Gastronomía, Humor, Vida cotidiana

Toma mucha fruta, mucha fruta fresca

Siento haber aludido a Bom Bom Chip. Es que los Reyes Magos me han traído una zumera. 

Sí, zumera, máquina de hacer zumos. No confundir con “zumbera” (bailarina de Zumba) o con “rumbera” (Melody).

La zumera ha sido regalo de padres, que me quieren bien. Cuando vi el paquete rectangular pensé que era una muñeca tamaño real, de tan grande como era. Y es que es un aparato que parece venido del futuro, en serio, como un robot.

Hasta se desmonta en multitud de piezas, todas ellas lavables, para que luego tú las recoloques a tu gusto y lo transformes en un bólido o en un cohete espacial (bueno, esto me lo estoy inventando). 

Su regalo ha sido una forma “sutil” de decirme que debo incorporar la fruta (y no vale el guacamole de los nachos) a mi dieta. Ellos se han convertido a la religión de los jugos de apio, zanahoria y manzana, y me han invitado a adherirme con un trasto tan vanguardista que hasta te evita la engorrosa pulpa de las naranjas.

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Les estoy muy agradecida, aunque ahora vivo bajo vigilancia vitamínica: “¿Ya te haces los zumos?” “¡Hay que tomarlos todos los días!” “¡No digas que desmontar y fregar te da pereza!” “Mira, hoy hemos probado una mezcla de mandarina, nectarina y uva que está buenísima!” 

O la última, cuando les pido que dejen de interrogarme: “¡La fruta es fuente de salud!” 

“¡Y vosotros de cansinismo!”, contesto yo. “¿Me veis cara de Fruiti?”

Pero, aún así, les estoy muy agradecida por tener en casa esa zumera que me permite cuidar de mi salud, fabricar cócteles y fardar de haberme comido tres naranjas, dos kiwis y una pera sin tener que ir corriendo al baño después. 🙂

Familia, Vida cotidiana

Enana malvada

Con algo menos de dos años, cuando me había resignado por fin a asumir la verticalidad y dejar de gobernar el mundo desde mi carrito, mi padre empezó a llevarme a la plaza del barrio. Era el punto de encuentro de todos los infantes y de sus progenitores, que, sentados a pleno sol sobre los inclementes bancos de madera, vigilaban a sus retoños a la par que intercambiaban vaguedades relacionadas con pupas, papillas, pomadas, pises y pañales. 

Mi padre albergaba la esperanza de que su niña gozara de un rato de esparcimiento y de que disfrutara de la interacción con sus coetáneos mientras él entablaba conversación con el menos pelma de los allí presentes. Sin embargo, yo no quería saber nada de pasar una tarde pacífica: la plaza era un ring de boxeo, y yo la combatiente que repartía hostias como panes a todos los seres de menos de un metro que se le pusieran por delante.

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¿Que el bebé de turno estaba jugando a arrastrar un cochecito? Se lo quitaba de las manos de un empellón. ¿Que aquella pequeñaja de las coletas llevaba un collar multicolor que atraía mi atención? En un santiamén me tenía aferrada a ella, tratando de arrancárselo a base de tirones.

No pasó mucho tiempo hasta que los moradores del banco de la plaza empezaron a susurrarse un acongojado “que viene Iraide, que viene Iraide” cada vez que nos oían llegar. De la misma teníamos que irnos por donde habíamos venido, mientras en casa se preguntaban por el origen de ese ramalazo macarra que me llevaba a propinar palizas, blasfemar en los comercios entre dementes carcajadas, destrozar los cuadernos de mi hermana y poner a prueba mi puntería a través del lanzamiento de biberón.

Todas aquellas fechorías me hicieron merecedora del título honorífico de “enana malvada”, aunque ahora ese bebé exaltado que llevo dentro tenga que conformarse con susurrarme sus irreverencias desde la barrera, no me vaya a delatar. 😀