Hopper grasshopper

Llevo un par de semanas girando cual peonza rotatoria y pasando de un chico a otro a ritmo de swing. No, no me he vuelto una promiscua. ¡Me he apuntando a lindy hop, uno de los propósitos bailongos de los que ya te hablé en su día!

Todo empezó hace un par de sábados. Mi amiga Jota -es su inicial, no confundir con la modalidad danzarina- y yo decidimos inscribirnos en la academia de baile después del rapto de entusiasmo que nos provocó la master class “lindyhoppera” a la que asistimos una lejana noche de sábado en un bohemio local bilbaíno. 

Lindy Hop

Tuvo mérito que diéramos el paso, porque la semana que hicimos la matrícula hacía un frío del copón y encima caían copos, o granizo, o chuzos de punta.

Tres días después de realizar la matrícula, llegó la hora de la verdad: ahí estábamos, las novatas de la clase de iniciación, junto a un elenco variopinto de chicos, chicas, señores y señoras de entre 25 y 60 años.

Como se trata de un estilo que se baila de dos en dos, pensé que todos ellos estaban emparejados y que las parejas serían “para toda la vida”, como en los votos matrimoniales, pero pronto salí de mi error: Jota y yo acometimos juntas la primera canción, pero al grito de “¡caaaambio de chica!” salí disparada en dirección a los brazos de un amable desconocido. Luego me tocó bailar con la profesora, después con un señor calvo, luego con un chaval extranjero… Y así hasta volver a la posición donde me esperaba Jota, que estaba haciendo las veces de “chico” a falta de suficientes representantes del género masculino. 

La verdad es que para mí, que soy bastante pudorosa y timidilla, eso de dar vueltas al son de la música de la mano de extraños me ha hecho perder todo atisbo de vergüenza, ¡y no solo eso!: me ha llevado a darme cuenta de que algunos de mis partenaires son tanto o más vergonzosos que yo, que en seguida cojo confianza y me pongo a entablar conversación con ellos en cuanto la coreografía llega a su fin. 😀

Propósitos bailongos

Este año he querido ser diferente. Más torneada. Más ligera. Más esbelta.
¡He querido ser una Barbie deportista y hacer ejercicio por fin!

Después de sufrir los achaques de una rutina frente al ordenador, y entender a la perfección aquello de “tengo los miembros desencajados y el fémur tengo muy dislocado”, he decidido que tanta contractura no era sana para un cuerpo de 26 años.

“¿Cómo estaré cuando cumpla 62?”, pensaba con vehemencia mientras mis huesos y tendones rechinaban como bisagras. “Crujiente y ondulada cual patata”, era la respuesta inmediata. 

Por eso, hace un mes me propuse ir a nadar, aunque la copla no duró mucho. Para ir a la piscina hacen falta el bañador, el gorro, las gafas y demás parafernalia, amén de ganas de salir del agua y devolver todo ese mejunje empapado a la mochila. 

Lo siguiente fue apuntarme clases de zumba, que ahora está muy de moda. Voy allí antes del amanecer, cuando la luna se espeja sobre la ciudad y vierte su brillo plateado sobre los paseantes, que, como yo, le lanzan improperios y reclaman la salida del sol a unas horas algo más tempranas. 

Por suerte, lo de bailar me gusta. Es la única forma que he encontrado de hacer deporte sin bufar. La música me aviva el espíritu, y tener que seguir una coreografía me distrae de pensamientos agoreros.

Por esta razón, no entiendo a quienes practican el running, que parece que mola más que decir footing o, simplemente, ir a correr. ¿Qué disfrute les proporciona sentir el aire frío cortando sus fosas nasales mientras sus piernas golpean el suelo una y otra vez en monótono ostinato? 

Lindy-Hop_02-06-14-02-49-12Ahora, mi cabeza en centrifugado perpetuo tiene otra modalidad danzarina en mente: se llama lindy hop y se baila a ritmo de swing. Es una música que me encanta, así que no descarto apuntarme a clases y contarte la experiencia bailonga. 😉

En una futura entrada, también te explicaré cómo una persona nada deportista como yo ha logrado asistir a zumba a intempestivas horas matutinas. Te prometo que no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad. Se trata de una forma de obligarme mucho más mundana, ¡pero mil veces más eficaz!