Toma mucha fruta, mucha fruta fresca

Siento haber aludido a Bom Bom Chip. Es que los Reyes Magos me han traído una zumera. 

Sí, zumera, máquina de hacer zumos. No confundir con “zumbera” (bailarina de Zumba) o con “rumbera” (Melody).

La zumera ha sido regalo de padres, que me quieren bien. Cuando vi el paquete rectangular pensé que era una muñeca tamaño real, de tan grande como era. Y es que es un aparato que parece venido del futuro, en serio, como un robot.

Hasta se desmonta en multitud de piezas, todas ellas lavables, para que luego tú las recoloques a tu gusto y lo transformes en un bólido o en un cohete espacial (bueno, esto me lo estoy inventando). 

Su regalo ha sido una forma “sutil” de decirme que debo incorporar la fruta (y no vale el guacamole de los nachos) a mi dieta. Ellos se han convertido a la religión de los jugos de apio, zanahoria y manzana, y me han invitado a adherirme con un trasto tan vanguardista que hasta te evita la engorrosa pulpa de las naranjas.

Minion fruits

Les estoy muy agradecida, aunque ahora vivo bajo vigilancia vitamínica: “¿Ya te haces los zumos?” “¡Hay que tomarlos todos los días!” “¡No digas que desmontar y fregar te da pereza!” “Mira, hoy hemos probado una mezcla de mandarina, nectarina y uva que está buenísima!” 

O la última, cuando les pido que dejen de interrogarme: “¡La fruta es fuente de salud!” 

“¡Y vosotros de cansinismo!”, contesto yo. “¿Me veis cara de Fruiti?”

Pero, aún así, les estoy muy agradecida por tener en casa esa zumera que me permite cuidar de mi salud, fabricar cócteles y fardar de haberme comido tres naranjas, dos kiwis y una pera sin tener que ir corriendo al baño después. 🙂

El caso es andar

De un tiempo a esta parte salgo a la calle con el propósito de “ir a andar”. Es que quiero ser una persona de bien, de esas que no se anquilosan. Es que si no noto las articulaciones contraídas y contrariadas, y me siento viejuna y culpable por moverme poco. 

Pero luego, cuando piso la calle con mis leggings negros, el moño y la sudadera que lleva estampado el nombre de la uni donde cursé el Erasmus, lo de “ir a andar” se convierte en “Paseando a Miss Daisy”.  

Ampelmann verde

De 120 decididos pasos por minuto, de esos de llevar el ceño fruncido a lo Pablo Iglesias y cara de comerme el mundo y las calorías de la merienda, paso a una media de 40, que suelen tender a cero en cuanto piso una librería, esa luz de palabras por la que me siento atraída cual polilla. No tengo remedio.

Las veces que consigo pasear lo suficiente, me dedico a observar y a reflexionar. Dicen los que saben de estas cosas que las ideas afloran en esos momentos en los que dejas que tu mente vague libre mientras tus pies vagabundean por las calles de tu ciudad, pero a mí no me sale muy allá. Cuando mi mente vaga, pasa de un tema a otro más rápido que en una partida de Trivial Pursuit. 

Si quiero pensar en algo, entonces tengo que mirar al suelo y sus baldosas, volver a fruncir el ceño a lo Pablo Iglesias, meter las manos en los bolsillos y rezar por que no haya restos de colillas y escupitajos que me distraigan.

¡El caso es andar! 🙂