Puro teatro

Íbamos montados en el tren turístico que recorría la ciudad malagueña, y en la fila de delante una niña inglesa no dejaba de mirarme. Era apenas un bebé, no llegaría a los dos años, y tenía una barbilla diminuta y dos ojos azules que brillaban como burbujas gigantes en su rostro.

¿Qué es lo que hacía que mirara una y otra vez hacia atrás? ¿Quizá era mi gorro de paja, ese que, según mis cálculos, debía darme una apariencia distinguida, pero que, por lo que desvelaban algunas fotos, en ocasiones me hacía parecer un mariachi?

En una de las ocasiones en que la pillé fijando la vista en mí, le sonreí de vuelta, y entonces me puso una cara más furibunda que la de un león hambriento. Tenía fruncido todo: la barbilla, el ceño casi inapreciable, los ojos… Si hubiera estado al alcance de su mano, ¡tal vez me habría arreado un capón!

Decidí mantener la sonrisa, y se dio la vuelta, digna y compuesta. Pero a los dos segundos volvió, con la más angelical de las sonrisas, justo cuando yo tenía preparada mi cara de ñu.

Así transcurrió nuestro viaje, teatralizando la simpatía más empalagosa y la ira más peligrosa, y nos hicimos amigas sin palabras, al menos hasta que ella empezó a marearse y pasó a montar una plañidera opereta en el regazo de su madre.

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La felicidad en un poco de aceite

Durante nuestra estancia en el sur de la Península, disfrutamos de la compañía de mi querida amiga Cerezo Colorido (su nombre significa eso en japonés), a quien teníamos ganas de enseñar nuevos rincones de España que ampliaran su repertorio paisajístico, hasta hace poco limitado a nuestra noble villa y sus pueblos costeros.

Ella no se hizo de rogar, aunque su motivación no eran los paisajes, sino la gastronomía. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, buscaba la satisfacción de un buen cocido, da igual que fuera a 35 grados a la sombra, del pescaíto frito o de unos calamares rebozados que regaba con limón.

Por si esto fuera poco, descubrió el embrujo del tinto de verano y su correspondiente tapa, palabra bisílaba que repetía cual mantra en cada taberna o terracita.

Los camareros hacían lo posible por suplir sus ansias de picoteo y nos enseñaban pizarras donde desfilaban en fila india los boquerones, la fritaílla, las albóndigas en salsa o los pinchos morunos al tiempo que, solícitos, nos colocaban una cesta de pan en la mesa.

Ingenuos. Esa era el momento en el que se activaba la palabra mágica: aceite. La nipona no iba a consentir mordisquear las rebanadas sin su correspondiente aderezo oleoso.

Una de aquellas veces, al escuchar su petición, le propusieron tostarle un poco el pan. “Ay, si bastara un poco de aceite para ser feliz…”, iba diciendo el barman, camino de la tostadora.

Y yo, entonces, mirando los ojos de mi amiga, fruncidos de puro placer ante la perspectiva del unte y el rebañe, me di cuenta de que a aquella frase le sobraba el subjuntivo: en un poco de aceite (de oliva virgen, eso sí) podía concentrarse la felicidad más pura.  

El día que Bilbao adoptó al sol

Un día especialmente plomizo, me encontré al sol tomando el aire en una terraza del Casco Viejo. Lo reconocí por lo tornasolado de su piel, tono poco habitual en el bocho. También porque, en lugar de café, se estaba tomando un refresco. Decía que estaba “acalorao”.

Me estuvo contando que no estaba de servicio porque las predicciones meteorológicas habían dejado claro que los cielos iban a estar bien cubiertos durante varios días. Como estaba ocioso, aprovecharía para hacer un poco de turismo y, de paso, trataría de acercarse a la gente. Convencería a la ciudadanía de que la culpa no era suya, sino de las nubes, que le hacían la oposición con sus aguaceros agoreros.

Muy encendido, me comentó que no descartaba ofrecer sus servicios de forma autónoma: por un precio simbólico, calentaría los patios de las escuelas, los parques y las terracitas de Bilbao.

No tardé en descubrir que su campaña había sido un éxito. La gente no dudó en contratar sus servicios, y en pocas semanas la villa se convirtió en el destino vacacional predilecto de turistas de todas las latitudes. Al fin y al cabo, desde que la capital del mundo había adoptado al sol, ninguna otra ciudad podía hacerle sombra.