El derecho a sentir

El otro día se lió parda porque Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, confesaba a la escritora Maruja Torres que, si pudiera volver atrás en el tiempo, no se presentaría a la alcaldía y mantendría su “no” inicial.

Hubo quien la tildó de egoísta, y ella tuvo que insistir en que quería seguir al servicio de los ciudadanos madrileños y en que no ha perdido un ápice de su entusiasmo, todo por calmar a la ciudadanía.

Me da pena que tuviera que retractarse. Al fin y al cabo, ella no puede evitar sus sentimientos, y uno no sabe lo que se va a encontrar cuando acepta un puesto de trabajo, sea el que sea.

Al igual un panadero puede arrepentirse de haber aceptado el empleo en un obrador porque madruga demasiado y no puede llevar a sus hijos al colegio, y aún así disfrutar de la tarea de hornear el pan, o un maestro puede soñar con unas vacaciones en las Bermudas pero a la vez confía en su capacidad para encauzar a los rebeldes adolescentes, una alcaldesa puede encontrarse con muchas dificultades para gobernar, con un estrés que no esperaba y con menos energía de la que quisiera, y sin embargo seguir creyendo que su proyecto es lícito.

Feelings

¡Anda que no hay gente que ha dicho que, si pudiera volver al pasado, haría las cosas de otra manera! Y, sin embargo, una vez tomada la decisión, continúa porque es su voluntad o porque cree que es su deber. Lo que no entiendo es que un personaje público no pueda expresar cómo se siente, como si la única opción posible fuera “estoy feliz de alegrar la vida a los madrileños, aunque la oposición me haga la vida imposible de vez en cuando y en los medios me vituperen”.

Algo parecido le sucedió a Clara Lago en “El Hormiguero” cuando protestó por la manía que tienen sus fans de acercarse a ella para pedirle una foto. Dijo que lo que la molestaba era la falta de empatía y el hecho de que algunas personas pasaran a solicitarle el selfie de turno sin mediar ni un “hola”.

Creo que su protesta es harto comprensible, pero la afición se indignó y caldeó Twitter tachándola de desagradecida y de egocéntrica. Me gustaría a mí verlos a ellos tomando algo en una terraza mientras les interrumpen una y otra vez. 

En fin, que no creo que deba ser necesario andarse con pies de plomo para expresar lo que uno siente. Uno está en su derecho, lo otro es caer en lo políticamente correcto e intentar agradar a todo el mundo, y eso siempre va en detrimento de la persona que lo intenta, porque caer bien a todos es una empresa imposible. 

El último ejemplo que quiero citar es el de Elvira Lindo en su último libro, “Noches sin dormir”. Se trata de un diario en el que la autora deja constancia de su último invierno en Nueva York junto a su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina. 

Pues bien, lo que más me ha gustado de esta obra, aparte de que es un caleidoscopio lleno de fragmentos relacionados con la Gran Manzana, es que Elvira expone sus debilidades, sus neuroticismos y sus inseguridades. Confiesa sentir culpa, envidia o deseo de reconocimiento en determinados momentos y eso me agrada, porque a ciertas personas les cuesta asumir que albergan sentimientos “negativos” dentro de sí. 

Pero, ¿quién no ha experimentado ese tipo de emociones alguna vez? Reconocer que no somos perfectos, que nuestra compleja personalidad alberga zonas más oscuras que otras, es el primer paso hacia el hallazgo de las creencias que provocan los sentimientos que nos hacen daño y que, a veces, nos llevan a provocar daño en los demás.

Negarlos sería exigirnos una perfección que mejor les dejamos a los alados ángeles y a Chuck Norris. 😉