Sin medida

Medimos.

Medimos el número de palabras que escribimos.

Los pasos que damos.

Los minutos que dedicamos a trabajar,

y los minutos que dedicamos al descanso.

Medimos las páginas de un libro.

Los días de la semana.

Los días que faltan para las vacaciones.

Medimos lo que dura un trayecto.

Las tareas que hemos tachado.

Lo que hemos tardado en terminar los deberes.

Las horas que faltan para que suene la alarma.

El tiempo que nos queda,

ese no lo queremos medir,

pero nos lo pasamos

midiendo sin medida.

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El día que Bilbao adoptó al sol

Un día especialmente plomizo, me encontré al sol tomando el aire en una terraza del Casco Viejo. Lo reconocí por lo tornasolado de su piel, tono poco habitual en el bocho. También porque, en lugar de café, se estaba tomando un refresco. Decía que estaba “acalorao”.

Me estuvo contando que no estaba de servicio porque las predicciones meteorológicas habían dejado claro que los cielos iban a estar bien cubiertos durante varios días. Como estaba ocioso, aprovecharía para hacer un poco de turismo y, de paso, trataría de acercarse a la gente. Convencería a la ciudadanía de que la culpa no era suya, sino de las nubes, que le hacían la oposición con sus aguaceros agoreros.

Muy encendido, me comentó que no descartaba ofrecer sus servicios de forma autónoma: por un precio simbólico, calentaría los patios de las escuelas, los parques y las terracitas de Bilbao.

No tardé en descubrir que su campaña había sido un éxito. La gente no dudó en contratar sus servicios, y en pocas semanas la villa se convirtió en el destino vacacional predilecto de turistas de todas las latitudes. Al fin y al cabo, desde que la capital del mundo había adoptado al sol, ninguna otra ciudad podía hacerle sombra.