Humor, Personal, Recuerdos, Reflexiones, Vida cotidiana

El kilómetro

En el colegio, desde los doce años, nos mandaban hacer «el kilómetro» en la asignatura de educación física. Equivalía a cinco vueltas a buen ritmo alrededor de los jardines llenos de césped, de los árboles bien cuidados, de los bancos y de la estatua del fundador, que tenía cara beatífica y estaba rodeado de niños que lo adoraban.

Teníamos que tardar menos de cinco minutos. La primera vez sufrí la falta de fondo y a duras penas superé el reto. Era cansado, dolía. A veces, si no contaba para examen, algunos compañeros y yo cuando el profesor no estaba mirando y los de las otras clases, que estaban arriba dando mates, lengua o lo que fuera al abrigo de la calefacción, nos señalaban con el dedo y se partían de risa.

Ocho de la mañana, cinco grados mal desayunados. «Chicos, ¡a correr!» Y lo que parecía un abuso que me dejaba la garganta dolorida de no controlar la respiración y el flato pellizcándome la tripa se convirtió en rutina, y después en reto.

Nunca llegó a gustarme la tarea, pero después de varios entrenamientos empecé a notar que a partir de la cuarta vuelta las cosas mejoraban, que justo cuando creía que no podía más, que me iba a caer redonda, el cuerpo entraba en calor y se llenaba de una energía que le permitía flotar los metros que le faltaban. También percibí que mis piernas larguiruchas daban las zancadas más decididas, que iba más rápido con el mismo esfuerzo. Ya no me costaba aprobar, podía hacerlo con holgura.

Hace muchos de aquello. Ahora todo el mundo sale a hacer running, y yo ando. Deprisa, «un, dos; un dos», a ritmo de marcha. Pero ayer me entró el impulso, el hormigueo en los pies, y antes de darme cuenta me vi corriendo. No llegó al minuto, no sé si alcancé los 100 metros antes de volver al modo andarín. Y pensé que era curioso: la niña filiforme que corría quería ponerse a andar, y la joven andariega ahora va y se echa a correr. Tal vez un día me anime a hacer un kilómetro, y luego otro, y luego otro (y ahí paro de contar porque para maratones no estoy).

 

Humor, Música, Recuerdos, Vida cotidiana

Salvada por la música

Ayer, mientras preparaba una presentación al tiempo que escuchaba a Rafa Pons a través de Spotify, me pregunté cómo había superado las largas (y a veces tediosas) jornadas de deberes en el colegio: derivadas e integrales, frases para traducir al euskera, actividades de rellenar huecos en inglés, formulación química, perspectivas isométricas… ¿Cómo narices había llevado eso a cabo sin rechistar?

Una de las razones era la presión, la imposibilidad de dejarlo para más tarde. La fecha límite para cualquier cosa no estaba en el horizonte, sino que solía ser el día siguiente a cuando nos la habían mandado. Eso generaba una sensación de ahogo permanente, pero desde el inicio del curso nos advertían de que “así es la vida, muchachos, así que abstenéos de protestar”.

Otra de las causas era el entretenimiento en pequeñas dosis: el recuerdo de la payasada de un compañero de clase, las visitas al cajón del chocolate, las ocasionales interrupciones para charlar un rato a través del Messenger, la llamada de una amiga, la aparición de mi padre o mi de madre para avisarme de que la cena estaba lista… Todo eso le daba vidilla a mi enclaustramiento vespertino.

Pero el otro motivo, el que de verdad me permitía atravesar aquellas escarpadas horas de tareas escolares sin sufrir en exceso, no era otro que la melodiosa voz de los cantantes que me ofrecían sus letras a través de la radio, las palabras de ánimo de los locutores o la repetición en bucle del disco de Ismael Serrano, de Silvio Rodríguez, de Christina Aguilera o de Operación Triunfo (siempre he sido un poco ecléctica en mis gustos musicales).

De no ser por la música, no sé si habría sobrevivido.

Familia, Vida cotidiana

Enana malvada

Con algo menos de dos años, cuando me había resignado por fin a asumir la verticalidad y dejar de gobernar el mundo desde mi carrito, mi padre empezó a llevarme a la plaza del barrio. Era el punto de encuentro de todos los infantes y de sus progenitores, que, sentados a pleno sol sobre los inclementes bancos de madera, vigilaban a sus retoños a la par que intercambiaban vaguedades relacionadas con pupas, papillas, pomadas, pises y pañales. 

Mi padre albergaba la esperanza de que su niña gozara de un rato de esparcimiento y de que disfrutara de la interacción con sus coetáneos mientras él entablaba conversación con el menos pelma de los allí presentes. Sin embargo, yo no quería saber nada de pasar una tarde pacífica: la plaza era un ring de boxeo, y yo la combatiente que repartía hostias como panes a todos los seres de menos de un metro que se le pusieran por delante.

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¿Que el bebé de turno estaba jugando a arrastrar un cochecito? Se lo quitaba de las manos de un empellón. ¿Que aquella pequeñaja de las coletas llevaba un collar multicolor que atraía mi atención? En un santiamén me tenía aferrada a ella, tratando de arrancárselo a base de tirones.

No pasó mucho tiempo hasta que los moradores del banco de la plaza empezaron a susurrarse un acongojado “que viene Iraide, que viene Iraide” cada vez que nos oían llegar. De la misma teníamos que irnos por donde habíamos venido, mientras en casa se preguntaban por el origen de ese ramalazo macarra que me llevaba a propinar palizas, blasfemar en los comercios entre dementes carcajadas, destrozar los cuadernos de mi hermana y poner a prueba mi puntería a través del lanzamiento de biberón.

Todas aquellas fechorías me hicieron merecedora del título honorífico de “enana malvada”, aunque ahora ese bebé exaltado que llevo dentro tenga que conformarse con susurrarme sus irreverencias desde la barrera, no me vaya a delatar. 😀