El tanatófono

Don José llevaba diez años criando malvas cuando un ruido lo despertó de su letargo.

–¡Por todos los santos! ¿Qué es este sonido que perturba mi descanso eterno? –bramó dentro del ataúd.

–Son las dichosas obras –contestó la señora Águeda desde la tumba vecina–, van a colocar una red de teléfonos, o algo así.

–¿En el cementerio? –respondió José–. Pues de mucho les va a servir, con este silencio sepulcral.

No tardaron en descubrir de qué se trataba todo aquello. Estaban instalando unos modernísimos aparatos para que los vivos pudieran hablar con los muertos. Tanatófonos, los llamaban.

dead-phone

Para su desgracia, don José fue el primero en probarlos. Doña Eulalia, su viuda, llevaba dos horas esperando a que abrieran las puertas del camposanto para poder hablar con él:

–¡Pepe, cariño! ¿Me oyes bien? –gritó la mujer.

–¡Eulalia, no hace falta que me chilles! ¡Estoy muerto, no sordo!

–Pues lo parece, con lo que has tardado en contestar. ¡Encima de que te he traído flores por tu aniversario!

–¿Aniversario? ¿Tanto tiempo ha pasado desde que me morí?

–Una década llevas ahí tumbao, ¡so vago! Aunque tampoco es que hicieras mucho cuando vivías, todo el día en el bar, o ligándote al pendón desorejado de Petra.

–Oye, Eulalia, ¡yo para reproches no estoy!

–Veo que no has cambiado, Pepe. Y pensar que en tu funeral te puse por las nubes, ¡en fin! Vaya pérdida de tiempo, el que pasé a tu lado.

–Pues yo no volvería contigo ni muerto.

–¿Qué has dicho?

–Nada, que te oigo fatal. Debe de ser la cobertura.

–¿Qué dices de que no me oyes? ¡Peeeepeee…! ¡Joder con el chisme este de mierda, lo he perdido! Menuda la reclamación que les voy a poner.

Doña Eulalia volvió muchas veces a la tumba de su difunto marido, pero, por muchas reclamaciones que puso, don José siempre comunicaba. “Este no me quiere responder, este se hace el sueco”, pensaba ella. “Pero ya verá, ya, cuando nos unamos en la eternidad. Ahí ya no habrá tanatófono que nos separe”.

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Cuando Lunes se fue

Me encontré a Lunes en el recibidor de casa, cruzado de brazos en un rincón.

– ¿Se puede saber qué te pasa? -le pregunté.

– ¡Estoy cansado!

– Anda, ¡y yo! Cansada que te pases el día quejándote de tus obligaciones.

– ¡Pues búscate a otro! -respondió con acritud, mientras salía del piso dando un portazo.

Al cabo de una semana, el mensajero me hizo llegar el nuevo lunes que había encargado. Lustroso y lleno de energía, Lunes II salió de su envoltorio y me empujó a la calle con la ropa de correr: unas ridículas mallas negras y una camiseta térmica color canario.

– ¿A qué esperas? -me azuzó-. Hoy te toca batir tu anterior meta de tres kilómetros y medio. 

Cuando regresé a casa, oxidada y sin resuello, me obligó a tomar una ducha de agua fría y a beberme cinco manzanas licuadas, que a punto estuvieron de provocarme un cólico.

Camino del trabajo, trató de entretenerme con un discurso sobre la importancia del optimismo, pero mi mente hurgaba en el recuerdo de aquel perezoso lunes, que tal vez nunca volvería a tocarme la puerta.