Familia, Vida cotidiana

Enana malvada

Con algo menos de dos años, cuando me había resignado por fin a asumir la verticalidad y dejar de gobernar el mundo desde mi carrito, mi padre empezó a llevarme a la plaza del barrio. Era el punto de encuentro de todos los infantes y de sus progenitores, que, sentados a pleno sol sobre los inclementes bancos de madera, vigilaban a sus retoños a la par que intercambiaban vaguedades relacionadas con pupas, papillas, pomadas, pises y pañales. 

Mi padre albergaba la esperanza de que su niña gozara de un rato de esparcimiento y de que disfrutara de la interacción con sus coetáneos mientras él entablaba conversación con el menos pelma de los allí presentes. Sin embargo, yo no quería saber nada de pasar una tarde pacífica: la plaza era un ring de boxeo, y yo la combatiente que repartía hostias como panes a todos los seres de menos de un metro que se le pusieran por delante.

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¿Que el bebé de turno estaba jugando a arrastrar un cochecito? Se lo quitaba de las manos de un empellón. ¿Que aquella pequeñaja de las coletas llevaba un collar multicolor que atraía mi atención? En un santiamén me tenía aferrada a ella, tratando de arrancárselo a base de tirones.

No pasó mucho tiempo hasta que los moradores del banco de la plaza empezaron a susurrarse un acongojado “que viene Iraide, que viene Iraide” cada vez que nos oían llegar. De la misma teníamos que irnos por donde habíamos venido, mientras en casa se preguntaban por el origen de ese ramalazo macarra que me llevaba a propinar palizas, blasfemar en los comercios entre dementes carcajadas, destrozar los cuadernos de mi hermana y poner a prueba mi puntería a través del lanzamiento de biberón.

Todas aquellas fechorías me hicieron merecedora del título honorífico de “enana malvada”, aunque ahora ese bebé exaltado que llevo dentro tenga que conformarse con susurrarme sus irreverencias desde la barrera, no me vaya a delatar. 😀 

Familia, Vida cotidiana

En el nombre del hijo

En Instagram han proliferado unos seres que me tienen en vilo y sin dar crédito a lo que ven mis ojos. Se trata de las mamás.

No madres, sino mamás. Con su eme bilabial y su tilde al final. Mujeres que adoran a sus bebés, con tilde en la “e”, y que no dudan en hacer público su arrobo retratando la evolución de sus vástagos desde que están en el interior de su barriga de balón, que mola mogollón. 

Los niños son fotografiados sin descanso. Son atacados por el flash mientras les dan el pecho, mientras toman el biberón, mientras duermen (incontables las fotos de infantes asobinados y con la boca abierta mientras se les cae la babilla), mientras les bañan, en su primer día de colegio, en la piscina durante las vacaciones, con el diente mellado a la espera del ratoncito Pérez, con la barbilla partida después de darse un topetazo, con la cara llena de tomate de los macarrones, con el disfraz de Frozen (auténtica plaga)…

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Las madres, mientras tanto, son el testigo que asiste al milagro de la vida y no pueden evitar compartirlo con sus seguidores. El día a día de la criatura se transforma así en un “show de Truman” que otras usuarias adoradoras de la maternidad no se resisten a juzgar a base de comentarios y de likes: ¿Todavía lleva pañales? ¿Cómo lo haces para poder con tantos hijos? Ay, ¡pero qué guapísimas las llevas siempre!

De esta forma, lo que en una vecina se habría considerado una indiscreción y una grosería se acepta de forma sumisa: Sí, es que el pobre por las noches bebe mucha agua y entonces le ponemos el “dodotis”, pero en seguida se lo vamos a quitar…

Al leer esos comentarios tan trascendentales es cuando me vienen a la cabeza los derechos del niño. ¿Que tu potestad recaiga sobre él te da derecho a airear su intimidad? ¿Qué opinará el churumbel cuando, años más tarde, descubra que sus hitos cotidianos, aquellos que solo deberían ser únicos y maravillosos para sus más allegados, eran retransmitidos a todo color allá por 2015?