Humor, Reflexiones, Vida cotidiana

Carta a un gorrión

Querido gorrión:

Gracias por acercarte a este banco, aunque sea por el interés. No lo niegues, me lo ha chivado un pajarito, y no me refiero a tu compadre Twitter. Sé que tienes hambre. Ya somos dos. Abres tu piquito de oro y dejas salir esa lengua diminuta y triangular que tanta gracia me hace mientras ahuecas tu plumaje parduzco y blanco.

Tienes ojillos de listo y no paras de piar o quizá de hacer gárgaras previas al banquete. Me parece bien, aunque te advierto de que deberías ponerte elegante para la ocasión, porque dicen que este es el mejor sándwich de la ciudad. 

Yo, que venía a este rincón a meditar sobre mis cosas, y aquí me ves, intentando rascar un trozo de miga que no lleve salsa picante. No quiero que te entre ardor, pero nos lo han puesto difícil, gorrión. Veo que devoras el manjar con fruición, pero pronto pides más y ya te estás tomando ciertas licencias. ¡Mantén las formas, criatura!

Tengo miedo de que termines encima de mi hombro, o picando directamente de mi comida, pero de momento solo gorjeas contento. Vuelvo a darte un trozo, esta vez un pedazo de miga que cae al suelo. Te quedas en el banco, meneando la cabeza con disgusto, y tengo que señalarte el camino con el índice, aunque no estoy del todo segura de si sabes seguirlo.

Pero tú eres muy listo y desciendes en picado hacia abajo. Apuras la comida, y vuelves al banco. Tú y yo nos vamos a hacer amigos, lo estoy viendo, pero déjame pegar dos bocados ininterrumpidos, que con esa mirada oblicua no me estás dejando disfrutar tranquila de mi almuerzo y del sol que cae sobre esta plaza. ¿Has visto la de gente que hay aquí reunida? Nos encanta el buen tiempo, como a tus conciudadanos alados, esos que están venga a discutir en las ramas del árbol. 

Vaya, al hacerte el vacío has decidido volar hacia ellos, pero pronto vuelves, o quizá sea tu primo el del pueblo, porque soy incapaz de distinguiros y este parece más osado, no está respetando la distancia de seguridad y amenaza con piarme en la oreja si no obedezco sus órdenes. 

Decido irme, masticar los últimos cachos de sándwich de camino a casa. La campanas ya han marcado los tres cuartos, es hora de reanudar el trabajo. Atrás queda la pausa de mediodía, el sol que calienta los ánimos y tú, un pajarillo que me ha devuelto a la tierra.

Microcuento, Relato breve

El día que Bilbao adoptó al sol

Un día especialmente plomizo, me encontré al sol tomando el aire en una terraza del Casco Viejo. Lo reconocí por lo tornasolado de su piel, tono poco habitual en el bocho. También porque, en lugar de café, se estaba tomando un refresco. Decía que estaba “acalorao”.

Me estuvo contando que no estaba de servicio porque las predicciones meteorológicas habían dejado claro que los cielos iban a estar bien cubiertos durante varios días. Como estaba ocioso, aprovecharía para hacer un poco de turismo y, de paso, trataría de acercarse a la gente. Convencería a la ciudadanía de que la culpa no era suya, sino de las nubes, que le hacían la oposición con sus aguaceros agoreros.

Muy encendido, me comentó que no descartaba ofrecer sus servicios de forma autónoma: por un precio simbólico, calentaría los patios de las escuelas, los parques y las terracitas de Bilbao.

No tardé en descubrir que su campaña había sido un éxito. La gente no dudó en contratar sus servicios, y en pocas semanas la villa se convirtió en el destino vacacional predilecto de turistas de todas las latitudes. Al fin y al cabo, desde que la capital del mundo había adoptado al sol, ninguna otra ciudad podía hacerle sombra.