Don’t be “moñas”, it’s Monday!!!

Ayer la radio me despertaba a las 6:30 con la voz de Ismael Serrano, que balaba así: Últimamente ando algo perdiiiiidoooo...

Y  yo le contestaba, con la mente rebozada en sueños: pues yo ando de un dormiiiiidooooo, ¡que no te haces idea! 

Y él seguía: me han vencido viejos fantasmas, nuevas rutinas… 

¿Ah, sí? Pues a mí me está venciendo la almohada, y la rutina de hacer zumba a horas intempestivas me está cabreando, rebatía yo para, acto seguido, girar sobre mí misma y dejarme arrullar por Morfeo.

A las siete ya no pude remolonear más. Tenía que hacer la bolsa de deporte, desayunar y dirigirme a la clase de baile. Ninguna de esas tres actividades me apetecía un carajo. Mi desmotivación era tal que mi niña interior -a la que llamaremos Ira– empezó a rebullirse angustiada: ¡No quiero ir! ¡Mejor sigo durmiendo! ¿Por qué te apuntaste? ¡NO QUIEROOOOO!

La Iraide adulta intentó aplicar el pensamiento positivo en ella: ¡Ánimo, bonita! ¡Ponle una sonrisa a tu lunes! Si te encanta menearte al ritmo de la música: ¡Maaaambo, cha-cha-chá, esta cumbia es genial! 

Ira me respondió airada, valga la redundancia: DON’T BE “MOÑAS”, IT’S MONDAY!!!

Tuve que darle la razón. En aquel momento, danzar al son de la música del Caribe era lo último en mi lista. Mi cartilla del sueño tenía saldo negativo, sentía nostalgia del fin de semana y solo me apetecía jurar en arameo e increpar. Sonreírle a una mañana de lunes era sadismo a lo Mr. Wonderful:

¿Temerme? ¿Con estas ojeras y estos pelos a la virulé?

¿Temerme? ¿Con estas ojeras y estos pelos a la virulé?

Por suerte, llegamos al justo medio de la resignación: Si vas al gimnasio es porque necesitas hacer ejercicio, y bailar sigue siendo mejor que hacer spinning, ¿a que sí? Con ganas o sin ellas, ¡no te quedan más eggs que ir! 

Y, la verdad, con esa conclusión huevera las dos partes enfrentadas se reconciliaron y una hora más tarde me encontraba pegando botes al son de Pitbull.

Eso sí, nunca dejaré de tenerles ojeriza a los ojerosos lunes. 🙂

Propósitos bailongos

Este año he querido ser diferente. Más torneada. Más ligera. Más esbelta.
¡He querido ser una Barbie deportista y hacer ejercicio por fin!

Después de sufrir los achaques de una rutina frente al ordenador, y entender a la perfección aquello de “tengo los miembros desencajados y el fémur tengo muy dislocado”, he decidido que tanta contractura no era sana para un cuerpo de 26 años.

“¿Cómo estaré cuando cumpla 62?”, pensaba con vehemencia mientras mis huesos y tendones rechinaban como bisagras. “Crujiente y ondulada cual patata”, era la respuesta inmediata. 

Por eso, hace un mes me propuse ir a nadar, aunque la copla no duró mucho. Para ir a la piscina hacen falta el bañador, el gorro, las gafas y demás parafernalia, amén de ganas de salir del agua y devolver todo ese mejunje empapado a la mochila. 

Lo siguiente fue apuntarme clases de zumba, que ahora está muy de moda. Voy allí antes del amanecer, cuando la luna se espeja sobre la ciudad y vierte su brillo plateado sobre los paseantes, que, como yo, le lanzan improperios y reclaman la salida del sol a unas horas algo más tempranas. 

Por suerte, lo de bailar me gusta. Es la única forma que he encontrado de hacer deporte sin bufar. La música me aviva el espíritu, y tener que seguir una coreografía me distrae de pensamientos agoreros.

Por esta razón, no entiendo a quienes practican el running, que parece que mola más que decir footing o, simplemente, ir a correr. ¿Qué disfrute les proporciona sentir el aire frío cortando sus fosas nasales mientras sus piernas golpean el suelo una y otra vez en monótono ostinato? 

Lindy-Hop_02-06-14-02-49-12Ahora, mi cabeza en centrifugado perpetuo tiene otra modalidad danzarina en mente: se llama lindy hop y se baila a ritmo de swing. Es una música que me encanta, así que no descarto apuntarme a clases y contarte la experiencia bailonga. 😉

En una futura entrada, también te explicaré cómo una persona nada deportista como yo ha logrado asistir a zumba a intempestivas horas matutinas. Te prometo que no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad. Se trata de una forma de obligarme mucho más mundana, ¡pero mil veces más eficaz!