Bollo de mantequilla

La señora entra en la panadería y pide una barra de pan. Deja pasar dos instantes, y añade: “y un bollo”. Paga y se aleja despacio, arrancando con los dedos pedacitos del pastel y llevándoselos a la boca, uno tras otro. Su paladar se va llenando de azúcar y mantequilla, y la casa vacía de su estómago de la placidez de recibir una visita tan dulce, mientras fuera sigue lloviendo. 

La S

La “ese” salió sigilosa del alfabeto porque necesitaba un poco de sosiego. Les había solicitado a las letras restantes que guardaran silencio a la hora de la siesta, pero vocales y consonantes la habían desafiado con sus sonoras risotadas. Estaba visto que eran insoportables y que no sabían mantener la compostura.

 Se fue el sábado siete de septiembre a las seis de la tarde. Tardó un segundo en hacer la mochila, que cargó a su espalda sin mirar atrás. Su primer destino fue Estocolmo. Después, cuando se cansó de las islas suecas, se fue seseando a Sevilla, pero la abrasó el abrazo del sol.

 En los Alpes encontró su ansiado destino, y cerca del lago Constanza se casó con una “ese” alemana. Vivieron en simbiosis para siempre, haciendo eslalon sobre unos esquís que dibujaban serpenteantes surcos en la nieve.