A última hora

Ir a la copistería o a Correos y Telégrafos (siempre me ha gustado esta palabra arcaica y viejuna) es una lección de paciencia, sobre todo si quieres imprimir o mandar algo a última hora, como suele ser el caso el 95% de las veces.

Para empezar, debes aprender que el número de personas que hay a la cola no es una variable fiable a la hora de descubrir cuánto tardarás en realizar la transacción de turno. Tener a dos personas delante no significará tardar menos que tener ante ti a cinco, o a diez. Cinco personas que quieren fotocopiar su DNI o su cartilla no se eternizan tanto como un arquitecto que solicita que le reproduzcan unos planos en la impresora gigante o un chico que, por aviesas intenciones del destino, debe escanear 20 documentos en PDF.

Como ando con el modo zen activado, pensé que aquello podía ser una extraordinaria lección de paciencia, una espera que me elevaría a la categoría de monje budista. Traté de no tamborilear con los dedos ni zapatear con los pies, hice un esfuerzo ímprobo por no consultar la hora cada dos por tres y dejé las uñas quietas con harta dificultad porque me las estoy dejando crecer.

Al final, cuarenta minutos más tarde de haber entrado en el local, salí triunfal con mi botín, y me dirigí a Correos.  «Allí la cosa no estará tan fastidiada, hay más gente trabajando. Además, cuentan con el sistema de coger número», pensé.

¡Ja y requetejá, ingenua de mí! Dentro de la oficina había tanta gente que, de haber estado en la calle, nos habrían detenido por manifestarnos sin permiso. Uno de los mostradores lucía un «Cerrado» que me cayó bien gordo, porque ralentizaba bastante el proceso. Otro lo gestionaba una señora a la que la informática había tomado el pelo porque le dejaba mandar cartas ni paquetes.

Menos mal que en los dos mostradores restantes había dos ángeles de la guarda que hacían lo que podían, desde cantar los números cual si estuvieran en el bingo hasta explicar con paciencia todos los pormenores de los envíos más complejos.

Gracias a una de ellas, mi pedido llegó a tiempo a su destino, certificado y urgente, y a última hora (como el 95% de las veces).

Para ser copiloto de primera…

“Cuando más a gusto voy es cuando tú estás leyendo, absorta”.Vaya, eso era un “me gustas cuando callas porque estás como ausente” en toda regla. Siempre me ha ofendido ese verso, y ahora era Novio quien me lo lanzaba desde el volante del coche.

¿Acaso no era una dulce compañía que salpicaba los kilómetros con bromas sobre los nombres de los pueblos, o con chascarrillos sobre tal o cual noticia? ¿Es que no le gustaba la forma en que le acercaba las gafas y las volvía a colocar en la guantera? ¿Tan mal estaba leyendo el mapa que nos conduciría a nuestro destino? Bueno, eso dejémosolo aparte.

¿O se estaría refiriendo a otra cosa? Me detuve a pensar en los últimos cien kilómetros de trayecto. No había hecho más que alertarle, repetidas veces, de que debía reducir la velocidad porque lo acometía un bache. También le había rogado precaución porque un gilipollas (con perdón) se empeñaba en no dejarse adelantar. Había jurado en arameo cuando un conductor que iba a velocidad anormalmente reducida empezó a crear tapón en una autovía ya de por sí rellenita de vehículos. Había imprecado contra toda aquella persona o cosa que fuera con exceso de velocidad, es decir, contra todos aquellos que nos adelantaran.

“Cuando más a gusto voy es cuando tú estás leyendo, absorta”. No es una frase muy romántica, pero caí en la cuenta de que yo, al igual que él, iba mucho más feliz y relajada enganchada a mi libro, sin enterarme de nada. 

No te pierdas esta tira de “Moderna de Pueblo”, ilustra muy bien la relación copiloto-conductor: