Puro teatro

Íbamos montados en el tren turístico que recorría la ciudad malagueña, y en la fila de delante una niña inglesa no dejaba de mirarme. Era apenas un bebé, no llegaría a los dos años, y tenía una barbilla diminuta y dos ojos azules que brillaban como burbujas gigantes en su rostro.

¿Qué es lo que hacía que mirara una y otra vez hacia atrás? ¿Quizá era mi gorro de paja, ese que, según mis cálculos, debía darme una apariencia distinguida, pero que, por lo que desvelaban algunas fotos, en ocasiones me hacía parecer un mariachi?

En una de las ocasiones en que la pillé fijando la vista en mí, le sonreí de vuelta, y entonces me puso una cara más furibunda que la de un león hambriento. Tenía fruncido todo: la barbilla, el ceño casi inapreciable, los ojos… Si hubiera estado al alcance de su mano, ¡tal vez me habría arreado un capón!

Decidí mantener la sonrisa, y se dio la vuelta, digna y compuesta. Pero a los dos segundos volvió, con la más angelical de las sonrisas, justo cuando yo tenía preparada mi cara de ñu.

Así transcurrió nuestro viaje, teatralizando la simpatía más empalagosa y la ira más peligrosa, y nos hicimos amigas sin palabras, al menos hasta que ella empezó a marearse y pasó a montar una plañidera opereta en el regazo de su madre.

Perseidas

– Dile al recepcionista a ver si podemos verlas, ¡dile, dile!

Colorido Cerezo me estaba poniendo en un aprieto, y el apuro me provocó tal ataque de risa que no pude hablar durante lo que me pareció una eternidad, mientras Novio y el chico del hotel nos miraban de hito en hito.

– Que me pregunta a ver si podemos ver las Perseidas. Le estoy intentando comentar que sí, que no nos tiene que dar nadie permiso –dije al fin.

– ¡Por supuesto! –contestó el de la recepción– Era esta noche, ¿no?

– Sí, eso hemos leído.

Acto seguido, Colorido Cerezo, Novio y yo subimos a nuestras respectivas habitaciones colindantes. La noche prometía, porque las nubes se habían quedado fuera de las montañas y el cielo aparecía prendido de lentejuelas.

Novio y yo nos sentamos cada uno en una silla de la terraza, con el cuello estirado cual lobos que le aúllan a la Luna, y aguardamos. De fondo, cantaban los grillos. Yo me recordé a mí misma que había que echarle paciencia a la espera pese a la molestia cervical, que podían pasar dos minutos o una hora, que debía olvidarme de mis ganas de ver pasar el trozo de asteroide y disfrutar del panorama galáctico.

Entonces, ocurrió. Era la primera vez que veía una estrella fugaz, y me hizo comprender a qué debía su nombre. Tras la fugacidad del instante vino la calma, pero un rato después apareció otra. Y otra. Y otra más. ¿Dónde andaba Colorido Cerezo, que se lo estaba perdiendo todo?

Al cabo de media hora estrellada, con un montón de deseos lanzados al firmamento, nos fuimos a la cama. Justo en ese momento, oímos unas pisadas en la terraza de al lado, y un gritito de sorpresa al ver el milagro de aquellos meteoros que teñían la oscuridad de luz. Ya podía dormir tranquila.

Ilusión

Terminar tus tareas del día.

Salir a la terraza y darte cuenta de que abril se despide en manga corta.

Abrir la puerta de la nevera y saber que una Coca-Cola te está esperando.

Vestirte de viernes un jueves. 

Saber que las noches cada vez se hacen más de rogar en el cielo.

Anticiparte al trasnoche, a los minutos dilatados en el sofá con tu manta y tu serie favorita.

Tener en casa libros que estás deseando leer.

Tener en tu cabeza historias que quieren ser de papel.

Ilusionarte.