Para ser copiloto de primera…

“Cuando más a gusto voy es cuando tú estás leyendo, absorta”.Vaya, eso era un “me gustas cuando callas porque estás como ausente” en toda regla. Siempre me ha ofendido ese verso, y ahora era Novio quien me lo lanzaba desde el volante del coche.

¿Acaso no era una dulce compañía que salpicaba los kilómetros con bromas sobre los nombres de los pueblos, o con chascarrillos sobre tal o cual noticia? ¿Es que no le gustaba la forma en que le acercaba las gafas y las volvía a colocar en la guantera? ¿Tan mal estaba leyendo el mapa que nos conduciría a nuestro destino? Bueno, eso dejémosolo aparte.

¿O se estaría refiriendo a otra cosa? Me detuve a pensar en los últimos cien kilómetros de trayecto. No había hecho más que alertarle, repetidas veces, de que debía reducir la velocidad porque lo acometía un bache. También le había rogado precaución porque un gilipollas (con perdón) se empeñaba en no dejarse adelantar. Había jurado en arameo cuando un conductor que iba a velocidad anormalmente reducida empezó a crear tapón en una autovía ya de por sí rellenita de vehículos. Había imprecado contra toda aquella persona o cosa que fuera con exceso de velocidad, es decir, contra todos aquellos que nos adelantaran.

“Cuando más a gusto voy es cuando tú estás leyendo, absorta”. No es una frase muy romántica, pero caí en la cuenta de que yo, al igual que él, iba mucho más feliz y relajada enganchada a mi libro, sin enterarme de nada. 

No te pierdas esta tira de “Moderna de Pueblo”, ilustra muy bien la relación copiloto-conductor:

El tanatófono

Don José llevaba diez años criando malvas cuando un ruido lo despertó de su letargo.

–¡Por todos los santos! ¿Qué es este sonido que perturba mi descanso eterno? –bramó dentro del ataúd.

–Son las dichosas obras –contestó la señora Águeda desde la tumba vecina–, van a colocar una red de teléfonos, o algo así.

–¿En el cementerio? –respondió José–. Pues de mucho les va a servir, con este silencio sepulcral.

No tardaron en descubrir de qué se trataba todo aquello. Estaban instalando unos modernísimos aparatos para que los vivos pudieran hablar con los muertos. Tanatófonos, los llamaban.

dead-phone

Para su desgracia, don José fue el primero en probarlos. Doña Eulalia, su viuda, llevaba dos horas esperando a que abrieran las puertas del camposanto para poder hablar con él:

–¡Pepe, cariño! ¿Me oyes bien? –gritó la mujer.

–¡Eulalia, no hace falta que me chilles! ¡Estoy muerto, no sordo!

–Pues lo parece, con lo que has tardado en contestar. ¡Encima de que te he traído flores por tu aniversario!

–¿Aniversario? ¿Tanto tiempo ha pasado desde que me morí?

–Una década llevas ahí tumbao, ¡so vago! Aunque tampoco es que hicieras mucho cuando vivías, todo el día en el bar, o ligándote al pendón desorejado de Petra.

–Oye, Eulalia, ¡yo para reproches no estoy!

–Veo que no has cambiado, Pepe. Y pensar que en tu funeral te puse por las nubes, ¡en fin! Vaya pérdida de tiempo, el que pasé a tu lado.

–Pues yo no volvería contigo ni muerto.

–¿Qué has dicho?

–Nada, que te oigo fatal. Debe de ser la cobertura.

–¿Qué dices de que no me oyes? ¡Peeeepeee…! ¡Joder con el chisme este de mierda, lo he perdido! Menuda la reclamación que les voy a poner.

Doña Eulalia volvió muchas veces a la tumba de su difunto marido, pero, por muchas reclamaciones que puso, don José siempre comunicaba. “Este no me quiere responder, este se hace el sueco”, pensaba ella. “Pero ya verá, ya, cuando nos unamos en la eternidad. Ahí ya no habrá tanatófono que nos separe”.