un autobusero le cierra la puerta en las narices, si alguien se cuela en un trenecito o equivalente, si le interrumpen mucho mientras habla o si ve a un político mintiendo por la tele.

En todos esos ejemplos (menos en el último, ya que una pantalla de plasma es incapaz de oír a nadie) suelo arrepentirme del exabrupto y pedir perdón, si es que el acto de conciliación no me da demasiado apuro.

Luego está la ira mezclada con alegría, esas ganas de pasármelo pipa siendo un trasto que me hicieron merecedora del sobrenombre de “Ira, la enana malvada”.

Supongo que todo empezó en aquellos tiempos en que disfrutaba tirándole del pelo a mi hermana y diciendo a quien anduviera cerca que ella no podía comer golosinas porque llevaba aparato, pero hoy por hoy todavía me entran deseos de ejercer mi malevolencia poniendo en evidencia a la gente grosera que trata a los demás como si fueran sus esclavos o a esas señoras tan pijas que llaman a sus hijos Beltrán o Agapito.

Por supuesto, ejerzo el autocontrol: esas tentaciones me las guardo para cuando llego a casa, enciendo el ordenador y puedo escribir artículos como este que llega a su fin.