Carta a un gorrión

Querido gorrión:

Gracias por acercarte a este banco, aunque sea por el interés. No lo niegues, me lo ha chivado un pajarito, y no me refiero a tu compadre Twitter. Sé que tienes hambre. Ya somos dos. Abres tu piquito de oro y dejas salir esa lengua diminuta y triangular que tanta gracia me hace mientras ahuecas tu plumaje parduzco y blanco.

Tienes ojillos de listo y no paras de piar o quizá de hacer gárgaras previas al banquete. Me parece bien, aunque te advierto de que deberías ponerte elegante para la ocasión, porque dicen que este es el mejor sándwich de la ciudad. 

Yo, que venía a este rincón a meditar sobre mis cosas, y aquí me ves, intentando rascar un trozo de miga que no lleve salsa picante. No quiero que te entre ardor, pero nos lo han puesto difícil, gorrión. Veo que devoras el manjar con fruición, pero pronto pides más y ya te estás tomando ciertas licencias. ¡Mantén las formas, criatura!

Tengo miedo de que termines encima de mi hombro, o picando directamente de mi comida, pero de momento solo gorjeas contento. Vuelvo a darte un trozo, esta vez un pedazo de miga que cae al suelo. Te quedas en el banco, meneando la cabeza con disgusto, y tengo que señalarte el camino con el índice, aunque no estoy del todo segura de si sabes seguirlo.

Pero tú eres muy listo y desciendes en picado hacia abajo. Apuras la comida, y vuelves al banco. Tú y yo nos vamos a hacer amigos, lo estoy viendo, pero déjame pegar dos bocados ininterrumpidos, que con esa mirada oblicua no me estás dejando disfrutar tranquila de mi almuerzo y del sol que cae sobre esta plaza. ¿Has visto la de gente que hay aquí reunida? Nos encanta el buen tiempo, como a tus conciudadanos alados, esos que están venga a discutir en las ramas del árbol. 

Vaya, al hacerte el vacío has decidido volar hacia ellos, pero pronto vuelves, o quizá sea tu primo el del pueblo, porque soy incapaz de distinguiros y este parece más osado, no está respetando la distancia de seguridad y amenaza con piarme en la oreja si no obedezco sus órdenes. 

Decido irme, masticar los últimos cachos de sándwich de camino a casa. La campanas ya han marcado los tres cuartos, es hora de reanudar el trabajo. Atrás queda la pausa de mediodía, el sol que calienta los ánimos y tú, un pajarillo que me ha devuelto a la tierra.

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Vivir sin metas

Este mes (por lo menos) he decidido vivir sin metas. Igual me engancho a ello y me vuelvo zen durante todo el 2015, qui lo sá.

El caso es que se me estaban generando agujetas en mi ya de por sí programado sistema: un artículo semanal de escritura, el propósito de escribir 3 artículos semanales en este blog, la intención de escribir relatos, el deseo de editar borrador de la novela del NaNoWriMo…

Y yo dale que te pego, con el lápiz y el boli en la mano intentando crear cuadrantes de tareas urgentes e importantes, ruletas de prioridades, maneras creativas de hacer más en menos tiempo para poder compaginar todas estas “hobbygaciones” (mezcla de hobbies y obligaciones) dejando espacio para la plancha, la lavadora y la aspiradora. Y para sacar adelante la tesis, que es lo más importante de la lista.

Man tearing a sign which says "Goals"

Por si esto fuera poco, quería gozar de un ocio sin hora, de ese de tumbarte toooooda la tarde a leer un libro, o de ponerte a ver capítulos de series a destajo y juntar la sobremesa con la cena. 

Ahora, por fin, puedo. No más planes al margen de mis obligaciones laborales y del mantenimiento de mi maquinaria muscular para no oxidarme. No más objetivos a medio plazo que me impidan disfrutar del presente. Esta es mi particular cuaresma, que se inicia con un alegre y pizpireto carnaval, ¡ea! 😀

Ya te contaré qué tal la experiencia. Estoy segura de que el hecho de no tener metas concretas no impedirá que siga escribiendo y haciendo cosas que me encantan. Lo bueno es que ya no veré estas como tareas impostergables y no consideraré un fracaso el no llevarlas a cabo.