Vida cotidiana

Que me quiten lo trasquilao

Despacito y con buena letra, dice el refrán. Mi letra, llena de bucles y rododendros, no hay quien la entienda. En mí prima, en ocasiones, el hacer las cosas “a lo me cago en diez”, como decimos en mi familia. No en lo académico o laboral, ahí me convierto en una persona sistemática y cuidadosa, aunque había que ver la guarrería de tachones con la que poblaba mis exámenes de matemáticas y mis redacciones de cualquier cosa hasta que a un alma caritativa se le ocurrió otorgarme el papel borrador. ¡Qué placer el de enmarranar y luego poder pasar a limpio!

Así actúo en otros aspectos de mi vida, por aburrimiento puro y duro. ¿Cortarme el pelo en la peluquería? Para qué. Mejor coger las tijeras de cocina y hacerlo a machetazos, sobre el lavabo, y luego, si acaso, decirle al estilista de turno que es que he perdido una apuesta y que suerte de que no me han rapado. Mis Barbies de la infancia están llenas de calvas y con el pelo todo crespo de los tratamientos capilares que les daba, no digo más. Y siempre les perdía un zapato, o alguna pieza de su equipamiento original.

Yo habría sufrido mucho antaño, cuando la gente no podía salirse de la raya y tenía esa caligrafía pulquérrima, todo primor. Mi abuelo materno, por ejemplo, profesaba esa religión caligráfica, hasta el punto de que se exasperaba si la gente envolvía mal los regalos, o si al hacer una multiplicación los números no estaban bien posicionados en el lugar exacto de los millares, las centenas, las decenas y las unidades. Ahora que lo pienso, podría haber sido un niño de San Ildefonso.

Pero ese “mecagoendiecismo” del que hablo, ese afán de emprender las acciones pero sufrir una pereza increíble a la hora de implementarlas (aunque los años me han aplacado un poco) también tiene su parte positiva: he encontrado maneras prácticas de saltarme pasos, atajos para evitar aburrirme tanto o hacer más rápido las actividades cansinas. ¿Y sabéis qué? Eso es creatividad, y que me quiten lo trasquilao.  

Reflexiones, Vida cotidiana

Nos hemos vuelto tontos

Esta semana me he dado cuenta de que lo nuestro como sociedad ya no tiene vuelta atrás. Nos hemos vuelto tontos, y es definitivo. Lo he constatado tras ver el anuncio del Bollycao® Zero. “Zero”, tócate el peluquín. Sin azúcares añadidos. Sanísimo, vaya. Perfecto para darle la merienda al nene o al prepúber y que esté a tope de energía futbolera (en estos anuncios, los niños casi siempre salen jugando al fútbol). Qué horror. 

Entro en la página web del producto para informarme, y me encuentro cómicos apartados en los que se subraya su alto contenido en hierro, así como el hecho de que es el único bollo que ostenta el dudoso honor de estar relleno de cacao. Aunque lo que en realidad me indigna es que en este tipo de anuncios siempre sea una madre, una madre joven y guapa, para más señas, la que provea a sus vástagos de alimento nutricional, manque procesado y envasado. 

¿Por qué nunca aparece un padre? ¿Por qué se da a entender que las “mamás”, como se autodenominan algunas mujeres memas ahora, han de estar en casa a la hora de la merienda, elegantemente vestidas y con la cocina impoluta ? ¿Qué seres retrógrados y misóginos realizan ese tipo de anuncios? Sigue habiendo un machismo apabullante en el mundo de la publicidad que promueve un modelo de familia en el que la mujer no tiene otra ambición que entregarse al cuidado de los hijos y del hogar al tiempo que quiere ser una mujer de hoy, arreglada pero informal, elegante pero discreta. 

Y lo que me preocupan no son los anuncios, que están hechos por personas que no tienen dos dedos de frente, sino el hecho de que haya féminas que quieran emular unos trasnochados modelos de perfección que, en lugar de disminuir, aumentan por culpa de redes como Youtube o Instagram, plagadas de pánfilas obsesionadas con mostrar cómo decoran su casa, qué outfit (válgame Dios) han elegido para ir al súper o qué consejillos dan a sus seguidoras para que la crianza de sus retoños sea un mar de sonrisas sin lágrimas.

¿Zero, decía el anuncio? Cero neuronas, diría yo. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza… 

Gastronomía, Humor, Vida cotidiana

Toma mucha fruta, mucha fruta fresca

Siento haber aludido a Bom Bom Chip. Es que los Reyes Magos me han traído una zumera. 

Sí, zumera, máquina de hacer zumos. No confundir con “zumbera” (bailarina de Zumba) o con “rumbera” (Melody).

La zumera ha sido regalo de padres, que me quieren bien. Cuando vi el paquete rectangular pensé que era una muñeca tamaño real, de tan grande como era. Y es que es un aparato que parece venido del futuro, en serio, como un robot.

Hasta se desmonta en multitud de piezas, todas ellas lavables, para que luego tú las recoloques a tu gusto y lo transformes en un bólido o en un cohete espacial (bueno, esto me lo estoy inventando). 

Su regalo ha sido una forma “sutil” de decirme que debo incorporar la fruta (y no vale el guacamole de los nachos) a mi dieta. Ellos se han convertido a la religión de los jugos de apio, zanahoria y manzana, y me han invitado a adherirme con un trasto tan vanguardista que hasta te evita la engorrosa pulpa de las naranjas.

Minion fruits

Les estoy muy agradecida, aunque ahora vivo bajo vigilancia vitamínica: “¿Ya te haces los zumos?” “¡Hay que tomarlos todos los días!” “¡No digas que desmontar y fregar te da pereza!” “Mira, hoy hemos probado una mezcla de mandarina, nectarina y uva que está buenísima!” 

O la última, cuando les pido que dejen de interrogarme: “¡La fruta es fuente de salud!” 

“¡Y vosotros de cansinismo!”, contesto yo. “¿Me veis cara de Fruiti?”

Pero, aún así, les estoy muy agradecida por tener en casa esa zumera que me permite cuidar de mi salud, fabricar cócteles y fardar de haberme comido tres naranjas, dos kiwis y una pera sin tener que ir corriendo al baño después. 🙂

Deporte, Sin categoría, Vida cotidiana

Acelera un poco más

Propósito del nuevo año: hacer ejercicio, desanquilosar ese cuerpo serrano, ¡ea!

Vuelvo a las taquillas. Me cambio de zapatillas y guardo el abrigo, la sudadera, el bolso yel frío de la calle.

– ¿Qué tal es la clase? Es el primer día que vengo.

– Bueno… Nosotras somos novatas, así que no nos enteramos de mucho. Nos solemos poner detrás.

– Vale, yo haré lo mismo.

Paso la canceladora del gimnasio, las hordas de gente que se desgañita en la máquina de correr, de hacer bici o de remar. Sudor en el ambiente.

Se abre la puerta automática de la sala de aeróbic. Un mejunje de mujeres en leggings y camiseta… ¿Por qué casi todas van de color fucsia? ¿Es esto un anuncio de cereales bajos en grasa y altos en fibra? 

Mierda, ¡si yo también voy del mismo color! Me lo acaba de chivar el espejo.

Cojo el step. Espero no escogorciarme, no sería la primera vez. La monitora anuncia que la clase comienza con una melodía retumbona. Chunta. ¿Va a ser así todo el rato? Miro hacia la salida con carita anhelante.

Bum, bum, bum, bum… ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba! Cuerpos rosas se mueven al unísono… Menos el mío y el de alguna más. Lo mío de hoy no es arritmia, es sacar un cero en la quiniela, que ya es difícil.

– No te agobies, esta coreografía se la saben del lunes.

No me agobio, solo flipo. De hecho, dejo de intentar seguir los pasos para adoptar la pose del pensador y tratar de descifrar por qué coj***s giran, hacen mambo, chachachá y triple salto con tirabuzón cuando hace dos minutos estábamos calentando. ¿Es que no han oído hablar de la zona de desarrollo próximo en el aprendizaje? A mí hoy me pillaba en Kuala Lumpur.

Al final decido mirar a la que tengo delante e inventarme el baile sobre la marcha… Una mezcla de aurresku y jotica. Mientras tanto, la monitora pide cuatro bises más con un chillido más propio de un Pikachu electrificado que de un ser humano.

Por increíble que parezca, la música inasequible al desaliento, la repetición de los movimientos y mi confusión generalizada han hecho que la hora vuele. Yo creo que con el ambiente que se respiraba el reloj de la sala se ha drogado y ha dicho eso de “acelera un poco más porque me quedo tonto y vamos muy lentos”…

¿Si volveré a ese infierno auditivo? No lo sé, pero de la experiencia, además de una sordera considerable, he sacado algo que contar, ¡y eso es lo importante!

 

Productividad, Sin categoría, Vida cotidiana

Por un diente empezar debes

Desde hace bastante tiempo soy seguidora de Zen Habits, un blog sobre minimalismo, productividad y buenos hábitos creado por Leo Babauta, joven originario de Guam que pasó de ser una persona obesa, estresada, sedentaria y consumista a abandonar el lado oscuro de la fuerza y transformarse en una especie de Yoda vegano adicto a la meditación, el running, el contacto con la naturaleza y la seda dental.

Sí, como lo leéis: el autor destaca que entre sus costumbres pretéritas y nefastas estaba el prescindir de ese hilillo que, colocado entre diente y diente, desvela sin pudor toda la porquería bacteriológica que acumulamos tras cada comida.

Pero, ¿por qué coloca ese “pecado” sin importancia al mismo nivel que el de la pereza y la gula? Supongo que será porque por la boca muere el pez, ¡así que será mejor mimarla!

Si os están entrando ganas de incorporar el cuidado bucodental a vuestra vida, no os preocupéis, porque Zen Habits os trae la solución gracias al método kaizen, de origen japonés y de eficacia testada para adquirir o eliminar cualquier hábito (¡arigatou gozaimasu, pueblo nipón!).    

En palabras de Yoda, tendríais que seguir este mandamiento: “por un diente empezar debes, pues cada paso diminuto ha de ser”.

Nada de venirse arriba y aplicar el hilo sin contención a colmillos, premolares y paletas, ¡que al día siguiente vuestro cerebro se rebela! Sé que suena un poco ridículo, pero no lo es tanto si pensamos en la de veces que uno empieza a tope comiendo cinco piezas de fruta al día y madrugando para correr cinco kilómetros para luego jurar que no vuelve a pasar por una experiencia así.

Así que, lo dicho: ¡un pequeño paso pa’ tu diente, y un gran paso pa’ tu bienestar! 😉

Sin categoría, Vida cotidiana

El caso es andar

De un tiempo a esta parte salgo a la calle con el propósito de “ir a andar”. Es que quiero ser una persona de bien, de esas que no se anquilosan. Es que si no noto las articulaciones contraídas y contrariadas, y me siento viejuna y culpable por moverme poco. 

Pero luego, cuando piso la calle con mis leggings negros, el moño y la sudadera que lleva estampado el nombre de la uni donde cursé el Erasmus, lo de “ir a andar” se convierte en “Paseando a Miss Daisy”.  

Ampelmann verde

De 120 decididos pasos por minuto, de esos de llevar el ceño fruncido a lo Pablo Iglesias y cara de comerme el mundo y las calorías de la merienda, paso a una media de 40, que suelen tender a cero en cuanto piso una librería, esa luz de palabras por la que me siento atraída cual polilla. No tengo remedio.

Las veces que consigo pasear lo suficiente, me dedico a observar y a reflexionar. Dicen los que saben de estas cosas que las ideas afloran en esos momentos en los que dejas que tu mente vague libre mientras tus pies vagabundean por las calles de tu ciudad, pero a mí no me sale muy allá. Cuando mi mente vaga, pasa de un tema a otro más rápido que en una partida de Trivial Pursuit. 

Si quiero pensar en algo, entonces tengo que mirar al suelo y sus baldosas, volver a fruncir el ceño a lo Pablo Iglesias, meter las manos en los bolsillos y rezar por que no haya restos de colillas y escupitajos que me distraigan.

¡El caso es andar! 🙂

Poemas, Reflexiones

Sin medida

Medimos.

Medimos el número de palabras que escribimos.

Los pasos que damos.

Los minutos que dedicamos a trabajar,

y los minutos que dedicamos al descanso.

Medimos las páginas de un libro.

Los días de la semana.

Los días que faltan para las vacaciones.

Medimos lo que dura un trayecto.

Las tareas que hemos tachado.

Lo que hemos tardado en terminar los deberes.

Las horas que faltan para que suene la alarma.

El tiempo que nos queda,

ese no lo queremos medir,

pero nos lo pasamos

midiendo sin medida.

Poemas, Poesía

El bosque del recuerdo

Recuerdos recurrentes.

Recuerdos ordenados.

Recuerdos en la punta de la lengua.

Recuerdos resistentes

al agua del olvido.

Recuerdos enmarcados.

Recuerdos olfativos.

Recuerdos camuflados.

Recuerdos «me sorprende que te acuerdes».

Recuerdos programados cada año.

Recuerdos enterrados

como el cofre del tesoro.

Recuerdos de uno mismo, que era otro.

Recuerdos «qué ha sido de nosotros».

Recuerdos que han sido manipulados.

Recuerdos «casi lo había olvidado».

Recuerdos que te envían de otros bosques.

Recuerdos que la memoria ha borrado.

Humor, Música, Recuerdos, Vida cotidiana

Salvada por la música

Ayer, mientras preparaba una presentación al tiempo que escuchaba a Rafa Pons a través de Spotify, me pregunté cómo había superado las largas (y a veces tediosas) jornadas de deberes en el colegio: derivadas e integrales, frases para traducir al euskera, actividades de rellenar huecos en inglés, formulación química, perspectivas isométricas… ¿Cómo narices había llevado eso a cabo sin rechistar?

Una de las razones era la presión, la imposibilidad de dejarlo para más tarde. La fecha límite para cualquier cosa no estaba en el horizonte, sino que solía ser el día siguiente a cuando nos la habían mandado. Eso generaba una sensación de ahogo permanente, pero desde el inicio del curso nos advertían de que “así es la vida, muchachos, así que abstenéos de protestar”.

Otra de las causas era el entretenimiento en pequeñas dosis: el recuerdo de la payasada de un compañero de clase, las visitas al cajón del chocolate, las ocasionales interrupciones para charlar un rato a través del Messenger, la llamada de una amiga, la aparición de mi padre o mi de madre para avisarme de que la cena estaba lista… Todo eso le daba vidilla a mi enclaustramiento vespertino.

Pero el otro motivo, el que de verdad me permitía atravesar aquellas escarpadas horas de tareas escolares sin sufrir en exceso, no era otro que la melodiosa voz de los cantantes que me ofrecían sus letras a través de la radio, las palabras de ánimo de los locutores o la repetición en bucle del disco de Ismael Serrano, de Silvio Rodríguez, de Christina Aguilera o de Operación Triunfo (siempre he sido un poco ecléctica en mis gustos musicales).

De no ser por la música, no sé si habría sobrevivido.

Humor, Vida cotidiana

A última hora

Ir a la copistería o a Correos y Telégrafos (siempre me ha gustado esta palabra arcaica y viejuna) es una lección de paciencia, sobre todo si quieres imprimir o mandar algo a última hora, como suele ser el caso el 95% de las veces.

Para empezar, debes aprender que el número de personas que hay a la cola no es una variable fiable a la hora de descubrir cuánto tardarás en realizar la transacción de turno. Tener a dos personas delante no significará tardar menos que tener ante ti a cinco, o a diez. Cinco personas que quieren fotocopiar su DNI o su cartilla no se eternizan tanto como un arquitecto que solicita que le reproduzcan unos planos en la impresora gigante o un chico que, por aviesas intenciones del destino, debe escanear 20 documentos en PDF.

Como ando con el modo zen activado, pensé que aquello podía ser una extraordinaria lección de paciencia, una espera que me elevaría a la categoría de monje budista. Traté de no tamborilear con los dedos ni zapatear con los pies, hice un esfuerzo ímprobo por no consultar la hora cada dos por tres y dejé las uñas quietas con harta dificultad porque me las estoy dejando crecer.

Al final, cuarenta minutos más tarde de haber entrado en el local, salí triunfal con mi botín, y me dirigí a Correos.  «Allí la cosa no estará tan fastidiada, hay más gente trabajando. Además, cuentan con el sistema de coger número», pensé.

¡Ja y requetejá, ingenua de mí! Dentro de la oficina había tanta gente que, de haber estado en la calle, nos habrían detenido por manifestarnos sin permiso. Uno de los mostradores lucía un «Cerrado» que me cayó bien gordo, porque ralentizaba bastante el proceso. Otro lo gestionaba una señora a la que la informática había tomado el pelo porque le dejaba mandar cartas ni paquetes.

Menos mal que en los dos mostradores restantes había dos ángeles de la guarda que hacían lo que podían, desde cantar los números cual si estuvieran en el bingo hasta explicar con paciencia todos los pormenores de los envíos más complejos.

Gracias a una de ellas, mi pedido llegó a tiempo a su destino, certificado y urgente, y a última hora (como el 95% de las veces).