Humor, Personal

Afirmativo

Cuando me explican algo, tiendo a asentir con la cabeza. Repetidas veces, a intervalos de una vez cada cinco segundos, más o menos. Es mi forma de procesar los datos que llegan a mis neuronas, de remover las sinapsis como si estuviera preparando un rico cóctel. Desde fuera, parezco el brazo de ese gato que colocan en todos los restaurantes chinos.

El problema es que esta costumbre mía suele provocar confusión, ya sea en petit comité, en visitas guiadas o en clases magistrales. Cuando escucho con plena atención al tiempo que inclino la barbilla ora arriba ora abajo, quien habla piensa que sé mucho de lo que está diciendo, sea el cultivo de setas transgénicas, la reproducción de las estrellas de mar o el último libro de Paulo Coelho. Entonces, corta de golpe su discurso y me lanza la tan temida pregunta:

– Tú sabes mucho de esto, ¿verdad? Se ve que controlas del tema.

En esos momentos, me entran ganas de volatilizarme y fusionarme con el entorno colindante:

– No -contesto-, solo estaba escuchándote atenta.

– Como estás venga a mover la cabeza…

“¿Entonces, nadie más lo hace?”, me pregunto yo. Parece que no, que pueden mantener quieta la testa e interiorizar la información a la vez. Seguro que padecen menos dolor cervical.

Humor, Personal

De aventuras

“Me voy de aventuras”. Esta es la frase con la que, de bebé, me lanzaba a explorar mi mundo, limitado a las cuatro manzanas que rodeaban la plaza de mi barrio. Mi padre me seguía a una distancia prudencial pero yo creía, ingenua, que estaba sola y que era una descubridora.

Ese espíritu todavía no me ha abandonado. El otro día, sin ir más lejos, sentí la llamada de la aventura cuando, después de dormir diez horas del tirón en esa cama que te succiona, me desperté en mi pueblo con un móvil que no tenía batería ni un cargador que lo reviviera. 

Como todavía faltaban varias horas para que Novio volviera y fuera el cielo estaba tan raso que daban ganas de escribir sobre él con tinta de nube, me lancé a la calle desconectada y con ese cosquilleo que te da el echarte a andar sin rumbo. 

Mi primera parada fue la librería, donde me hice con el cuaderno y un boli por si me entraban ganas de emborronar el papel en algún banco del paseo de la playa. Mis esperanzas se vieron truncadas por el sol que, a cada paso, iba posando sus rayos láser sobre mi cabeza y sobre la telaraña de sombrillas que tapaba la arena. 

Además, tuve que enfrentarme con un botellín de agua y un paquete de palomitas a las serpientes de la inanición y la sed supina, que se iban abriendo paso por mi estómago y mi boca. Al ritmo de los tragos y de las migas que iba esparciendo sobre mi camiseta, llegué al paseo de la ría, donde al fin encontré un banco y una arbolada sombra que me cobijase.

Allí pasé una hora dibujando vocales, consonantes, comas y puntos, solo interrumpidos para contemplar las barquichuelas que, con la marea baja, se fusionaban con el musgo y las rocas del fondo.

Luego, volvió a entrarme el hambre. No sabía qué hora era -mi único reloj es el del móvil-, pero tenía claro que era un momento propicio para rellenar el buche de algo apetitoso y, a ser posible, gargantuesco. El bocadillo de lomo con pimientos verdes cumplió su función de manera notable, y el helado del camino de vuelta fue el dorado broche de una jornada exploradora.

Así iba yo, tan campante, volviendo a gozar de las vistas a la playa, donde la marea empezaba a subir, cuando vi a Novio esperándome en el paseo con cara de intenso alivio.

-¡Por fin te encuentro!

Yo recibí feliz ese estallido de alegría al verme, hasta que descubrí el lío que se había organizado a cuenta de mi afán andarín. Novio no tenía llaves, ni forma de contactarme, y se preocupó cuando llamó a casa y yo no contesté. Para colmo, todavía no había comido, e iban a dar las cinco de la tarde.

En mi defensa que luego le invité a un ingente plato combinado de huevos con patatas y jamón que intercaló con una revitalizante dosis de azúcar cocacolero. Eso, y que la aventura me puede.

Humor, Vida cotidiana

Las Iraides

El día de mi cumpleaños, mi hermana me regaló una placa decorativa que rezaba así: “Algunos errores son demasiado divertidos como para cometerlos solo una vez”.

Me dijo que era un homenaje a “mis Iraides”, y yo pensé: “Ten hermanas pa’ esto”, al tiempo que me veía obligada a darle la razón.

Las “Iraides” ya se han convertido en marca registrada en el ámbito amistoso y familiar, y se definen por ser torpezas involuntarias que perpetra la aquí escribiente y que suelen suscitar incredulidad y carcajadas, por este orden.

Los años han hecho que la lista de “Iraides” se extienda como las alergias en primavera, hasta el punto de que ya se pueden clasificar en varias categorías. Con todo, la mayor parte tienen que ver con la localización de mi cuerpo con respecto a los elementos que me rodean.

Así, no es difícil verme con la manga de la bata enganchada a la manilla de la puerta, clavándome el pico de la mesilla en la espinilla o cambiando los canales con el culo al haber aplastado sin querer el mando de la tele.

Cuando consigo sujetar los objetos con las manos tampoco mejora la cosa. No sé por qué, cuando los agarro les entra un ansia irrefrenable de libertad y se lanzan al suelo, ya sean tenedores, llaves o monedas de algún bolso que se había dejado la cremallera abierta (y que he cogido del revés, todo sea dicho). Soy como ese vecino que echa a rodar una canica, pero con un repetorio sonoro más variado.

Steve Urkel

Mi última “Iraide” memorable tuvo lugar hace un par de semanas, cuando fui a una galería en la que una buena amiga exponía uno de sus cuadros. Cuando terminamos la visita, mis colegas y yo estuvimos charlando con un grupo de conocidos en la entrada, donde nos obsequiaron con un refresco y con canapés que pasaban sigilosos por nuestro lado subidos a sus bandejas.

Yo sostenía mi Coca-Cola con la mano izquierda a la par que con la derecha asía mi abrigo, un bolso lleno de libros, el móvil y un pinchito de jamón al que le iba dando mordiscos. Tal era la cantidad de estímulos y el peso desproporcionado de una parte de mi cuerpo, que no me percaté de que mi vaso empezaba a estar paralelo al suelo y vertía su contenido marrón en mitad de nuestro corrillo. 

Mi amigo D., uno de los que más celebra mis hazañas, no tardó en encontrar el comentario adecuado para la situación (“hija, si no te sabe bien la bebida tampoco hace falta que la tires”), al tiempo que mi colega P. se dirigía al camarero para que solventara el desaguisado. Yo me quedé inmóvil, por si acaso se me caía algo más.

De todos modos, esta “Iraide” se queda corta si la comparo con otras pretéritas que suelen ser motivo de holganza en cumpleaños y demás eventos sociales. ¿Cómo olvidar aquella vez que, al ir a sacarme una foto, eché hacia atrás la silla sin percatarme del escalón que tenía detrás, y rodé asida a mi asiento sobre el parqué del bar? ¿O aquel viaje de fin de curso en el que pretendí verter agua de un bidón de cinco litros sin haberle quitado el tapón, y solo me di cuenta de lo que pasaba cuando ya tenía media botella dentro del pobre vaso?

¡Que tiemble Mr. Bean! 😀